La
patria desde la distancia
Martín Cruz Santos
Recuerdo
la conversación virtual sostenida con la productora puertorriqueña Maru
Hernández, radicada en la ciudad de Valencia, España, y el compatriota y colega
historiador Hugo R. Viera Vargas, quien residía entonces en Sarasota, Florida, transmitida
en vivo o directo el jueves 3 de junio de 2021[1]. Fue el inicio de la serie
titulada La patria desde la distancia como parte del podcast Conversaciones
con Martín Cruz Santos[2], un espacio creado el mes
anterior a esa conversa para tertuliar sobre temas de actualidad y aproximarnos
a diversos proyectos socioculturales. Aporta diálogos con nacionales de Puerto
Rico quienes habitamos fuera del archipiélago. El objetivo es conocer las experiencias
diversas en los ámbitos donde nos hallamos y las perspectivas de la Isla a
partir de puntos geográficos distantes. En aquel entonces mi esposa y yo
vivíamos en Puerto Rico, pero, viajando a Colombia frecuentemente. Hoy domiciliamos
en Jardín, Antioquia, municipio de los Andes colombianos.
Después de variados capítulos
conversacionales y contactar compatriotas en Asia, Europa y América es
pertinente formularme la interrogante principal de esos encuentros: ¿Cómo
visualizas a Puerto Rico? Corresponde una mirada crítica en la separación física
y el distanciamiento condicionado por el contexto histórico tanto de la isla
caribeña y antillana como de la vivencia en el extranjero. Para quienes
emigramos, las razones y los sentimientos que subyacen a la decisión guardan
relaciones estrechas con el acá y el allá, es decir, nos insertamos en la
comunidad nacional que nos acoge sabiéndonos miembros de otra entidad territorial.
Advierto con honestidad que escribo amparado en el privilegio del no desplazado
ni expulsado a causa de la pobreza extrema, la guerra atroz o la opresión
política causante de la salida desesperada de tantos congéneres en el mundo. Mi
esposa y yo moramos en Sudamérica como trabajadores jubilados. En Colombia, precisamente,
territorio escogido para asentarse por una cantidad no menor de boricuas[3].
Leo diariamente las noticias locales, las de
Puerto Rico y la esfera internacional. Estoy al tanto de las opiniones, los
juicios y las y falacias generadas en las redes sociales. Actúo con la
disciplina aprendida en el oficio de historiar y con el afán de pensar
analíticamente. Siento esperanza cuando observo la persistencia de mis
compueblanos en las faenas liberadoras que empujan en comunidades marginadas.
Además, con la coherencia de quienes enseñan y aprenden en las escuelas, los
colegios y las universidades pese a las adversidades institucionales y
presupuestarias que enfrentan. La riqueza producida mediante el trabajo, aunque
faltante en los presupuestos familiares, es fruto, sin duda alguna, del tesón
de la clase trabajadora. Contra la desigualdad perenne y normalizada, en todos
los rincones hay ejemplos fehacientes de la resistencia cotidiana para salir
adelante. Cómo no solidarizarme, si esa es la historia de mi familia y de otras
innumerables, incluso, las oleadas de emigrantes que transitan en la “guagua
aérea”[4].
Vamos a la otra cara de la moneda. Percibo
el desgaste social y emocional de un pueblo expoliado y carente de los
servicios básicos adecuados para una vida digna. El drama de la infraestructura
eléctrica colapsada que afecta a la mayoría de la población es comparable con
la incapacidad de la clase gobernante para alumbrar otras ideas que no sean la deslumbrante
corrupción y la competencia presurosa por administrar los fondos públicos. Enchufan
el sueño generalizado e iluso del progreso y descargan el estancamiento social.
La ebriedad del poder de unos pocos contrasta con la sobriedad expectante de muchos
y el anhelo de cambios que no llegan a ser. En un año electoral las campañas propagandísticas
sobresalen por la ambición del galardón pseudo poderoso para acceder a la
complicidad colonizada del desorden político establecido por el Congreso
estadunidense, representante permanente de los intereses hegemónicos de la
clase dominante del imperio colonizador, aliada estratégica de las elites
trasnacionales.
Prima una sociedad de reformas sin forma
ni contenido en la que el certamen politiquero de cada cuatro años es una fase
eufórica tras la depresión que no cesa. La borrachera de ocasión es alucinante.
Se confunde la unidad de propósitos con los juntes de avivamiento, el frenesí
momentáneo, los goces truculentos convenidos y la desilusión entusiasta
compartida. El triunfo de una reina de belleza, un deportista o algún
autodenominado artista, acto pretendidamente representativo de la identidad puertorriqueña,
manifiesta un nacionalismo cultural inconsciente, chauvinista y trasnochado.
