“Vientos
de mi autoexilio”[1]
Martín Cruz Santos
“…lo curioso, lo absurdo, es que, a pesar
de que aguardo mensajes y pregones
de todas las memorias y de todos
los puntos cardinales,
lo raro, lo increíble, es que a pesar
de mi desamparada expectativa,
no sé qué dice el viento del exilio”.
Mario Benedetti (1920-2009)
Vientos
de la Provincia Oriental[2]
Mario
Benedetti era uruguayo, compatriota de Pepe Mujica (1935-2025).[3] Sus vidas transcurrieron
entre resistencias políticas, aspiraciones ideológicas, clandestinidades,
sobresaltos y amores. Al primero, plasmar sentimientos, metáforas y
perspectivas del mundo le atrajeron el exilio y los galardones literarios; al segundo,
la terquedad lúcida de pensar y actuar coherentemente para lograr una sociedad
más justa y solidaria, lo llevó de la clandestinidad a la cárcel, y de la
tortura a la lucha incansable hasta el último suspiro, después de servir al
pueblo como presidente. Benedetti regresó a Uruguay con las cicatrices que dejó
en su rostro el viento del exilio, que a Pepe no azotó, porque él sufrió otras
penas tan dolorosas como el destierro.
Vientos
del Chocó[4]
Suelo
deslumbrarme con los atardeceres que pintan el firmamento de tonos anaranjados.
En el horizonte, frente a mi ventana, donde los Farallones del Citará[5] se levantan como murallas que
anteceden el océano Pacífico, los colores del ocaso representan fuegos cansados
al anochecer. Luego advienen relámpagos capaces de alumbrar la noche más
oscura. Y qué decir de esas corrientes a chorro del Chocó. Son vientos que
soplan desde el Pacífico hasta la cordillera Occidental de los Andes
colombianos. Tan fuertes y ascendentes que al chocar contra los prominentes
macizos rocosos riegan abundantes descargas de lluvia y refrescan los despeñaderos.
Penetran con fuerza modificadora, no solo los caudales de los ríos, sino
también los estados de ánimo de quienes habitamos el territorio campeando el
autoexilio.
Vientos
del Caribe
En
el Caribe, la mayoría de los vientos tormentosos provienen de la misma
dirección que los alisios. Durante la temporada de huracanes, la brisa suave
que transmuta en brusquedad puede ser un presagio. Entonces el Caribe geográfico
y cultural, el cadencioso y musical, el isleño y antillano, el étnicamente
diverso, el que lame las costas continentales, dibuja una tensa calma.
Cuando se espera la llegada de un huracán,
es parecido al diagnóstico fatal de la enfermedad terminal que padece un
cuerpo. ¿Qué implica en el plano gubernamental? La prevención del desastre es
proporcional a la voluntad política del Estado y la organización ciudadana. Tristemente,
en nuestros países eso debe ser interpretado como una cuestión de tiempo
inevitable o la “crónica de una muerte anunciada”. Por ejemplo, cuando en mi
tierra natal, Puerto Rico, el gobierno de turno vocifera la preparación oficial
adecuada frente al fenómeno atmosférico que se avecina, la reacción pública acarrea
dos consignas: “sálvese quien pueda” o “solo el pueblo salva al pueblo”. Habiendo
presenciado las consecuencias de ambas, trato de disminuir con el autoexilio el
pavor que me causa la ruidosa velocidad destructiva de los vientos.
Vientos
del norte
Hay
vientos preocupantes, deplorables e indignantes, porque no constituyen una masa
natural de aire en la atmósfera. A diferencia de los ciclones, las ráfagas de
esos vendavales son impulsadas por la codicia, el afán desmedido del poder y la
hegemonía. Son ventarrones implacables. Soplan del norte hacia los puntos
cardinales restantes, particularmente, el sur. Contienen la furia de los
tornados y las trombas marinas. Arrasan todo a su alcance hasta el punto que la
flora, la fauna y los recursos minerales insospechados quedan al descubierto para
su extracción lucrativa inmediata. Conocemos el estruendo de las detonaciones
que provocan; los truenos suenan como silbidos en comparación esos estallidos. Aquellos
torbellinos insaciables someten, quiebran, matan y desparecen con la frialdad
del mitológico Aquilón.
Causa lástima y rabia que el nivel de riesgo
de los vientos del norte aumente con la convergencia interesada de los
autóctonos. Unidos para depredar sin miramientos, aunque disfrazados de
céfiros, trascienden las zonas intertropicales y empujan con el fin de inundar
de miseria los empobrecidos tugurios donde habitar es sinónimo de sobrevivir a
lo que el viento se llevó. No cabe duda: el remolino usurpador continuará despojando
las riquezas allende las fronteras y reducirá las especies (incluida la humana)
a la subordinación, la migración forzada y la muerte mientras a la inversa no insuflen
tifones de intransigencia a ultranza. De lo contrario, el autoexilio no será
una opción, porque ni siquiera habrá libertad para escogerlo.
[1] El
título de este escrito alude a una obra de Mario Benedetti (1981), Viento
del exilio, Buenos Aires: Editorial Sudamericana.
[2]
Provincia Oriental fue el nombre de la actual República Oriental del Uruguay
desde su fundación en el año 1813 como parte de la Liga Federal y las
Provincias Unidas del Río La Plata hasta la independencia en 1825.
[3] Recordemos
que su nombre completo fue José Alberto Mujica Cordiano, y se destacó por haber
sido un pensador prolífico, combatiente, político, floricultor y expresidente
de Uruguay.
[4]
Hago referencia departamento del Chocó, uno de los 32 departamentos de
Colombia, cuya ciudad capital es Quibdó. Es reconocido, entre otros aspectos,
por ser uno de los lugares de mayor precipitación pluvial en el Planeta.
[5]
Los Farallones del Citará constituyen un impresionante complejo montañoso
ubicado en la cordillera occidental de Los Andes colombianos. Al respecto,
recomiendo la lectura de: Jorge Giraldo Ramírez (2022), Citará: la montaña,
el hogar, Medellín: Editorial Grámmata.
Sobre la biodiversidad de los Farallones: https://farallonesdelcitara.bioexploradores.com/lugares/farallones-del-citara/
