02 febrero 2026


 

Contexto histórico, pensamiento crítico,

actitud ética y apreciación estética

 

 

Martín Cruz Santos

 

“Una vida sin reflexión no merece la pena ser vivida”.[1]

Sócrates

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    Rehacer la síntesis de la vida amerita un examen reflexivo que he practicado en momentos distintos desde mi juventud hasta la vejez. Es retomar la trayectoria vital tejiendo un recuento capaz de abreviar las experiencias añejadas.  Destapar el baúl de las memorias para seleccionar las piezas de cada retrato anterior evoca hitos y puntos de inflexión. En los márgenes porosos de los recuerdos habitan aprendizajes inconclusos habidos en periodos cruciales. Los cambios de rumbo dejaron señales indelebles para atisbar continuidades y discontinuidades en la extensión de la ruta. Bien lo afirmó el cantautor cubano Pablo Milanés (1943-2022): “Cada paso anterior deja una huella que lejos de borrarse, se incorpora, a tu saco tan lleno de recuerdos que, cuando menos se imagina, afloran”.[2]

    Probablemente, mi etapa universitaria prolongada entre los estudios formales y la docencia (unos 40 años aproximadamente), contribuyó con un cúmulo de herramientas didácticas y lecciones asimiladas que facilitan visualizar, desde perspectivas diversas, los pasos andados. Entre lo que estudié, investigué y enseñé emergieron las claves para categorizar lo vivido. El inventario, hasta el presente, anida en el título de este escrito: contexto histórico, pensamiento crítico, actitud ética y apreciación estética.

    Llamamos historia a lo que hacemos los humanos a través del tiempo en espacios determinados. Sobrevienen los hechos en entornos territoriales, por ende, geográficos, y en situaciones imaginadas enmarcadas en procesos políticos, económicos y sociales. Es en un conjunto de circunstancias específicas donde los acontecimientos históricos suceden. La complejidad de la interacción de quienes configuramos las clases sociales, los intereses y visiones del mundo o ideologías influyen en la materialidad de las causas y los efectos sociales, internacionales y mundiales. Entender qué, cómo, cuándo, dónde, quiénes y por qué ocurren los eventos requiere enfocar adecuadamente el marco habilitador de las transformaciones con sus antecedentes remotos e inmediatos. Inferir contextualmente es superar las estrecheces mentales que individualizan y segmentan ocultando la inmensidad del bosque comunitario. Aprendí que pretender observar sin tomar en consideración esa trama dinámica, que puede tornarse en una vorágine, desvía la atención de lo medular y torna la acción en acto aislado e ineficaz.

     Ahora bien, pensar y razonar no son sinónimos, aunque sí piezas de un mismo engranaje. En principio, todos pensamos, si tenemos la capacidad de generar ideas y juicios mentales a través de la conceptualización. Mas el razonamiento conlleva organizar, relacionar y concluir a partir de la información inicial abstraída. Expresa un proverbio chino: “El trabajo del pensamiento se parece a la perforación de un pozo: el agua es turbia al principio, más luego se clarifica”. Hacerlo críticamente es inherente al raciocinio, porque tiende a poner en crisis tanto el andamiaje como el contenido de lo pensado. Es crítico por la propensión a la duda e inquirir y analizar concienzudamente. Ir a la raíz del asunto es propio del quehacer filosófico que prioriza las habilidades para cuestionar e investigar con curiosidad epistemológica. Lo contrario es aceptar sin miramientos ni ir más allá de lo aparente. Cuando razonamos es desde un posicionamiento cultural desmontando ideas preconcebidas y abriendo las fronteras cognitivas. Enseñando comprendí la importancia mayor de discurrir sin reparo, porque los humanos sufrimos de la intencionalidad de moldear el ideario de nuestros congéneres, aunque las falacias permeen la argumentación comunicada.[3]

    Considero que sería imposible que tras la carrera académica y el ahondamiento en dichos temas no hubiera desarrollado actitudes entreveradas con un componente ético.[4] Máxime dadas las aristas concernientes a la convivencia ciudadana que debemos construir. Sostengo que la coherencia del crecimiento humano saludable estaría incompleta sin la integración del cogitar, decir y hacer en el ethos o el modo de ser adquirido. La disposición para actuar conforme a los principios internalizados, más que a una moral consuetudinaria, es el ejercicio de la “práctica reflexiva de la libertad”, según planteara Michel Foucault.[5] De modo que ese talante edificado, y revisado continuamente, que faculta para las variaciones inevitables, es un rasgo definitorio de lo que intento ser. Sin duda alguna, el saber teórico y práctico adjudicable al juicio consustancial a la eticidad aporta a la socialización para levantar los consensos mínimos que rigen las relaciones de poder entre los individuos. A propósito, un aspecto muy necesario en esta época tan convulsiva.

