01 marzo 2026


 

Un dueto de amor, voluntad, coherencia y determinación

 

Martín Cruz Santos

 

“Bendito el lugar
y el motivo de estar ahí,
bendita la coincidencia

Bendito el reloj
que nos puso puntual ahí,
bendita sea tu presencia”.[1]

 

   A Claudia, cuya vida es el amor mismo manifestado en cada acto que realiza.

    Las historias construidas a son de alegrías y sentimientos crecientes son contadas rumiando. Propósito que figura templar las cuerdas para enternecer los arpegios y dignificar lo vivido. Toma tiempo y entusiasmo plasmar las vivencias. Por tal razón, al paso de los días y tras reiterar incesantemente la voluntad de escribirlo, habiendo narrado una y otra vez cómo Claudia y yo nos conocimos y amamos, usualmente como respuesta a interrogantes curiosas, al fin emergieron las letras ensimismadas para testimoniar coherentemente la determinación convenida. Expondremos sucintamente la valentía de un dueto de amor comprometido cuyo origen estuvo apegado al encuentro pasajero que decidió ser permanente.

    Han transcurrido casi trece años desde aquel entonces cuando un viaje vacacional me trajo de Puerto Rico a Colombia. Visitar cuatro ciudades (Cartagena, Cali, Medellín y Bogotá) tejió el itinerario. Era la primera vez que venía a este hermoso País. Conocer su historia, apreciar los paisajes naturales y culturales, y, disfrutar el recorrido eran motivos suficientes para la aventura. Considero que los aportes profesionales de guías turísticos posibilitan aprovechar la experiencia al máximo. Todo coincidió favorablemente. Tanto, que el amor, Claudia y yo nos hallamos y convertimos el paseo en el comienzo de un proyecto de vida.

   Claudia fungió como nuestra guía de Medellín. El grupo de diez viajantes estuvo primero en Cartagena y luego en Cali antes de arribar a la Ciudad de la Eterna Primavera. De ahí partimos hacia Bogotá, la última parada antes del regreso a la llamada Isla del Encanto. Si bien el trayecto en su totalidad fue placentero, la estadía en el Valle de Aburrá resultó ser la más satisfactoria. De hecho, para no perderme ningún instante de la jornada, usé una mascarilla (tapabocas) al llegar al aeropuerto José María Córdova, ya que, prácticamente, yo era el único de la decena que no se había resfriado. Bendito antifaz constituido en el distintivo que desvió la mirada de Claudia hacia mí, un turista que, por lo visto, necesitaba ayuda.

    Ella, como hasta el sol de hoy, desplegó su amabilidad y dedicación ejemplar no solo conmigo, sino con cada persona a la que sirve con respeto. Afortunadamente, por esas vueltas que da la vida, germinó entre nosotros una inclinación afectiva con el sonido de las palabras mutuamente pronunciadas, los gestos espontáneos y las complicidades codificadas que acompañaron el devenir a partir de aquellos escasos días de habernos descubierto.  Al retornar a mi tierra, algo de mí quedó ávido de saber más de la mujer intérprete de patrimonios culturales y atractivos turísticos. Y la distancia abonó el querer para sentir desde lejos la cercanía protegida del olvido.

     Entre mensajes de texto, llamadas telefónicas profusas y pensamientos omnipresentes transcurrieron los meses de junio a diciembre de 2013. En ese paréntesis, Claudia sufrió un accidente laboral, convaleció en su hogar mientras yo coadyuvaba virtualmente a su recuperación en medio de mis faenas administrativas en la Universidad.[2] Añoraba llegar a mi casa en las noches para dialogar con ella y continuar alimentando la amistad que acrecentábamos. Las terapias habilitaron su tobillo fracturado, el amor rejuveneció mi ser pasado de la mitad de un siglo.  

    El tercio final de 2013 avanzaba. Apuntalamos una fecha para vernos más allá de la pantalla del celular y el computador. El primero de enero de 2014 pisé el suelo medellinense por segunda vez. Bastaron pocos momentos con Claudia para saber a ciencia cierta que iniciaba el periplo hacia nuestra realización amorosa. Tres veces más abordé un avión previo a octubre para volar a su lado. En mi quinto viaje de ese año aterrizamos en San Juan (Puerto Rico), justo el día después de su cumpleaños, que celebramos la noche anterior en su urbe natal, para acariciar una boda civil inmediata y la preparación de la segunda, en Medellín, en marzo siguiente. Cosa de locos, dirían algunos; afirmo: para vivir, no hay que estar locos, pero ayuda…

    Quien hace planes debe estar dispuesto a cambiarlos, si fuese necesario. Claudia y yo pensábamos que no habitaríamos en el archipiélago borincano durante un periodo extenso. Nos quedamos casi nueve años y ella aprendió a amar mi lar nativo y el cielo que lo cobija. Cultivamos amistades auténticas, callejeamos por ciudades y pueblos, trabajamos unidos para salir adelante y cumplimos las metas propuestas. Mi madre, quien la acogió como a su hija, bendijo la unión nuestra abrazándonos en el festejo conyugal en Colombia el 28 de marzo de 2015. Asimismo, al fallecer la mamá de Claudia, sin pretender llenar el vacío de la pérdida, se convirtió en apoyo espiritual para ella. Lo cual supo reciprocar apoyándome en el cuidado de mami hasta que la mujer que me vio nacer partió de este mundo el 4 de noviembre de 2021 a los 91 años.

