06 junio 2024


 

La patria desde la distancia

Martín Cruz Santos

 

    Recuerdo la conversación virtual sostenida con la productora puertorriqueña Maru Hernández, radicada en la ciudad de Valencia, España, y el compatriota y colega historiador Hugo R. Viera Vargas, quien residía entonces en Sarasota, Florida, transmitida en vivo o directo el jueves 3 de junio de 2021[1]. Fue el inicio de la serie titulada La patria desde la distancia como parte del podcast Conversaciones con Martín Cruz Santos[2], un espacio creado el mes anterior a esa conversa para tertuliar sobre temas de actualidad y aproximarnos a diversos proyectos socioculturales. Aporta diálogos con nacionales de Puerto Rico quienes habitamos fuera del archipiélago. El objetivo es conocer las experiencias diversas en los ámbitos donde nos hallamos y las perspectivas de la Isla a partir de puntos geográficos distantes. En aquel entonces mi esposa y yo vivíamos en Puerto Rico, pero, viajando a Colombia frecuentemente. Hoy domiciliamos en Jardín, Antioquia, municipio de los Andes colombianos.

   Después de variados capítulos conversacionales y contactar compatriotas en Asia, Europa y América es pertinente formularme la interrogante principal de esos encuentros: ¿Cómo visualizas a Puerto Rico? Corresponde una mirada crítica en la separación física y el distanciamiento condicionado por el contexto histórico tanto de la isla caribeña y antillana como de la vivencia en el extranjero. Para quienes emigramos, las razones y los sentimientos que subyacen a la decisión guardan relaciones estrechas con el acá y el allá, es decir, nos insertamos en la comunidad nacional que nos acoge sabiéndonos miembros de otra entidad territorial. Advierto con honestidad que escribo amparado en el privilegio del no desplazado ni expulsado a causa de la pobreza extrema, la guerra atroz o la opresión política causante de la salida desesperada de tantos congéneres en el mundo. Mi esposa y yo moramos en Sudamérica como trabajadores jubilados. En Colombia, precisamente, territorio escogido para asentarse por una cantidad no menor de boricuas[3].

   Leo diariamente las noticias locales, las de Puerto Rico y la esfera internacional. Estoy al tanto de las opiniones, los juicios y las y falacias generadas en las redes sociales. Actúo con la disciplina aprendida en el oficio de historiar y con el afán de pensar analíticamente. Siento esperanza cuando observo la persistencia de mis compueblanos en las faenas liberadoras que empujan en comunidades marginadas. Además, con la coherencia de quienes enseñan y aprenden en las escuelas, los colegios y las universidades pese a las adversidades institucionales y presupuestarias que enfrentan. La riqueza producida mediante el trabajo, aunque faltante en los presupuestos familiares, es fruto, sin duda alguna, del tesón de la clase trabajadora. Contra la desigualdad perenne y normalizada, en todos los rincones hay ejemplos fehacientes de la resistencia cotidiana para salir adelante. Cómo no solidarizarme, si esa es la historia de mi familia y de otras innumerables, incluso, las oleadas de emigrantes que transitan en la “guagua aérea”[4]. 

     Vamos a la otra cara de la moneda. Percibo el desgaste social y emocional de un pueblo expoliado y carente de los servicios básicos adecuados para una vida digna. El drama de la infraestructura eléctrica colapsada que afecta a la mayoría de la población es comparable con la incapacidad de la clase gobernante para alumbrar otras ideas que no sean la deslumbrante corrupción y la competencia presurosa por administrar los fondos públicos. Enchufan el sueño generalizado e iluso del progreso y descargan el estancamiento social. La ebriedad del poder de unos pocos contrasta con la sobriedad expectante de muchos y el anhelo de cambios que no llegan a ser. En un año electoral las campañas propagandísticas sobresalen por la ambición del galardón pseudo poderoso para acceder a la complicidad colonizada del desorden político establecido por el Congreso estadunidense, representante permanente de los intereses hegemónicos de la clase dominante del imperio colonizador, aliada estratégica de las elites trasnacionales.

