27 agosto 2023


 

Escasez de vivienda, ¿por qué?

Martín Cruz Santos

       Constituye una preocupación considerable para una gran cantidad de habitantes del mundo. Encontrar un espacio de vivienda para habitarlo dignamente es un reto acuciante sin soluciones previsibles en las agendas gubernamentales, aunque con advertencias categóricas formuladas por organismos internacionales. El derecho a la vivienda posee carácter internacional desde el momento cuando fue reconocido como parte del derecho a un nivel de vida adecuado en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948. Asimismo, ha sido ratificado en diversos tratados como el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (1966)[1]. Acuerdos todos que implican compromisos para los países firmantes.  

    El panorama crítico actual de la escasez de vivienda vulnera el derecho planteado. Investigaciones llevadas a cabo por el Programa de las Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos (ONU-Hábitat) evidencian la expansión del problema mundialmente:1,000 millones de personas (el 20% de la población mundial) carece de una vivienda adecuada; 1,600 millones malviven en asentamientos informales, 100 millones de seres humanos no tienen donde vivir y las expectativas no son esperanzadoras: en 2030, la cantidad de “sujetos de derechos humanos” sin vivienda adecuada aumentará a 3,000 millones.[2]

   Sin duda alguna, es un asunto muy relevante y prioritario, porque, una vivienda, casa o apartamento no es solo la construcción de un espacio estructural, sino que configura un hábitat. Históricamente, dedicar un lugar para habitarlo significa que las paredes el techo y el piso posibilitan el ámbito interno donde sus ocupantes establecen relaciones humanas y sociales organizadas culturalmente y vinculadas con el entorno territorial próximo. Por tanto, la presencia de un déficit habitacional transgrede la dignidad de la vida humana, porque la falta de vivienda adecuada es causada por las carencias de poder que incluyen la precariedad impuesta por las condiciones de la desigualdad social y las limitaciones al desarrollo físico, emocional, educativo-cultural, económico y político. Que la vivienda escasee en una ciudad o en un país no es una cuestión meramente cuantitativa, tiene un componente cualitativo ineludible.

     Ahora bien, ¿por qué la escasez de vivienda adecuada? Para ensayar respuestas posibles a la interrogante, acojamos inicialmente un argumento de la citada ONU-Hábitat:

“La vivienda representa más del 70% del uso del suelo en la mayoría de las ciudades y determina la forma y la densidad urbana, proporcionando también empleo y contribuyendo al crecimiento, sin embargo, su sentido facilitador ha fracasado y se ha convertido en un factor de desigualdad social y económico”[3].       

Según el ente internacional citado, la edificación de viviendas constituyó un renglón significativo del desarrollo económico, así como también, un medio para la promoción social hasta hace algunas décadas. Los Estados y sus gobiernos cumplían, en mayor o menor grado, su responsabilidad social protegiendo el derecho a la vivienda adecuada mediante políticas públicas y planes para el mejoramiento habitacional. Sin embargo:

“la vivienda se ha convertido en un factor de especulación motivado fundamentalmente por sectores inmobiliarios privados quienes han trabajado solamente bajo la lógica del rendimiento económico. En tal sentido se ha desregularizado el mercado y se ha debilitado el Estado”.[4]

He ahí el meollo del tema. La escasez de vivienda no responde únicamente a la merma en las construcciones por razones económicas y políticas particulares de cada país o la inflación postpandemia. Al igual que ocurre con el fenómeno de la gentrificación[5] que abordáramos en una reflexión previa, la desigualdad económica agrava la asequibilidad a la vivienda, resultante de la especulación inmobiliaria y su fin lucrativo desmedido.

     Debilitado el Estado en su responsabilidad social, el derecho a la vivienda adecuada ha dejado de ser una prioridad en los programas de gobierno. La institucionalidad funge como facilitadora de negocios rentables para el capital privado. No es novel la simbiosis entre el Estado y los intereses económicos dominantes, lo sabemos. Pero, es imperativo acotar que el protagonismo financiero del sector inmobiliario y otros actores lucrativamente interesados inciden determinantemente en las decisiones políticas que afectan a la mayoría de la población. Hay ejemplos muy claros: los cambios estratégicos en los planes de usos de suelos, las reclasificaciones en las áreas urbanas, las aprobaciones de proyectos de urbanización sin mayor rigor, las ambigüedades en los reglamentos, las desregulaciones y el abandono de la prioridad de la vivienda para alquiler a largo plazo en aras de favorecer los alquileres corto plazo con fines turísticos. Añádale otras practicas harto conocidas.