   Consumados nuestros compromisos familiares y los profesionales, emprendimos otra etapa vital: las jubilaciones de ambos. A dueto, como lo habíamos soñado y planificado,[3] subimos la cordillera occidental de Los Andes colombianos para establecernos en Jardín, Antioquia, para mí, el corazón de Colombia, porque acá habitamos, anidamos las esperanzas y forjamos el tramo de la ruta actual recordando “el reloj que nos puso puntual ahí” y empujando los dos hacia el mismo lado. Ha sido con voluntad, coherencia y determinación, lema que nos identifica, apasiona y compromete. Sirva este recuento entrañable para manifestar el amor y admiración por Claudia Patricia Cárdenas Garcés, mi amada esposa, presente en estas Reflexiones desde El Jardín.

   



[1] Estrofas de la canción titulada Bendita tu luz, álbum: Amar es combatir, grupo Maná con el artista invitado Juan Luis Guerra, disquera WEA Latina (Warner Music), 2006. Es el tema musical que nos identifica desde que nos conocimos.

[2] Probablemente, es conocido por muchos de mis lectores que fui profesor universitario, además de administrador por una década (2004-2014) en la Universidad Ana G. Méndez, Recinto de Cupey, en San Juan, Puerto Rico.

[3] Algunos aspectos de esta historia están contenidos en la reflexión titulada Cambio de rumbo, disponible en: https://conversacionesconmartincruzsantos.blogspot.com/2023/07/cambio-de-rumbo-martin-cruz-santos-de.html ; igualmente, fueron abordados en Un lugar en el mundo, disponible en: https://conversacionesconmartincruzsantos.blogspot.com/2025/12/un-lugar-en-el-mundo-1-martin-cruz.html


02 febrero 2026


 

Contexto histórico, pensamiento crítico,

actitud ética y apreciación estética

 

 

Martín Cruz Santos

 

“Una vida sin reflexión no merece la pena ser vivida”.[1]

Sócrates

* Oprima el logo de Spotify para escuchar la reflexión. 

    Rehacer la síntesis de la vida amerita un examen reflexivo que he practicado en momentos distintos desde mi juventud hasta la vejez. Es retomar la trayectoria vital tejiendo un recuento capaz de abreviar las experiencias añejadas.  Destapar el baúl de las memorias para seleccionar las piezas de cada retrato anterior evoca hitos y puntos de inflexión. En los márgenes porosos de los recuerdos habitan aprendizajes inconclusos habidos en periodos cruciales. Los cambios de rumbo dejaron señales indelebles para atisbar continuidades y discontinuidades en la extensión de la ruta. Bien lo afirmó el cantautor cubano Pablo Milanés (1943-2022): “Cada paso anterior deja una huella que lejos de borrarse, se incorpora, a tu saco tan lleno de recuerdos que, cuando menos se imagina, afloran”.[2]

    Probablemente, mi etapa universitaria prolongada entre los estudios formales y la docencia (unos 40 años aproximadamente), contribuyó con un cúmulo de herramientas didácticas y lecciones asimiladas que facilitan visualizar, desde perspectivas diversas, los pasos andados. Entre lo que estudié, investigué y enseñé emergieron las claves para categorizar lo vivido. El inventario, hasta el presente, anida en el título de este escrito: contexto histórico, pensamiento crítico, actitud ética y apreciación estética.

    Llamamos historia a lo que hacemos los humanos a través del tiempo en espacios determinados. Sobrevienen los hechos en entornos territoriales, por ende, geográficos, y en situaciones imaginadas enmarcadas en procesos políticos, económicos y sociales. Es en un conjunto de circunstancias específicas donde los acontecimientos históricos suceden. La complejidad de la interacción de quienes configuramos las clases sociales, los intereses y visiones del mundo o ideologías influyen en la materialidad de las causas y los efectos sociales, internacionales y mundiales. Entender qué, cómo, cuándo, dónde, quiénes y por qué ocurren los eventos requiere enfocar adecuadamente el marco habilitador de las transformaciones con sus antecedentes remotos e inmediatos. Inferir contextualmente es superar las estrecheces mentales que individualizan y segmentan ocultando la inmensidad del bosque comunitario. Aprendí que pretender observar sin tomar en consideración esa trama dinámica, que puede tornarse en una vorágine, desvía la atención de lo medular y torna la acción en acto aislado e ineficaz.