Tal vez sustituye temporariamente la espera pasiva por la mágica autodeterminación
política, supuestamente medular, de una independencia folclórica ubicada en una
urna de votación a la vuelta de la esquina (sin mencionar cuán alejada está la
dichosa esquina ni cuántas votaciones faltan), una estadidad anexionista a la
espera de ser solicitada (como si el Congreso de E.U. estuviera ansioso por
atender el asunto) o un Estado Libre Asociado a desarrollar (más bien a
resucitar). Y como la historia depende de la memoria, aliarse para gobernar la
colonia pretende ser un capítulo inédito del devenir histórico isleño. Añádale la imposibilidad del liderato
partidista anquilosado de sintonizar discursivamente con las nuevas
generaciones y el componente del envejecimiento poblacional por la vía de la
perdida y la baja poblacionales. Nada que no pueda resolver una agencia
publicitaria, según ellos.
La Patria imaginada colectivamente y vista
allende la distancia es un signo de interrogación o unos puntos suspensivos, un
presagio inevitable, el regocijo efímero y vacuo explayado a coro: “Yo soy
boricua pa´ que tú lo sepas”. Es el grito silenciado repetidamente, la rabia
contenida y la confianza depositada en que no llueva ni ventee más mierda. Asimismo,
es la promesa temida y encarnecida inherente a un proyecto inconcluso apartado
de la emancipación latinoamericana decimonónica y del calor de la Guerra Fría,
pero, cercano a las migraciones desbordantes, las destrucciones de las
periferias y los rincones excluidos por el neoliberalismo. Es el lugar
trastocado política y económicamente, atropellado y pospuesto; vociferado, pero
no escuchado; leído sin interpretación rigurosa. Donde la historia atestigua el
ya, pero, todavía no al registrar vacíos sin narrar y resquicios evidentemente
obviados.
Distanciarse
del objeto observado no garantiza su mejor comprensión cabalmente, sin embargo,
posibilita no desfallecer en el empeño. Reflexionar a Puerto Rico desde El
Jardín implica el intento de auscultar el presente habiendo sido parte de su
pasado y, en remoto, barruntar el futuro. Así lo veo y digo. Afuera o adentro continuamos
siendo partícipes del quehacer puertorriqueño, porque en otras tierras, así
como en la que nos pertenece, aspiramos a construir un país, lo opuesto a la
colonia que hemos sido.
[1] La
grabación está disponible en nuestro canal de YouTube: https://youtu.be/RkrV1w5GZws?si=Nr1dwG8zs1AgPLpO
[2]
Pueden acceder a nuestro canal donde están contenidas las grabaciones de todas
las conversaciones llevadas a cabo desde el 18 de mayo de 2021: https://www.youtube.com/@MCRUZSA
[3]
Recomiendo la lectura de mi reflexión titulada Colomrriqueños y
paisaboricuas, publicada en
ese blog:
https://www.blogger.com/blog/post/edit/4952124511128813048/4135628412505177265
[4]
La guagua aérea es el título de un ensayo de la autoría del escritor
puertorriqueño Luis Rafael Sánchez que fue publicado en el año 1983
por primera vez y, posteriormente, en una colección de ensayos en 1994. Relata
los vaivenes de la migración puertorriqueña a los Estados Unidos,
particularmente, a la ciudad de Nueva York, en las décadas de 1950 y 1960. La
obra fue adaptada al cine por el cineasta Luis Molina Casanova en 1993. En 2023
se adaptó
al teatro como musical dirigido por la actriz, cantante, compositora y
directora Aidita Encarnación. Cabe aclarar que en Puerto Rico la palabra guagua
se refiere a un autobús o vehículo público para transportar pasajeros (bus
o buseta en Colombia).
Mi buen amigo Martín, compañero de cuarto de "Santa Rosa de Lima", es gratificante para mí escuchar tu pensamiento. Vivo en medio del archipiélago boricua tratando de llegar a la urna. Te aseguro que si si tengo que halar el piso para acercarla, lo haré, pero llegaremos. 🇵🇷🇵🇷🇵🇷
ResponderEliminarMi amigo Polo. Gracias por comentar el escrito reflexivo. Que la urna electoral no sea el referente solitario para lograr la independencia, porque en las elecciones solo se decide gobernar la colonia.
EliminarSaludos Martin, tu escrito me llevo a mirarme desde la diáspora. Muy atinado y me veo ahí como tu desde mi contexto muy concreto. Excelente y voy a tratar de leerte o seguirte en las redes. Un abrazo y continúa cont tus aportaciones que son muy relevantes.
ResponderEliminarSaludos, Margarita. Gracias por comentar el escrito y compartir tu juicio al respecto. Un abrazo.
ResponderEliminar