   Debemos considerar que existen agravantes que obstaculizan el acceso a la vivienda adecuada. Sea para la compra o el alquiler, los precios han aumentado más que los ingresos. La desigualdad salarial impide enfrentar tales incrementos, máxime, porque el gasto presupuestario familiar mayor suele ser el pago por la vivienda.  El acceso a los créditos hipotecarios es casi inalcanzable a juzgar por las altas tasas de intereses y los criterios de aprobación que requieren una estabilidad financiera fantasmagórica.

     No pasa desapercibida la realidad demográfica del envejecimiento de la población mundial,[6] en particular, en América Latina, cuyos pueblos claman por la justa planificación gubernamental dirigida a las necesidades particulares de la salud, seguridad y los cuidados especiales acorde a la llamada tercera edad. En tal caso, la disponibilidad de facilidades debe ser planificada tomando en consideración criterios de calidad de vida: asequibilidad o que esté al alcance económico posible de quien la necesita, habitabilidad en la infraestructura del espacio con los servicios de energéticos, de agua potable y sistema de alcantarillado, telefonía e internet, entre otros; accesibilidad, es decir, que se propicie el acceso a la misma y esté libre de barreras arquitectónicas, y la ubicación de la vivienda en contextos de adecuación cultural posibilitadores de la creatividad y el ocio recreativo.

     Coexiste junto a la proliferación de adultos mayores la disminución poblacional por las vías de la pérdida de habitantes que migran hacia otros países y la baja poblacional o menos nacimientos que defunciones. Formular políticas públicas que conjuguen la satisfacción de las diferentes necesidades sociales con los recursos económicos disponibles es tamaño reto imprescindible para afrontar. Es mandatorio reivindicar el derecho humano a la vivienda y elevarlo al rango constitucional del derecho civil con la debida implantación y fiscalización. Sin medidas eficaces contra la especulación, la corrupción y el apetito lucrativo voraz de los sectores financieros involucrados, la escasez de vivienda adecuada continuará siendo un mero rubro de negocios y oportunidades favorable a unos pocos privilegiados, pero, oneroso y perjudicial para los pobres y los grupos vulnerables. El asunto amerita transformaciones estructurales complejas en cualquier sociedad que pretenda ser justa y democrática.  

    Urge organizar proyectos sociales y comunitarios con la vivienda como un aspecto central de su agenda programática. Abordar el tema públicamente debe ser preeminente. Abrirlo a la discusión y el análisis crítico es parte del quehacer que promovemos en nuestras Reflexiones desde El Jardín.  

    

    

                                                     

    



[1] ONU-Hábitat, El derecho a la vivienda adecuada, Folleto Formativo número 21/rev. 1, disponible en línea: https://www.ohchr.org/sites/default/files/Documents/Publications/FS21_rev_1_Housing_sp.pdf

[2] ONU-Hábitat, Vivienda inviable para la mayoría, disponible en línea: https://onuhabitat.org.mx/index.php/vivienda-inviable-para-la-mayoria

[3] Ibid.

[4] Ibid.

[5] Recomendamos la lectura de: Martín Cruz Santos, 2023, Gentrificación urbana y rural, disponible en línea: https://conversacionesconmartincruzsantos.blogspot.com/2023/08/gentrificacion-urbana-y-rural-martin.html

[6] Recomiendo la lectura de una de mis Reflexiones desde El Jardín publicada recientemente: Martín Cruz Santos, 2023, Somos viejos, disponible en línea: https://conversacionesconmartincruzsantos.blogspot.com/2023/07/somos-viejos-martin-cruz-santos-el.html

17 agosto 2023

                                    Foto de Jesús Colón tomada de: https://enciclopediapr.org/content/jesus-colon/



Cayey en la distancia o recordando a Jesús Colón

Martín Cruz Santos

 

     En los inicios del siglo XVIII la población de Puerto Rico apenas alcanzaba la cifra de 6,000 habitantes. La conquista y colonización de este territorio antillano produjo bajos niveles de poblamiento durante los dos siglos previos. No obstante, desde finales del siglo XVII el gobierno español, como parte de un programa de reformas coloniales, fomentó la inmigración, particularmente, de residentes de las Islas Canarias y de libertos provenientes de las islas del arco antillano que habían sido colonizadas por otras potencias europeas. Dicha política, además de la reducción de los brotes de epidemias y el aumento en los nacimientos, propició una mayor cantidad de pobladores. En 1776, cuando comenzaron a llevarse a cabo los censos anuales sistemáticos, el incremento poblacional contaba con 70,355 personas. Gobernaba la colonia hasta ese año el capitán general Miguel de Muesas desde el 1769.