     Ahora bien, pensar y razonar no son sinónimos, aunque sí piezas de un mismo engranaje. En principio, todos pensamos, si tenemos la capacidad de generar ideas y juicios mentales a través de la conceptualización. Mas el razonamiento conlleva organizar, relacionar y concluir a partir de la información inicial abstraída. Expresa un proverbio chino: “El trabajo del pensamiento se parece a la perforación de un pozo: el agua es turbia al principio, más luego se clarifica”. Hacerlo críticamente es inherente al raciocinio, porque tiende a poner en crisis tanto el andamiaje como el contenido de lo pensado. Es crítico por la propensión a la duda e inquirir y analizar concienzudamente. Ir a la raíz del asunto es propio del quehacer filosófico que prioriza las habilidades para cuestionar e investigar con curiosidad epistemológica. Lo contrario es aceptar sin miramientos ni ir más allá de lo aparente. Cuando razonamos es desde un posicionamiento cultural desmontando ideas preconcebidas y abriendo las fronteras cognitivas. Enseñando comprendí la importancia mayor de discurrir sin reparo, porque los humanos sufrimos de la intencionalidad de moldear el ideario de nuestros congéneres, aunque las falacias permeen la argumentación comunicada.[3]

    Considero que sería imposible que tras la carrera académica y el ahondamiento en dichos temas no hubiera desarrollado actitudes entreveradas con un componente ético.[4] Máxime dadas las aristas concernientes a la convivencia ciudadana que debemos construir. Sostengo que la coherencia del crecimiento humano saludable estaría incompleta sin la integración del cogitar, decir y hacer en el ethos o el modo de ser adquirido. La disposición para actuar conforme a los principios internalizados, más que a una moral consuetudinaria, es el ejercicio de la “práctica reflexiva de la libertad”, según planteara Michel Foucault.[5] De modo que ese talante edificado, y revisado continuamente, que faculta para las variaciones inevitables, es un rasgo definitorio de lo que intento ser. Sin duda alguna, el saber teórico y práctico adjudicable al juicio consustancial a la eticidad aporta a la socialización para levantar los consensos mínimos que rigen las relaciones de poder entre los individuos. A propósito, un aspecto muy necesario en esta época tan convulsiva.

     Vivir conscientemente las realidades interpretándolas con criterios propios y conducirse acorde a lo decidido en coyunturas precisas, implica, además, afinar la apreciación estética. Me refiero a la aptitud sensible para percibir, disfrutar, contemplar y estimar la belleza en ámbitos diferentes. Cualidad que propicia admirar lo hermoso en su omnipresencia natural y en las manifestaciones artísticas, así como también, en las actividades culturales y creativas para advenir a ellas. A partir de lo cual, el sentimiento más sublime irrumpe en la armonía poética de escribir, describir y “nombrar lo pequeño y lo finito con la eternidad de las palabras.”[6] Lejos de haber contradicción entre habitar las condiciones materiales, cavilarlas y sentir emotividad, encontramos la complementación subyacente a la existencia humana.

    Cuando diviso las montañas ubicadas en el horizonte frente a mi ventana, no alcanzo a otear la expansión de los Farallones del Citará,[7]pero, me regocija aquilatar la sinopsis de su vastedad. Metáfora del registro ensayado sin el objetivo de agotar el itinerario de un ciclo resumido en un acápite, aunque reconociendo que, como afirmara el apóstol de Cuba, José Martí: “Toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz”.[8] Semilla tan esencial en la gastronomía y la simbología latinoamericana como es el hurgar metódico en mis Reflexiones desde El Jardín.

 

  

 

 

 

 



[1] La máxima es atribuida al filósofo griego Sócrates (fallecido en el 399 a.n.e.) por su discípulo Platón (427-347 a.n.e), quien la incluyó en la obra titulada Apología de Sócrates, versión del discurso pronunciado por Sócrates en su auto defensa en los tribunales atenienses donde fue condenado a muerte. 

[2] Pablo Milanés, canción: El tiempo, el implacable, el que pasó; álbum: La vida no vale nada; disqueras: Areito (Cuba) y Le Chant Du Monde (Francia), 1976.

[3] Al respecto, recomiendo la lectura de una de mis reflexiones previas titulada Falacias, indiferencias y silencios, disponible en: https://conversacionesconmartincruzsantos.blogspot.com/2025/11/falacias-indiferencias-y-silencios.html

[4] Esta reflexión es la tercera que publico en el Blog donde abordo el tema ético. La primera se titula Defensa ética del ocio: https://conversacionesconmartincruzsantos.blogspot.com/2023/12/defensa-etica-del-ocio-martin-cruz.html ; la segunda, La ética otra vez: https://conversacionesconmartincruzsantos.blogspot.com/2024/03/la-etica-otra-vez-martin-cruz-santos.html

[5] Michel Foucault, La ética del cuidado de sí como práctica de la libertad, diálogo con H. Becker, R. Fornet Betancourt, A. Gómez Müller, 20 de enero de 1984, disponible en línea: https://www.topologik.net/michel_foucault.htm

[6] Renier Castellanos Meneses (2024), Estado de cordura, Medellín: Llano Posada & CIA Editores, pág. 97.

[7] Sobre ese impresionante complejo montañoso de la cordillera occidental de Los Andes colombianos, recomiendo la lectura de: Jorge Giraldo Ramírez (2022), Citará: la montaña, el hogar, Medellín: Editorial Grámmata.

