10 noviembre 2025



Falacias, indiferencias y silencios

Martín Cruz Santos

 

“Y creo que quienes están en el poder quieren que

nos sintamos impotentes, que sintamos que no podemos hacer nada.”[1] 

Arwa Mahdawi

(periodista y escritora británica)

 

“La vida no vale nada,
si escucho un grito mortal
y no es capaz de tocar
mi corazón que se apaga.”[2]
 

Pablo Milanés (1943-2022), cantautor cubano

 

     Que la incertidumbre es una constante en la vida está estipulado. Sin embargo, la proliferación de lo incierto como un mecanismo de dominación disfrazado de verdades universales hace palidecer el desasosiego y promueve el miedo incesante. Desde tiempos antiguos, la capacidad humana para engañar mediante falacias o argumentos falsos con facha de certeza ha servido a los intereses de quienes los encausan. Si lo duda, investigue sobre aquellos notables griegos denominados sofistas a quien Sócrates fustigó. La ignorancia y el fanatismo son las garantías del discurso falaz. También lo abonan la indiferencia y el silencio. Cuádruple agrupación que acompaña el consumo de la desinformación en la era de la posverdad.

   En un mundo donde las narrativas múltiples producidas en los centros del poder económico son institucionalizadas políticamente y difundidas en la población como intereses comunes, la invención, interpretación y tergiversación de hechos y veracidades constituye una tolvanera intencionada. La mentira adornada con moralismos religiosos alineados a costumbres y tradiciones útiles para la reproducción del poder es una franqueza aceptable, aunque albergue el cinismo. Tal vez porque lo contiene, vocifera e impone aumenta su influencia, porque en tiempos cuando el desprecio y envalentonamiento sustituyen al diálogo y la búsqueda de soluciones, la ética transmuta en apatía. Por ejemplo, una andanada de improperios lanzada por un opulento gana la aprobación de una multitud amorfa con un mutismo indiferente y enajenado.

    Hay una turbulencia norteña que ha causado inestabilidad en el sur, al igual que en diversos rincones de la tierra. Triste época la nuestra cuando la inseguridad es lo más seguro y el olvido es aclamado desde las pantallas táctiles, los medios de comunicación social, los púlpitos, las redes sociales, las escuelas y los centros comerciales cual perdón subsanado. La quimera de “hacer grande otra vez” a determinada nación oculta la irrupción del despotismo trasnochado.

     Asistimos al desmantelamiento del desorden mundial previo, uno advenido al culminar una guerra atroz casi a la mitad del siglo veinte. De tanto esperar una tercera conflagración épica, hemos pasado por alto que vivimos sometidos a la normalización de las expectativas bélicas. Las intervenciones en los asuntos internos de cualquier país, las invasiones terroríficas, los golpes de estado fabricados con la etiqueta imperial y los conflictos surgidos a diestra y siniestra, la mayoría por el afán de lucro capitalista, integran el andamiaje discursivo que ya prescinde, sin empacho, del moribundo derecho internacional y la igualmente cadavérica institucionalidad fundada para cobijarlo. En su lugar ubican metáforas grandilocuentes que apelan a las luchas contra el terrorismo diseñado a la medida occidental, el narcotráfico fantasmagórico, la amenaza omnipresente del espectro inmigrante, emancipar el mundo de los enemigos imaginarios de toda índole y salvar a la humanidad destruyéndola. En la hora de las falsedades, es un objetivo estratégico vaciar los significados de cuanta palabra y gesto haya motivado la coexistencia pacífica en riesgo de ser alcanzada por un misil nuclear siempre.

    Mientras tanto, abundan los mercaderes de las verdades eternas y los dogmas revelados. Dioses y miserias congregan a muchos esperanzados en la conservación de un pasado paradisiaco que jamás ha visto la historia. La grandeza originaria proclamada no es otra cosa que la mayor acumulación de poder en manos escazas, las de los privilegiados de la élite planetaria, para quienes difamar, perseguir, encarcelar, deportar, torturar y matar son transgresiones necesarias en aras de poseerlo todo. En medio del caos desatado cabe formular una interrogante: ¿llegará algún día la paz anhelada? Por supuesto que sí, pero la de los sepulcros, cuando comprendamos que el genocidio actual en Gaza es el destino manifiesto de la humanidad. Y que todas las buenas intenciones desentendidas de la debida solidaridad, organización y actividad política eficaz allanan el camino para la consecución de los planes dictatoriales. Falta que el silencio maldito de la indiferencia evidencie la complicidad de tantos y la falacia del derecho a la vida, que no vale nada, si discrimina entre las de unos y otros por razón de la clase social, raza, etnia, país e ideología de pertenencia.

   Es imprescindible arrancar la sombra tenebrosa que opaca el optimismo y procurar que el presente tenga vocación de futuro. De lo contrario, sucumbiremos al fraude representado por las democracias supeditadas a imposiciones autoritarias y fundamentalismos de nuevo cuño y vieja estirpe. Espero que no sea demasiado tarde para afirmarlo en mis Reflexiones desde El Jardín.

   



[1]Alejandra Martins, BBC News Mundo,(9 de noviembre de 2025), "¿Tú qué hiciste durante el genocidio?": la provocadora pregunta con que la escritora Arwa Mahdawi reflexiona sobre la ofensiva de Israel en Gaza, disponible en: https://www.bbc.com/mundo/articles/cqjw2kyep4no

[2] Pablo Milanés, (1976), La vida no vale nada, (álbum homónimo), España: Universal Music Group.