   La fundación de los pueblos del archipiélago puertorriqueño fue paulatina y dependiente del vaivén demográfico y los intereses económicos y políticos. Los siglos XVI y XVII vieron el nacimiento de seis municipios; en el siglo XVIII se fundaron 29, entre ellos, Cayey, uno de los siete pueblos fundados durante la gobernación de Miguel de Muesas. Es el pueblo donde nací, crecí y retorné a residir en enero de 2022 tras treinta años de ausencia, para de ahí, después de año y medio, partir hacia Colombia, donde residimos mi esposa y yo.

     Comencé a redactar esta reflexión el 17 de agosto de 2023, el día cuando conmemoramos el 250 aniversario de la fundación de Cayey. Toda ausencia evoca presencias del pasado posibilitadoras de memorias históricas capaces de fundamentar las efemérides que celebramos. Los significados que construimos como parte de nuestros imaginarios colectivos cobran vida al fragor de las luchas ciudadanas para construir espacios de convivencia social. ¿Qué es la historia si no el quehacer humano a través del tiempo y en determinados espacios?

   Hay ausencias que los ausentes sentimos tal vez más que cuando habitábamos el lugar de los recuerdos. Entonces es imprescindible resaltar las memorias de otros que nos precedieron con sus distancias de la Ciudad del Torito. Tiempo atrás comentaba con mi amigo, compueblano y colega Luis Manuel Santiago Torres que estamos en deuda con el cayeyano Jesús Colón quien nació el 20 de enero de 1901 y durante su niñez emigró con su familia al Viejo San Juan, de donde se trasladaron a Nueva York en el 1917.  En este escrito quiero reproducir algunos fragmentos de un artículo que publiqué al respecto hace 11 años aproximadamente.[1] El propósito es contextualizar y actualizar la pertinencia del legado de Jesús Colón.

    ¿Quién fue Jesús Colón y por qué debemos recordarlo? Probablemente, su niñez en Cayey estampó en su vida un sello indeleble. Advino a su conciencia de clase social a edad temprana. Su aprendizaje inicial rebasó las paredes escolares y se adentró en los talleres donde desgastaban sus energías las trabajadoras y los trabajadores del tabaco:

“De niño comenzó a escuchar las crónicas de los tabacaleros y la lectura de textos clásicos de la literatura universal y la obrera socialista en su pueblo natal. En la adultez, pasó a ser un intelectual autodidacta y protagonista de las luchas comunitarias de la diáspora como organizador sindical, fundador de organizaciones cívicas y culturales, miembro del Partido Comunista y escritor prolífico desde la perspectiva de la clase obrera.[2] Pero, esencialmente, fue un cronista de la memoria histórica colectiva”.

Como no recordar también a otro cayeyano emigrado, Bernardo Vega, cuyas memorias fueron editadas por César Andreu Iglesias.[3] Ambos trabajadores compartieron los oficios de la industria del tabaco, los afanes de los obreros organizados y la vocación de cronistas de la comunidad puertorriqueña en Nueva York. Planteamos en nuestro escrito de 2012 citado la importancia de los textos que ambos legaron para comprender el quehacer histórico y cultural no solo de ellos, sino también de otras personas de nuestra diáspora neoyorquina. Son memorias personales que registraron el devenir de las identidades colectivas fraguadas con faenas memorables “para garantizar que algo ocurrió antes de que nos formásemos el recuerdo de ello”,[4] en palabras de Paul Ricoeur.

    El conocimiento logrado a tenor con la vida y la obra de Jesús Colón lo debemos, especialmente, al trabajo académico y de labor archivística e investigativa generado por el Centro de Estudios Puertorriqueños, Hunter College, que está disponible en los Archives of the Puertorican Diaspora.[5] Gracias a tales aportes del Centro tenemos a disposición las investigaciones “que ahondan en los significados explícitos e implícitos en las crónicas, y otros documentos, redactados tanto en inglés como en español, por épocas y siguiendo objetivos guiados por el compromiso con la comunidad inmigrante, en el caso de Jesús Colón, para demostrar así la intensa vida de los emigrados”.[6] Bernardo Vega y Jesús Colón abrieron espacios en una ciudad inhóspita para los inmigrantes. A partir de sus vivencias y las de la comunidad “vivieron y escribieron intensamente a partir de un activismo político siempre ligado al vecindario, la clase obrera, la marginalidad, la patria ausente no como un referente añorado y anquilosado en el recuerdo, sino como país todavía por hacer, y la construcción de un imaginario de la identidad puertorriqueña en suelo extraño.[7]