[8] La expresión fue escrita por José Martí (1853-1895) en una carta dirigida al patriota y Mayor General del Ejército Libertador de Cuba, José Antonio de la Caridad Maceo y Grajales (1845-1896), usualmente conocido como Antonio Maceo, en el contexto de la lucha por la independencia de Cuba frente a España en 1893.


07 enero 2026




 

Martín Cruz Santos

Oprima el título para escuchar la lectura del texto 

  De un tiempo a esta parte todo acarrea visos de espectacularidad, a juzgar por el cliché omnipresente en las adjetivaciones de muchos. Particularmente, es una monotonía insoportable escuchar a autodenominados influencers usar el calificativo “espectacular” como una muletilla imprescindible para referirse a los objetos más disímiles desde una comida hasta la ropa interior. En los usos coloquial, informativo y directivo de lenguaje, el vocablo y artificio de turno integra la monserga de ocasión. Al parecer, mientras más repetitivo, mayor es el adorno de la expresión.

    Según el Diccionario de la Real Academia Española (RAE), la voz en cuestión significa “que tiene caracteres propios de espectáculo público”. Asimismo, connota ser aparatoso u ostentoso. No dudamos que haya oportunidades múltiples para tildar sucesos con la susodicha palabra. Sin embargo, cabe diferenciar entre acontecimientos y entes susceptibles de valoración. Un alimento puede ser nutritivo, sabroso, delicioso, apetitoso, entre otros epítetos. Aun cuando se tratara de una cena en el contexto de una obra teatral, un concierto, una pintura, un performance o una película, difícilmente los manjares constituyen la centralidad del acto como para adjudicarle fastuosidad sin parangón. Ni siquiera la Última Cena. Un viaje, por ejemplo, podría ser grandioso o sensacional, ambos son sinónimos de la innombrable. Que percibamos un paisaje y lo consideremos deslumbrante, en vez de la palabrita esa, es sintomático de diversidad léxica; por el contrario, acudir a la “dichosa” (me niego a otorgarle preponderancia en este texto) es indigencia terminológica.

    Ciertamente, “en tiempos de prisa y estridencia informativa, el adjetivo puede aclarar o distorsionar”.[1] Temo que limitar y dramatizar una acepción específica trastoca el contexto de la comunicación en detrimento de la comprensión del mensaje. Recargar una exposición oral o escrita con el mismo sonsonete desgasta y trivializa la profundidad del pensamiento y el lenguaje. ¿Por qué atosigar un discurso con la apariencia farandulera predominantemente mediática? ¿Qué beneficio cultural se logra con reducir los relatos a descripciones rimbombantes matizadas con la elocuencia de un reality show?

    Si la declaración amerita el grado superlativo, no hay problema, pero, hágase el ejercicio de reconocer la variedad de representaciones disponibles en el idioma español. Esto es preciso cuando la narrativa es pretendidamente comunicacional. Claro que es emocionante proclamar lo espléndido y explayarse en sus atributos. No obstante, una revisión adecuada de la sinonimia evidencia lo innecesario de reproducir una y otra vez la disonante “espectacular”. Escoja usted sin restricciones y disculpe que traiga a colación algunos mencionados: vistoso, impresionante, alucinante, asombroso, llamativo, espléndido, aparatoso, sensacional; o en su defecto, dependiendo del caso: buenísimo, óptimo, inmejorable, insuperable, extraordinario, excelso, sobresaliente, grandioso, prodigioso, excelente, sublime.  Pluralidad de opciones para manifestar sentimientos, ideas y pareceres.

   Presenciar la utilización excesiva de un dicho implica no solo detectar una moda, sino advertir un abuso evitable. Recuerdo una campaña desarrollada por la Universidad del Sagrado Corazón (San Juan, Puerto Rico) cuya médula anunciante aseveraba: “Idioma defectuoso, pensamiento defectuoso”.[2] Al igual que los anglicismos, las reiteraciones innecesarias y las exageraciones, la imposición de la palabrería novedosa, que cala en las mentes por hábito o costumbre, perjudica el decir. No importa quién sea el trotamundos influyente ni sus talentos de atracción y entretenimiento, frente a lo que exponga, seamos críticos y coherentes en lo que pensamos, enunciamos y hacemos. La vida no es un espectáculo ni tenemos vocación de meros espectadores pasivos. Apalabremos el compromiso de escuchar, ver y hablar conscientemente proveyendo sentidos propios sin adopciones de la locución frecuente en boga. Intento practicarlo en mis Reflexiones desde El Jardín.

    



[1] Óscar Durán (director de la Academia de Periodismo de Utadeo), El problema de los Adjetivos, Fundación Gabo, Red Ética, 21 de noviembre de 2025, disponible en: Etica Periodística

[2] La campaña se llevó a cabo a través de los medios de comunicación social de Puerto Rico en el año 1995. 


 

01 diciembre 2025



Un lugar en el mundo[1]

Martín Cruz Santos

 

“Ser recibido otorga un sentido de seguridad,

de legitimidad, de identidad que facilita el posicionamiento y

la seguridad de pisar sobre un terreno firme.

