07 enero 2026




 

Martín Cruz Santos

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  De un tiempo a esta parte todo acarrea visos de espectacularidad, a juzgar por el cliché omnipresente en las adjetivaciones de muchos. Particularmente, es una monotonía insoportable escuchar a autodenominados influencers usar el calificativo “espectacular” como una muletilla imprescindible para referirse a los objetos más disímiles desde una comida hasta la ropa interior. En los usos coloquial, informativo y directivo de lenguaje, el vocablo y artificio de turno integra la monserga de ocasión. Al parecer, mientras más repetitivo, mayor es el adorno de la expresión.

    Según el Diccionario de la Real Academia Española (RAE), la voz en cuestión significa “que tiene caracteres propios de espectáculo público”. Asimismo, connota ser aparatoso u ostentoso. No dudamos que haya oportunidades múltiples para tildar sucesos con la susodicha palabra. Sin embargo, cabe diferenciar entre acontecimientos y entes susceptibles de valoración. Un alimento puede ser nutritivo, sabroso, delicioso, apetitoso, entre otros epítetos. Aun cuando se tratara de una cena en el contexto de una obra teatral, un concierto, una pintura, un performance o una película, difícilmente los manjares constituyen la centralidad del acto como para adjudicarle fastuosidad sin parangón. Ni siquiera la Última Cena. Un viaje, por ejemplo, podría ser grandioso o sensacional, ambos son sinónimos de la innombrable. Que percibamos un paisaje y lo consideremos deslumbrante, en vez de la palabrita esa, es sintomático de diversidad léxica; por el contrario, acudir a la “dichosa” (me niego a otorgarle preponderancia en este texto) es indigencia terminológica.

    Ciertamente, “en tiempos de prisa y estridencia informativa, el adjetivo puede aclarar o distorsionar”.[1] Temo que limitar y dramatizar una acepción específica trastoca el contexto de la comunicación en detrimento de la comprensión del mensaje. Recargar una exposición oral o escrita con el mismo sonsonete desgasta y trivializa la profundidad del pensamiento y el lenguaje. ¿Por qué atosigar un discurso con la apariencia farandulera predominantemente mediática? ¿Qué beneficio cultural se logra con reducir los relatos a descripciones rimbombantes matizadas con la elocuencia de un reality show?

    Si la declaración amerita el grado superlativo, no hay problema, pero, hágase el ejercicio de reconocer la variedad de representaciones disponibles en el idioma español. Esto es preciso cuando la narrativa es pretendidamente comunicacional. Claro que es emocionante proclamar lo espléndido y explayarse en sus atributos. No obstante, una revisión adecuada de la sinonimia evidencia lo innecesario de reproducir una y otra vez la disonante “espectacular”. Escoja usted sin restricciones y disculpe que traiga a colación algunos mencionados: vistoso, impresionante, alucinante, asombroso, llamativo, espléndido, aparatoso, sensacional; o en su defecto, dependiendo del caso: buenísimo, óptimo, inmejorable, insuperable, extraordinario, excelso, sobresaliente, grandioso, prodigioso, excelente, sublime.  Pluralidad de opciones para manifestar sentimientos, ideas y pareceres.

   Presenciar la utilización excesiva de un dicho implica no solo detectar una moda, sino advertir un abuso evitable. Recuerdo una campaña desarrollada por la Universidad del Sagrado Corazón (San Juan, Puerto Rico) cuya médula anunciante aseveraba: “Idioma defectuoso, pensamiento defectuoso”.[2] Al igual que los anglicismos, las reiteraciones innecesarias y las exageraciones, la imposición de la palabrería novedosa, que cala en las mentes por hábito o costumbre, perjudica el decir. No importa quién sea el trotamundos influyente ni sus talentos de atracción y entretenimiento, frente a lo que exponga, seamos críticos y coherentes en lo que pensamos, enunciamos y hacemos. La vida no es un espectáculo ni tenemos vocación de meros espectadores pasivos. Apalabremos el compromiso de escuchar, ver y hablar conscientemente proveyendo sentidos propios sin adopciones de la locución frecuente en boga. Intento practicarlo en mis Reflexiones desde El Jardín.

    



[1] Óscar Durán (director de la Academia de Periodismo de Utadeo), El problema de los Adjetivos, Fundación Gabo, Red Ética, 21 de noviembre de 2025, disponible en: Etica Periodística

[2] La campaña se llevó a cabo a través de los medios de comunicación social de Puerto Rico en el año 1995. 


 

2 comentarios:

  1. Vivimos tiempos en que una palabra pronunciada, en repetidas ocasiones, por un llamado “influencer” es utilizada por la masa popular como muestra de estar “in”. Con esto de las redes sociales y el espejismo idílico de pertenecer va atrofiando y limitando las expresiones de una sociedad .

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