   Considero que es necesario auscultar la autoría prolífica de Jesús Colón desarrollada mediante publicaciones que transitan desde las crónicas iniciales de tendencia moralizante cuyos medios periodísticos fueron Gráfico, Vida Alegre (1931) y El Curioso (1934-35), los temas sociopolíticos, con la comunidad hispana como norte canalizados, ejemplificados en Pueblos Hispanos (1943-1944) y los estrechamente ligados con su pensamiento político sobre la independencia de Puerto Rico y su visión internacionalista obrera expuestos en Liberación (1946), The Daily Worker (1955-57), Mainstrean (1957-1959), The Worker (1958-68) y The Daily World (1968-74). Afortunadamente, los escritos están contenidos en las recopilaciones: The Way it Was and Other Writings[8], A Puerto Rican in New York and other Sketches[9] y “Lo que el pueblo me dice”[10].

    La historia de Cayey, como la de Puerto Rico en general, queda incompleta, con vacíos incomprensibles y silencios cómplices sin las narrativas historiográficas surgidas de las olas migratorias nuestras. Al conmemorarse los 250 años de aquel hato ganadero y de producción agrícola devenido en municipio bien hacemos con mirar detenidamente el pasado para comprender el presente y proyectarnos hacia el futuro. Propongo que insertemos en los proyectos conmemorativos a mediano y largo plazo el reconocimiento debido a Jesús Colón fallecido en New York el 14 de mayo de 1974 y sus cenizas esparcidas, de acuerdo con su voluntad, donde nace el Río la Plata en Cayey. Mínimamente, un espacio público de nuestro pueblo, que puede ser una calle, un edificio cultural o una escuela debe llevar el nombre del insigne cayeyano. Es el tiempo preciso, hagámoslo. A su memoria dedico estas letras que son parte de mis Reflexiones desde El Jardín.

 



[1] Martín Cruz Santos, Nueva York, memorias de otros. Cruce, revista de crítica socio-cultural contemporánea. Escuela de Ciencias Sociales, Humanidades y Comunicaciones. 17 de septiembre de 2012. Disponible en línea: https://www.revistacruce.com/node/464

[2] Ibid.

[3] César Andreu Iglesias (Editor), Memorias de Bernardo Vega: contribución a la historia de la comunidad puertorriqueña en Nueva York (Río Piedras: Ediciones Huracán, 1977).

[4] Paul Ricoeur, La memoria, la historia, el olvido (México: Fondo de Cultura Económica, 2008 [segunda edición en español]), 23.

[5] Hunter College, Center for Puerto Rican Studies, disponible en línea: https://centroarchives.hunter.cuny.edu/

[6] Martín Cruz Santos, ibid.

[7] Ibid.

[8] Jesús Colón, The Way it Was and Other Writings (Edited and introduced by Edna Acosta-Belén and Virginia Sánchez Korrol) (Houston: Arte Público Press, 1993).

[9] Jesús Colón, A Puertorican in New York and other Sketches (New York: International Publishers, 1961).

[10] Edwin Karli Padilla (editor), “Lo que el pueblo me dice…” (Houston: Arte Público: Press, 2001)


12 agosto 2023


 

Gentrificación urbana y rural

Martín Cruz Santos

 

  La socióloga y planificadora urbana Ruth Glass (1912-1990)[1] acuñó el término gentrificación para referirse al fenómeno social del desplazamiento poblacional que ocurre en sectores urbanos empobrecidos cuando los terrenos y las estructuras habitadas son convertidas en objetivos mercantiles y de especulación económica. El proceso implica la sustitución y expulsión de la población, usualmente de clase trabajadora, por sectores de clase alta y, por ende, de mayor poder económico.  La palabra inglesa gentry, en su origen, califica a la gente de la alta burguesía o aristocracia inglesa, particularmente, terrateniente. Glass estudió los cambios en la demografía residencial de los barrios obreros de Londres donde el desalojo de los moradores originales y sus descendientes por parte de miembros de la clase media y la clase alta trastocaba la vida social, política, cultural y económica.