Permite, además, la orientación de los que precedieron

sobre las rutas a seguir, los misterios del nuevo lugar,

aprender las estrategias y los atrechos para atajar

la incertidumbre para poder vivir allí.”[2]

 

Edwin R. Quiles Rodríguez

(arquitecto, planificador y docente puertorriqueño)


     La trama de la película aludida en el título de estos apuntes gira en torno al personaje de Ernesto, interpretado por el actor Gastón Batyi, quien viajó a San Luis, provincia de Argentina, al pueblo remoto donde vivió su infancia. La travesía es una vuelta existencial a los orígenes y remontarse a un tiempo que determinó el devenir. A propósito, pienso que la experiencia de escoger un lugar para residir, tal vez lejos de lo rutinario, trasciende la espacialidad geográfica y apela a la búsqueda constante y renovada de uno mismo. Que, en la etapa actual de mi proceder, como aseveramos en la primera reflexión publicada en este medio:

“Es un periplo espiritual decidido, orquestado y caminado sin el afán de otros tiempos, pero, con la pasión por la libertad acumulada al ritmo de los cambios vitales”.[3]

Acorde con el drama mencionado, el punto de partida es referencia ineludible para encontrar el entorno adecuado. También lo es la acogida, integración y participación dinámica en la comunidad de advenimiento.

    Considero que la adaptación al panorama natural y cultural elegido propicia atisbar tanto el pasado como el futuro desde el enfoque afincado en un presente fluido. “Donde está tu corazón es tu lugar en el mundo.”[4] Mi posicionamiento en Colombia -en específico, Jardín, Antioquia- cristaliza los cambios imprescindibles de este ciclo vital para continuar recorriéndolo. Incluso, cuando las turbulencias arrecian, resistir con ahínco es menester. Una resistencia aprendida con rigor y desempeñada con aciertos y desaciertos, pero sin añoranzas innecesarias ni deseos de retornar a lo pretérito. Transitar de un estadio a otro implica rehacer la síntesis biográfica, y, probablemente, alterar el rumbo, reconocer las continuidades y advertir las discontinuidades. Hay cambios, que, si no los llevamos a cabo, se nos va la vida.

  Al respecto, acudamos a la sabiduría inherente a la música popular. Una de mis apreciaciones musicales es el género de la Salsa.[5] El cantautor Rubén Blades, quien, a mi juicio, es una figura emblemática de ese movimiento, nos aporta su conocimiento. Del documental “Yo no me llamo Rubén Blades”[6] les comparto un pensamiento memorable: “El que tiene más pasado que presente, que organice su tiempo.” Para quienes abarcamos una historia personal acumulada en décadas, y pasada de la mitad de un siglo, es aconsejable actualizar el inventario, porque las existencias se agotan. Hallado el lugar en el mundo, y para acercarse al final próximo o remoto, vale la pena mirar hacia el frente, a corta distancia, fijar la observación en cada paso y caminar sin reservas para lo ulterior. Distante del inicio, contiguo a lo decidido, nada mejor que haber acertado el sitio donde los paisajes y la presencia consciente encajan. Reitero:

“No es un cambio más, sino uno trascendental, porque incide significativamente en el proceso de vivir, descubrir, amar y aprender, entre otras posibilidades”.[7]

La vivencia no es extrapolable, ciertamente. Sin embargo, para mí es un imperativo exponerlo casi como un legado.

   Tantas veces me han preguntado: ¿extrañas tu país? Indistintamente del contexto en que surge la interrogante, mi respuesta es: “no necesariamente, porque decidí (decidimos, porque es una decisión de mi esposa y yo) residir acá”. No soy un desterrado, o no del todo, si lo fuera, otra sería mi contestación. Significa que, culminados los capítulos previos de mi historia con la satisfacción del deber cumplido, comencé los inéditos con la apertura a la territorialidad allende el lar nativo aceptando la otredad cultural llevada a cuestas. Si bien podría regresar a Puerto Rico a morar, esa opción es ajena a nuestros planes inmediatos, que ya no contemplan periodicidades alejadas. Descubrí un lugar en el mundo para vivirlo plenamente, a decir de mi amigo Ricardo Vega: “en esa bella tierra que hoy haces tu hogar.”[8] Queda manifestado en mis Reflexiones desde El Jardín.

   



[1] Es el título de una película argentina dirigida por Adolfo Aristarain y que fue estrenada en abril de 1992.

[2] Edwin R. Quiles Rodríguez (2024), ¡Mi amor, tenemos casa!, San Juan, Puerto Rico: Fundación Puertorriqueña de las Humanidades, pág., 79.

[3] Martín Cruz Santos (13 de julio de 2023), Cambio de rumbo, disponible en: https://conversacionesconmartincruzsantos.blogspot.com/2023/07/cambio-de-rumbo-martin-cruz-santos-de.html

[4] Ibid.

[5] Recomiendo la lectura de mi reflexión titulada Salseros puertorriqueños en Colombia (1 de diciembre de 2023), disponible en: https://conversacionesconmartincruzsantos.blogspot.com/2023/12/salseros-puertorriquenos-colombia.html

[6] Documental biográfico dirigido por Abner Benaim y producido por él y Gema Juárez Allen.  Contó con colaboración cinematográfica y financiera de tres países: Panamá, Argentina y Colombia. El estreno aconteció en los tres entre los meses de marzo y septiembre de 2018.

