01 marzo 2026


 

Un dueto de amor, voluntad, coherencia y determinación

 

Martín Cruz Santos

 

“Bendito el lugar
y el motivo de estar ahí,
bendita la coincidencia

Bendito el reloj
que nos puso puntual ahí,
bendita sea tu presencia”.[1]

 

   A Claudia, cuya vida es el amor mismo manifestado en cada acto que realiza.

    Las historias construidas a son de alegrías y sentimientos crecientes son contadas rumiando. Propósito que figura templar las cuerdas para enternecer los arpegios y dignificar lo vivido. Toma tiempo y entusiasmo plasmar las vivencias. Por tal razón, al paso de los días y tras reiterar incesantemente la voluntad de escribirlo, habiendo narrado una y otra vez cómo Claudia y yo nos conocimos y amamos, usualmente como respuesta a interrogantes curiosas, al fin emergieron las letras ensimismadas para testimoniar coherentemente la determinación convenida. Expondremos sucintamente la valentía de un dueto de amor comprometido cuyo origen estuvo apegado al encuentro pasajero que decidió ser permanente.

    Han transcurrido casi trece años desde aquel entonces cuando un viaje vacacional me trajo de Puerto Rico a Colombia. Visitar cuatro ciudades (Cartagena, Cali, Medellín y Bogotá) tejió el itinerario. Era la primera vez que venía a este hermoso País. Conocer su historia, apreciar los paisajes naturales y culturales, y, disfrutar el recorrido eran motivos suficientes para la aventura. Considero que los aportes profesionales de guías turísticos posibilitan aprovechar la experiencia al máximo. Todo coincidió favorablemente. Tanto, que el amor, Claudia y yo nos hallamos y convertimos el paseo en el comienzo de un proyecto de vida.

   Claudia fungió como nuestra guía de Medellín. El grupo de diez viajantes estuvo primero en Cartagena y luego en Cali antes de arribar a la Ciudad de la Eterna Primavera. De ahí partimos hacia Bogotá, la última parada antes del regreso a la llamada Isla del Encanto. Si bien el trayecto en su totalidad fue placentero, la estadía en el Valle de Aburrá resultó ser la más satisfactoria. De hecho, para no perderme ningún instante de la jornada, usé una mascarilla (tapabocas) al llegar al aeropuerto José María Córdova, ya que, prácticamente, yo era el único de la decena que no se había resfriado. Bendito antifaz constituido en el distintivo que desvió la mirada de Claudia hacia mí, un turista que, por lo visto, necesitaba ayuda.

    Ella, como hasta el sol de hoy, desplegó su amabilidad y dedicación ejemplar no solo conmigo, sino con cada persona a la que sirve con respeto. Afortunadamente, por esas vueltas que da la vida, germinó entre nosotros una inclinación afectiva con el sonido de las palabras mutuamente pronunciadas, los gestos espontáneos y las complicidades codificadas que acompañaron el devenir a partir de aquellos escasos días de habernos descubierto.  Al retornar a mi tierra, algo de mí quedó ávido de saber más de la mujer intérprete de patrimonios culturales y atractivos turísticos. Y la distancia abonó el querer para sentir desde lejos la cercanía protegida del olvido.

     Entre mensajes de texto, llamadas telefónicas profusas y pensamientos omnipresentes transcurrieron los meses de junio a diciembre de 2013. En ese paréntesis, Claudia sufrió un accidente laboral, convaleció en su hogar mientras yo coadyuvaba virtualmente a su recuperación en medio de mis faenas administrativas en la Universidad.[2] Añoraba llegar a mi casa en las noches para dialogar con ella y continuar alimentando la amistad que acrecentábamos. Las terapias habilitaron su tobillo fracturado, el amor rejuveneció mi ser pasado de la mitad de un siglo.  

    El tercio final de 2013 avanzaba. Apuntalamos una fecha para vernos más allá de la pantalla del celular y el computador. El primero de enero de 2014 pisé el suelo medellinense por segunda vez. Bastaron pocos momentos con Claudia para saber a ciencia cierta que iniciaba el periplo hacia nuestra realización amorosa. Tres veces más abordé un avión previo a octubre para volar a su lado. En mi quinto viaje de ese año aterrizamos en San Juan (Puerto Rico), justo el día después de su cumpleaños, que celebramos la noche anterior en su urbe natal, para acariciar una boda civil inmediata y la preparación de la segunda, en Medellín, en marzo siguiente. Cosa de locos, dirían algunos; afirmo: para vivir, no hay que estar locos, pero ayuda…

    Quien hace planes debe estar dispuesto a cambiarlos, si fuese necesario. Claudia y yo pensábamos que no habitaríamos en el archipiélago borincano durante un periodo extenso. Nos quedamos casi nueve años y ella aprendió a amar mi lar nativo y el cielo que lo cobija. Cultivamos amistades auténticas, callejeamos por ciudades y pueblos, trabajamos unidos para salir adelante y cumplimos las metas propuestas. Mi madre, quien la acogió como a su hija, bendijo la unión nuestra abrazándonos en el festejo conyugal en Colombia el 28 de marzo de 2015. Asimismo, al fallecer la mamá de Claudia, sin pretender llenar el vacío de la pérdida, se convirtió en apoyo espiritual para ella. Lo cual supo reciprocar apoyándome en el cuidado de mami hasta que la mujer que me vio nacer partió de este mundo el 4 de noviembre de 2021 a los 91 años.

   Consumados nuestros compromisos familiares y los profesionales, emprendimos otra etapa vital: las jubilaciones de ambos. A dueto, como lo habíamos soñado y planificado,[3] subimos la cordillera occidental de Los Andes colombianos para establecernos en Jardín, Antioquia, para mí, el corazón de Colombia, porque acá habitamos, anidamos las esperanzas y forjamos el tramo de la ruta actual recordando “el reloj que nos puso puntual ahí” y empujando los dos hacia el mismo lado. Ha sido con voluntad, coherencia y determinación, lema que nos identifica, apasiona y compromete. Sirva este recuento entrañable para manifestar el amor y admiración por Claudia Patricia Cárdenas Garcés, mi amada esposa, presente en estas Reflexiones desde El Jardín.

   



[1] Estrofas de la canción titulada Bendita tu luz, álbum: Amar es combatir, grupo Maná con el artista invitado Juan Luis Guerra, disquera WEA Latina (Warner Music), 2006. Es el tema musical que nos identifica desde que nos conocimos.

[2] Probablemente, es conocido por muchos de mis lectores que fui profesor universitario, además de administrador por una década (2004-2014) en la Universidad Ana G. Méndez, Recinto de Cupey, en San Juan, Puerto Rico.

[3] Algunos aspectos de esta historia están contenidos en la reflexión titulada Cambio de rumbo, disponible en: https://conversacionesconmartincruzsantos.blogspot.com/2023/07/cambio-de-rumbo-martin-cruz-santos-de.html ; igualmente, fueron abordados en Un lugar en el mundo, disponible en: https://conversacionesconmartincruzsantos.blogspot.com/2025/12/un-lugar-en-el-mundo-1-martin-cruz.html