      A partir de entonces el concepto gentrificación ha sido utilizado en diversidad de países donde la configuración de los espacios vecinales sufre dicha tendencia que rebasa por mucho los barrios londinenses estudiados por Glass. Son cuatro las fases clásicas de su desarrollo: la degradación y pauperización de un sector de viviendas, la estigmatización de la vida social de ese espacio, la revaloración y encarecimiento económico, y la comercialización inmobiliaria.[2] Pese a que ocurre bajo la apariencia discursiva y material del mejoramiento de las condiciones de la infraestructura de los espacios cifrados para tal fin, quienes se benefician de los cambios no son los habitantes tradicionales, sino, los emergentes cuyo poder adquisitivo superior constituye el objetivo de los inversionistas apoyados por la institucionalidad gubernamental. El cambio no es solo visible en la fisonomía de las edificaciones, también lo es en los modos culturales. Suelen ser transformaciones drásticas, porque abarcan la estilización y elitización del entorno con el consabido aumento del precio de las viviendas y los locales comerciales, así como también los bienes y servicios disponibles en la zona.    

    Paulatinamente el hábitat articulado durante generaciones a través del trabajo y la interacción sociocultural resulta ser inhabitable para quienes lo forjaron. De lo inalcanzable a la expulsión hay un solo paso. Por la vía de la pauperización comienza a marginarse a toda una clase social, la popular y trabajadora, hasta convertirla en minoría sofocada y gentrificada.   Ruth Glass lo evidenció en Londres hace seis décadas, hoy es evidenciable alrededor del mundo. La globalización neoliberal ha convertido la gentrificación en un recurso táctico transnacional que amplía las inversiones rentables a cualquier sector en el planeta destinado al turismo y el exclusivismo residencial, particularmente, si el atractivo es de peculiar belleza natural o cultural (arquitectónico, patrimonial, exótico, entre otros).    

   Los ejemplos de lo descrito son constatables en todos los continentes. Ciudades como New York, Madrid, Paris, Roma, Ciudad de México, Bogotá, Rio de Janeiro, Buenos Aires, Sídney, Johannesburgo y Tokio, por mencionar algunas, han sido objeto de la gentrificación. Puerto Rico no es la excepción. Sectores tales como el Viejo San Juan, Santurce y Río Piedras ubicados en la ciudad capital, San Juan, sufren una escalada que ha contado, es importante afirmarlo, con la resistencia activa de vecinos residentes y comerciantes de esos lugares. Sobre todo, el carácter turístico atribuido a las áreas afectadas propicia la oferta desmedida de alquileres a corto plazo en detrimento de los de largo plazo, que escasean y sus precios incrementan continuamente. Como resultado, la demografía urbana es reconfigurada con un mosaico poblacional integrado por vecinos de poder adquisitivo alto, visitantes turísticos de ocasión y tal vez un puñado de los habitantes permanentes que, aunque venidos a menos, resisten el desplazamiento.    

   La gentrificación acontece, asimismo, en pueblos patrimoniales localizados en la periferia de las ciudades principales que atraen a inversionistas inmobiliarios quienes ofertan edificaciones antiguas para ser remodeladas con el beneficio de incentivos económicos gubernamentales. Ha proliferado también en Puerto Rico la práctica política municipal de declarar viviendas y edificios como estorbos públicos que suelen ser vendidas a precios bajos ya sea para promover la demolición de las mismas y revalorar el terreno donde están enclavadas o facilitar la compraventa de múltiples espacios por un individuo o un grupo de inversionistas.[3]  El alza del costo de la vida espera a la vuelta de la esquina.   

   ¿La gentrificación es únicamente urbana? ¿Cómo afecta a la población rural? Cambia el contexto social, pero no escapa del fenómeno reflexionado. La investigación académica titulada Gentrificación rural: estudio de caso en la vereda Aguas Claras del municipio de el Carmen de Viboral, Antioquia, desarrollada por Edwin Traslaviña Rodríguez,[4] documenta y aporta conocimientos que permiten extrapolar el concepto en cuestión a sectores no urbanos. El autor logra esclarecer que las poblaciones campesinas también son afectadas por la gentrificación rural. El reemplazo cobra formas distintas, pero no distantes del proceder gentrificador. La reconfiguración de la vereda Aguas Claras es un ejemplo fehaciente:

“Su paisaje rural caracterizado por la cultura y toda la plataforma simbólica que de ella se deriva, pasa a ser reemplazado por un hábitat en ruralidad caracterizado por la urbanización que gana cada vez más espacio destacando más las casas, vías y vehículos que las personas que lo habitan”.[5]