[7] Martín Cruz Santos, Cambio de rumbo, loc. Cit.

[8] Son palabras citadas de un mensaje reciente recibido de Ricardo Vega, puertorriqueño quien reside junto a su familia en Filipinas.

 

10 noviembre 2025



Falacias, indiferencias y silencios

Martín Cruz Santos

 

“Y creo que quienes están en el poder quieren que

nos sintamos impotentes, que sintamos que no podemos hacer nada.”[1] 

Arwa Mahdawi

(periodista y escritora británica)

 

“La vida no vale nada,
si escucho un grito mortal
y no es capaz de tocar
mi corazón que se apaga.”[2]
 

Pablo Milanés (1943-2022), cantautor cubano

 

     Que la incertidumbre es una constante en la vida está estipulado. Sin embargo, la proliferación de lo incierto como un mecanismo de dominación disfrazado de verdades universales hace palidecer el desasosiego y promueve el miedo incesante. Desde tiempos antiguos, la capacidad humana para engañar mediante falacias o argumentos falsos con facha de certeza ha servido a los intereses de quienes los encausan. Si lo duda, investigue sobre aquellos notables griegos denominados sofistas a quien Sócrates fustigó. La ignorancia y el fanatismo son las garantías del discurso falaz. También lo abonan la indiferencia y el silencio. Cuádruple agrupación que acompaña el consumo de la desinformación en la era de la posverdad.

   En un mundo donde las narrativas múltiples producidas en los centros del poder económico son institucionalizadas políticamente y difundidas en la población como intereses comunes, la invención, interpretación y tergiversación de hechos y veracidades constituye una tolvanera intencionada. La mentira adornada con moralismos religiosos alineados a costumbres y tradiciones útiles para la reproducción del poder es una franqueza aceptable, aunque albergue el cinismo. Tal vez porque lo contiene, vocifera e impone aumenta su influencia, porque en tiempos cuando el desprecio y envalentonamiento sustituyen al diálogo y la búsqueda de soluciones, la ética transmuta en apatía. Por ejemplo, una andanada de improperios lanzada por un opulento gana la aprobación de una multitud amorfa con un mutismo indiferente y enajenado.

    Hay una turbulencia norteña que ha causado inestabilidad en el sur, al igual que en diversos rincones de la tierra. Triste época la nuestra cuando la inseguridad es lo más seguro y el olvido es aclamado desde las pantallas táctiles, los medios de comunicación social, los púlpitos, las redes sociales, las escuelas y los centros comerciales cual perdón subsanado. La quimera de “hacer grande otra vez” a determinada nación oculta la irrupción del despotismo trasnochado.

     Asistimos al desmantelamiento del desorden mundial previo, uno advenido al culminar una guerra atroz casi a la mitad del siglo veinte. De tanto esperar una tercera conflagración épica, hemos pasado por alto que vivimos sometidos a la normalización de las expectativas bélicas. Las intervenciones en los asuntos internos de cualquier país, las invasiones terroríficas, los golpes de estado fabricados con la etiqueta imperial y los conflictos surgidos a diestra y siniestra, la mayoría por el afán de lucro capitalista, integran el andamiaje discursivo que ya prescinde, sin empacho, del moribundo derecho internacional y la igualmente cadavérica institucionalidad fundada para cobijarlo. En su lugar ubican metáforas grandilocuentes que apelan a las luchas contra el terrorismo diseñado a la medida occidental, el narcotráfico fantasmagórico, la amenaza omnipresente del espectro inmigrante, emancipar el mundo de los enemigos imaginarios de toda índole y salvar a la humanidad destruyéndola. En la hora de las falsedades, es un objetivo estratégico vaciar los significados de cuanta palabra y gesto haya motivado la coexistencia pacífica en riesgo de ser alcanzada por un misil nuclear siempre.

    Mientras tanto, abundan los mercaderes de las verdades eternas y los dogmas revelados. Dioses y miserias congregan a muchos esperanzados en la conservación de un pasado paradisiaco que jamás ha visto la historia. La grandeza originaria proclamada no es otra cosa que la mayor acumulación de poder en manos escazas, las de los privilegiados de la élite planetaria, para quienes difamar, perseguir, encarcelar, deportar, torturar y matar son transgresiones necesarias en aras de poseerlo todo. En medio del caos desatado cabe formular una interrogante: ¿llegará algún día la paz anhelada? Por supuesto que sí, pero la de los sepulcros, cuando comprendamos que el genocidio actual en Gaza es el destino manifiesto de la humanidad. Y que todas las buenas intenciones desentendidas de la debida solidaridad, organización y actividad política eficaz allanan el camino para la consecución de los planes dictatoriales. Falta que el silencio maldito de la indiferencia evidencie la complicidad de tantos y la falacia del derecho a la vida, que no vale nada, si discrimina entre las de unos y otros por razón de la clase social, raza, etnia, país e ideología de pertenencia.