     Vivir conscientemente las realidades interpretándolas con criterios propios y conducirse acorde a lo decidido en coyunturas precisas, implica, además, afinar la apreciación estética. Me refiero a la aptitud sensible para percibir, disfrutar, contemplar y estimar la belleza en ámbitos diferentes. Cualidad que propicia admirar lo hermoso en su omnipresencia natural y en las manifestaciones artísticas, así como también, en las actividades culturales y creativas para advenir a ellas. A partir de lo cual, el sentimiento más sublime irrumpe en la armonía poética de escribir, describir y “nombrar lo pequeño y lo finito con la eternidad de las palabras.”[6] Lejos de haber contradicción entre habitar las condiciones materiales, cavilarlas y sentir emotividad, encontramos la complementación subyacente a la existencia humana.

    Cuando diviso las montañas ubicadas en el horizonte frente a mi ventana, no alcanzo a otear la expansión de los Farallones del Citará,[7]pero, me regocija aquilatar la sinopsis de su vastedad. Metáfora del registro ensayado sin el objetivo de agotar el itinerario de un ciclo resumido en un acápite, aunque reconociendo que, como afirmara el apóstol de Cuba, José Martí: “Toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz”.[8] Semilla tan esencial en la gastronomía y la simbología latinoamericana como es el hurgar metódico en mis Reflexiones desde El Jardín.

 

  

 

 

 

 



[1] La máxima es atribuida al filósofo griego Sócrates (fallecido en el 399 a.n.e.) por su discípulo Platón (427-347 a.n.e), quien la incluyó en la obra titulada Apología de Sócrates, versión del discurso pronunciado por Sócrates en su auto defensa en los tribunales atenienses donde fue condenado a muerte. 

[2] Pablo Milanés, canción: El tiempo, el implacable, el que pasó; álbum: La vida no vale nada; disqueras: Areito (Cuba) y Le Chant Du Monde (Francia), 1976.

[3] Al respecto, recomiendo la lectura de una de mis reflexiones previas titulada Falacias, indiferencias y silencios, disponible en: https://conversacionesconmartincruzsantos.blogspot.com/2025/11/falacias-indiferencias-y-silencios.html

[4] Esta reflexión es la tercera que publico en el Blog donde abordo el tema ético. La primera se titula Defensa ética del ocio: https://conversacionesconmartincruzsantos.blogspot.com/2023/12/defensa-etica-del-ocio-martin-cruz.html ; la segunda, La ética otra vez: https://conversacionesconmartincruzsantos.blogspot.com/2024/03/la-etica-otra-vez-martin-cruz-santos.html

[5] Michel Foucault, La ética del cuidado de sí como práctica de la libertad, diálogo con H. Becker, R. Fornet Betancourt, A. Gómez Müller, 20 de enero de 1984, disponible en línea: https://www.topologik.net/michel_foucault.htm

[6] Renier Castellanos Meneses (2024), Estado de cordura, Medellín: Llano Posada & CIA Editores, pág. 97.

[7] Sobre ese impresionante complejo montañoso de la cordillera occidental de Los Andes colombianos, recomiendo la lectura de: Jorge Giraldo Ramírez (2022), Citará: la montaña, el hogar, Medellín: Editorial Grámmata.

[8] La expresión fue escrita por José Martí (1853-1895) en una carta dirigida al patriota y Mayor General del Ejército Libertador de Cuba, José Antonio de la Caridad Maceo y Grajales (1845-1896), usualmente conocido como Antonio Maceo, en el contexto de la lucha por la independencia de Cuba frente a España en 1893.


2 comentarios:

  1. Gracias profesor por ese "hurgar metódico". La reflexión sobre ética y estética tan necesaria en todos los tiempos, más aún hoy cuando se atenta contra estos dos conceptos en la vida práctica de una sociedad desorientada, desbocada, cansada e irreflexiva. Abrazos

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