La flora y la fauna son objetivadas como artículos para el consumo privilegiado en un ambiente artificial que se apropia del espacio geográfico campestre despojándolo sus significados o reinterpretándolos a la luz de una valoración socioeconómica elitista:

“El capital simbólico del hábitat rural no se pierde, se transforma en un capital simbólico de un hábitat en ruralidad, es decir, prima el valor de cambio de la tierra donde se destaca la ubicación, la proximidad, la vía, el área, pero no lo que produce la tierra, la calidad de ésta, las lluvias, los vecinos. El paisaje rural que antes se destacaba por los diferentes productos que producía, por ser punto de encuentro con los vecinos y familiares, ahora es reemplazado por un paisaje ornamentado, basado en la estética citadina, asociado más al prestigio y al poder que al sentir y compartir”.[6]

 

El estudio de caso basado en el contexto de una vereda rural antioqueña ejemplifica la gentrificación rural observable en otros municipios y departamentos de Colombia. Como bien asevera Traslaviña Rodríguez: “El atractivo urbanístico de hábitat rurales se ha convertido en el mayor generador de gentrificación rural”.[7]

    A mi juicio, después de la pandemia del COVID-19, cual Decamerón[8] contemporáneo, recrudece la búsqueda de los paisajes rurales y el contacto con la naturaleza. Tal propensión no es un problema en sí, por el contrario, es saludable. Sin embargo, trasladar modelos urbanísticos a las zonas rurales abultando los precios de los terrenos, transfigurando el hábitat, aumentando la siembra de construcciones y disminuyendo la agricultura, desplazando al campesinado en aras de establecer parcelaciones de accesos controlados para privilegiados exclusivos, agrava las condiciones socioeconómicas de los pobres rurales en un mundo de desigualdades perdurables.

   En las Reflexiones desde El Jardín apelo a la simbiosis de mis experiencias que transitan de un contexto histórico a otro, de Puerto Rico a Colombia, donde inevitablemente encuentro similitudes aun en las diferencias. No es para menos en cuanto al tema abordado. Los efectos de la mercantilización de toda actividad humana transmutada en rentable invaden y desdibujan los contornos imaginados de lo urbano o rural de un país a otro. En consecuencia, los cambios sociales provocados por la gentrificación devienen de igual modo en la marginación desbocada de las clases desposeídas y la acumulación de bienes y riquezas en manos de las elites transnacionales para cuyos miembros la posesión de inmuebles en la ciudad y el campo es un símbolo de estatus social. Al fin y al cabo, poseerlos y que posean las peculiaridades de sus dueños constituye el valor ulterior, la marca del poder.



[1] Ruth Glass fue una socióloga y planificadora urbana británica de ascendencia alemana nacida en Berlín el 30 de junio de 1912. Emigró a Londres en la década de 1930 donde realizó estudios en London School of Economics. En la década de 1950 se integró a la Facultad de University College of London. Fundó el Centre for Urban Studies.En 1964 publicó una de sus obras más reconocidas London: Aspects of Change, en la cual acuña el término gentrification. Falleció en Sutton, UK, el 7 de marzo de 1990.

[2] Universidad de América. (2022). ¿Qué es el fenómeno urbanístico conocido como Gentrificación? Disponible en línea: https://www.uamerica.edu.co/interes/que-es-el-fenomeno-urbanistico-conocido-como-gentrificacion/

 

[3] Recomendamos la lectura de la serie investigativa al respecto desarrollada por el Centro de Periodismo Investigativo: Vanesa Colón Almenas. (8 de junio de 2023). Hablan las víctimas del truco de los estorbos públicos: https://periodismoinvestigativo.com/2023/06/hablan-las-victimas-del-truco-de-los-estorbos-publicos/

[4] Edwin Traslaviña Rodríguez, (2015), Tesis: Gentrificación rural: estudio de caso en la vereda Aguas Claras del municipio de el Carmen de Viboral, Antioquia. Medellín: Universidad Nacional de Colombia, Facultad de Arquitectura, Escuela del Hábitat. Disponible en línea: https://repositorio.unal.edu.co/bitstream/handle/unal/55721/98519854.2015.pdf?sequence=1&isAllowed=y

[5] Ibid., 253.

[6] Ibid., 254.

[7] Ibid., 255.

[8] Hacemos referencia a la obra literaria El Decamerón de la autoría del humanista italiano Giovanni Boccaccio escrita a mediados del siglo XIV. Recrea lo acontecido durante la Peste Bubónica que afectó a Europa en esa época como pretexto para exponer temas sobre las experiencias humanas.