     Prima una sociedad de reformas sin forma ni contenido en la que el certamen politiquero de cada cuatro años es una fase eufórica tras la depresión que no cesa. La borrachera de ocasión es alucinante. Se confunde la unidad de propósitos con los juntes de avivamiento, el frenesí momentáneo, los goces truculentos convenidos y la desilusión entusiasta compartida. El triunfo de una reina de belleza, un deportista o algún autodenominado artista, acto pretendidamente representativo de la identidad puertorriqueña, manifiesta un nacionalismo cultural inconsciente, chauvinista y trasnochado. Tal vez sustituye temporariamente la espera pasiva por la mágica autodeterminación política, supuestamente medular, de una independencia folclórica ubicada en una urna de votación a la vuelta de la esquina (sin mencionar cuán alejada está la dichosa esquina ni cuántas votaciones faltan), una estadidad anexionista a la espera de ser solicitada (como si el Congreso de E.U. estuviera ansioso por atender el asunto) o un Estado Libre Asociado a desarrollar (más bien a resucitar). Y como la historia depende de la memoria, aliarse para gobernar la colonia pretende ser un capítulo inédito del devenir histórico isleño.  Añádale la imposibilidad del liderato partidista anquilosado de sintonizar discursivamente con las nuevas generaciones y el componente del envejecimiento poblacional por la vía de la perdida y la baja poblacionales. Nada que no pueda resolver una agencia publicitaria, según ellos.

     La Patria imaginada colectivamente y vista allende la distancia es un signo de interrogación o unos puntos suspensivos, un presagio inevitable, el regocijo efímero y vacuo explayado a coro: “Yo soy boricua pa´ que tú lo sepas”. Es el grito silenciado repetidamente, la rabia contenida y la confianza depositada en que no llueva ni ventee más mierda. Asimismo, es la promesa temida y encarnecida inherente a un proyecto inconcluso apartado de la emancipación latinoamericana decimonónica y del calor de la Guerra Fría, pero, cercano a las migraciones desbordantes, las destrucciones de las periferias y los rincones excluidos por el neoliberalismo. Es el lugar trastocado política y económicamente, atropellado y pospuesto; vociferado, pero no escuchado; leído sin interpretación rigurosa. Donde la historia atestigua el ya, pero, todavía no al registrar vacíos sin narrar y resquicios evidentemente obviados.

    Distanciarse del objeto observado no garantiza su mejor comprensión cabalmente, sin embargo, posibilita no desfallecer en el empeño. Reflexionar a Puerto Rico desde El Jardín implica el intento de auscultar el presente habiendo sido parte de su pasado y, en remoto, barruntar el futuro. Así lo veo y digo. Afuera o adentro continuamos siendo partícipes del quehacer puertorriqueño, porque en otras tierras, así como en la que nos pertenece, aspiramos a construir un país, lo opuesto a la colonia que hemos sido.  



[1] La grabación está disponible en nuestro canal de YouTube: https://youtu.be/RkrV1w5GZws?si=Nr1dwG8zs1AgPLpO

[2] Pueden acceder a nuestro canal donde están contenidas las grabaciones de todas las conversaciones llevadas a cabo desde el 18 de mayo de 2021: https://www.youtube.com/@MCRUZSA

[3] Recomiendo la lectura de mi reflexión titulada Colomrriqueños y paisaboricuas, publicada en ese blog: https://www.blogger.com/blog/post/edit/4952124511128813048/4135628412505177265

[4] La guagua aérea es el título de un ensayo de la autoría del escritor puertorriqueño Luis Rafael Sánchez que fue publicado en el año 1983 por primera vez y, posteriormente, en una colección de ensayos en 1994. Relata los vaivenes de la migración puertorriqueña a los Estados Unidos, particularmente, a la ciudad de Nueva York, en las décadas de 1950 y 1960. La obra fue adaptada al cine por el cineasta Luis Molina Casanova en 1993. En 2023 se adaptó al teatro como musical dirigido por la actriz, cantante, compositora y directora Aidita Encarnación. Cabe aclarar que en Puerto Rico la palabra guagua se refiere a un autobús o vehículo público para transportar pasajeros (bus o buseta en Colombia).