   Es imprescindible arrancar la sombra tenebrosa que opaca el optimismo y procurar que el presente tenga vocación de futuro. De lo contrario, sucumbiremos al fraude representado por las democracias supeditadas a imposiciones autoritarias y fundamentalismos de nuevo cuño y vieja estirpe. Espero que no sea demasiado tarde para afirmarlo en mis Reflexiones desde El Jardín.

   



[1]Alejandra Martins, BBC News Mundo,(9 de noviembre de 2025), "¿Tú qué hiciste durante el genocidio?": la provocadora pregunta con que la escritora Arwa Mahdawi reflexiona sobre la ofensiva de Israel en Gaza, disponible en: https://www.bbc.com/mundo/articles/cqjw2kyep4no

[2] Pablo Milanés, (1976), La vida no vale nada, (álbum homónimo), España: Universal Music Group.


18 octubre 2025

                                                               (Foto de Eddie Adam (Associated Press)

Vietnam: memorias de una guerra 50 años después

 

Martín Cruz Santos 

“El gobierno estadounidense cree erróneamente que con fuerza brutal podría obligar a nuestro pueblo a rendirse. Pero el pueblo vietnamita jamás se rendirá. Amamos la paz, pero debe ser una paz genuina en independencia y libertad.”[1]

Ho Chi Minh (1890-1969)

“¿Sabes qué, mamá? Lo mismo que pasó en

el imperio romano pasará en Estados Unidos”[2].

Joan Báez (cantante y compositora estadounidense)

 

   Escuchando la voz de la investigadora y divulgadora histórica colombiana Diana Uribe en la comunicación de dos capítulos de su podcast sobre el fin de la guerra de Vietnam[3], evoqué recuerdos angustiosos de mi niñez. Yo era un niño de casi tres años cuando Estados Unidos intensificó su agresión contra el pueblo vietnamita mediante la invasión de tropas militares en marzo de 1965. Había incursionado en esa intromisión extranjera a mediados de los años 50.  

  A finales de los sesentas, la radio era el medio de comunicación que utilizábamos en nuestra casa y en las de la mayoría de los vecinos. La televisión comenzó en Puerto Rico en otro marzo, el de 1954, pero, en los barrios pobres de los municipios rurales de la Cordillera Central, en uno de los cuales vivíamos, la señal tardó en recibirse, más por la carencia de recursos económicos para comprar un aparato televisivo que por la disponibilidad tecnológica de la transmisión y la oferta comercial de la novedosa pantalla de imágenes en movimiento. Fueron las ondas radiales portadoras de noticias del conflicto bélico en el sudeste asiático, un lugar geográficamente lejano al caribe antillano, pero cercano a las vidas de los jóvenes puertorriqueños que fallecieron sin saber a ciencia cierta por qué guerreaban. En la colonia, eufemísticamente denominada “territorio no incorporado de los Estados Unidos” o Estado Libre Asociado desde 1952, el servicio militar obligatorio impuesto por el gobierno de los Estados Unidos afectó a 48,000 compatriotas aproximadamente.

     Escribo estas memorias en mi vejez antes que el olvido arrope los recuerdos. Los mismos que hoy repaso, cuestiono y distingo de las andanadas y monsergas inculcadas por los medios de comunicación, la escuela y la religión institucionalizada en su fiel cumplimiento de roles como aparatos ideológicos del Estado, a decir de Althusser.[4] La radio de aquellos tiempos transmitía música, radionovelas, noticias y sentidos pésames. Nos enterábamos de los muertos conocidos y los anónimos. En ocasiones, el pregón de llantos y gritos en la vecindad precedía y ahogaba la emisión noticiosa. Dolía en el alma oír los nombres de muchachos arrebatados de la vida luchando por nada sin saber por qué.

    El mundo de mi infancia era una plétora de enemigos imaginarios creados por las falacias propagadas durante la Guerra Fría. Jugábamos con soldaditos de plástico que ingenuamente identificábamos con las etiquetas aprendidas de una dualidad inaudita: ellos, los otros, comunistas, malos por naturaleza, alejados de Dios; nosotros, los buenos de siempre, envidiosamente libres, cruzados de la democracia y la cristiandad. Soñábamos con matar vietnamitas antes que subieran por la ventana y saltaran con un puñal sobre la cama donde dormíamos. Y no comprendimos a los veteranos sobrevivientes con sus manías y delirios, los conocidos irreconocibles; los locos y adictos, quienes se fueron obligados y regresaron desquiciados.

    Aquella guerra no fue la primera ni la última para enumerar conscriptos isleños de breve entrenamiento. En la primera guerra mundial, justo cuando fue impuesta la ciudadanía estadounidense a los puertorriqueños (1917), 18,000 compatriotas empuñaron fusiles; 61,000 en la segunda, 68, 000 en Corea, 48,000 en Vietnam[5] y siga sumando hasta el sol de hoy. No contaré los heridos, muertos ni desaparecidos por respeto a su dignidad cuyo valor no es cuantitativo. El colonialismo es una fábrica de mano de obra barata y desechable.

  Con la educación universitaria, despertó mi curiosidad advenida en conocimiento. Conocí a un obispo católico puertorriqueño, Mons. Arturo Parrilla Bonilla (1919-1994),[6] un jesuita insigne. Era un conservador en la doctrina y el dogma, pero liberal, diría revolucionario, en la práctica política. Sobrio en la vestimenta, fiel al renunciamiento de las riquezas materiales, cooperativista a ultranza y militante por la independencia de Puerto Rico. Férreo opositor a la guerra, ejerció su protesta contra el intervencionismo de Estados Unidos en Vietnam y el servicio militar obligatorio. El 23 de septiembre de 1970, en la conmemoración del Grito de Lares[7], realizó un acto de desobediencia civil quemando las libretas militares de los obligados a matar por el afán de lucro disfrazado de campañas civilizatorias. A mis ocho años de edad no me enteré de la gesta, lo supe un decenio posterior.

    La derrota de un imperio es un fantasma perpetuo, máxime si el causante no aspiraba a ocupar el puesto del vencido. El heroico pueblo vietnamita, guiado por el célebre Ho Chi Minh, confirmó la veracidad de las enseñanzas del sabio Sun Tzu,[8] a saber: que un pequeño grupo puede vencer a un gran ejército. Que no es la superioridad de la fuerza militarista ni la tecnología aniquiladora lo definitorio en la guerra, sino la estrategia y la táctica, la inteligencia y disciplina, el conocimiento del enemigo y la adaptabilidad, la unidad, la capacitación política y las alianzas, entre otras medidas. Triunfaron, aunque perdieron vidas innumerables, recursos naturales e infraestructura. El contrincante era muy poderoso, pero lo expulsaron de las tierras invadidas, unificaron el País[9] y determinaron el camino a seguir.  

   Cincuenta años han transcurrido desde la liberación de Saigón[10] (actualmente Ciudad Ho Chi Minh) por el Frente Nacional de Liberación de Vietnam y las Fuerzas Armadas de la República Democrática de Vietnam. Medio siglo es tiempo suficiente para reafirmar que vale la pena ser antiimperialista, anticolonialista, antifascista y pacifista crítico. Esto último, porque el derecho a la autodeterminación de los pueblos debe acompañarse siempre por la legítima defensa, particularmente, armada, ante las agresiones externas. Mientras existan las ráfagas de vientos imperiales saqueadores de la justicia, la soberanía y la paz es imprescindible estar prevenidos y rememorar la hazaña vietnamita, que no es solo historia pasada, sino presente inconcluso y abierto hacia el futuro que abordo en mis Reflexiones desde El Jardín.



[1] Ho Chi Minh, Mensaje al pueblo estadounidense, 23 de diciembre de 1966, disponible en: https://www.historyisaweapon.com/defcon2/hochiminh/

[2] Joan Báez, a los 14 años de edad y después de leer Historia y decadencia y caída del Imperio Romano, de Edward Gibbon (1737-1794), cita disponible en: https://www.xlsemanal.com/actualidad/20150215/joan-baez-ingenua-nunca-8136.html

[3] Diana Uribe, El fin de la guerra de Vietnam: 50 años después, en DianaUribe.fm, disponible en: https://open.spotify.com/episode/23xnswJNj1gQoL4rE7nIXj?si=df6f8779d5a34ab1

[4] El término aparato ideológico del estado lo acuñó el filósofo francés Louis Althusser (1918-1990) para indagar en la ideología como mecanismo del poder político institucional. Véase: Louis Althusser, Ideología y Aparatos Ideológicos del Estado, en: Žižek, Slavoj (compilador), Ideología: un mapa de la cuestión, México: Fondo de Cultura Económica, 1994, 115-155.

[5] Registros militares, National Archives, disponible en: https://www.archives.gov/research/military/vietnam-war/casualty-statistics

[6] Al respecto recomendamos la lectura siguiente: Miguel Santiago Santana (2018), Antulio Parrilla Bonilla: obispo y profeta de Puerto Rico, San Juan: Ediciones Gaviota.

[7] El Grito de Lares fue una gesta de insurrección contra el gobierno colonial español en Puerto Rico llevada a cabo el 23 de septiembre de 1868. Inició en el municipio montañoso de Lares, de ahí su nombre. Es conmemorada anualmente por las organizaciones políticas independentistas en la Plaza de la Revolución de dicho municipio.

[8] Sun Tzu  fue un general, estratega militar y filósofo chino. Se le atribuye la autoría de una obra clásica, el Arte de la guerra, que ha trascendido el ámbito militar para ser adaptado a diversas circunstancias del comportamiento humano y social. El libro está disponible en versión PDF en: https://www.elejandria.com/libro/descargar/el-arte-de-la-guerra/sun-tzu/847/1297

[9] La unificación de ese país aconteció el 2 de julio de 1976 cuando se erige la fundación oficial de la República Socialista de Vietnam tras unir los dos territorios del norte y el sur.

[10] La fecha crucial que determinó el fin de la Guerra y la expulsión de las tropas estadounidenses fue el 30 de abril de 1975.