30 julio 2023

 


Somos viejos

Martín Cruz Santos

 

    El envejecimiento de la población mundial es un fenómeno demográfico que llama la atención por el aumento y la proporción que proyecta en la mayoría de los países. Aspectos relacionados con la natalidad, mortalidad y las migraciones, entre otros, también constituyen temas que abarcan discusiones, investigaciones, publicaciones, simposios, congresos y la formulación de políticas públicas nacionales y planteamientos internacionales. La complejidad del asunto merece nuestra reflexión. Muchos somos viejos o adultos mayores, pero, aunque no se pertenezca a este grupo creciente, es importante tomar en consideración sus repercusiones.

   Recientemente el Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) publicó el Informe Social Mundial 2023: no dejar a nadie atrás en un mundo que envejece..[1] El documento plantea el envejecimiento como una tendencia definitoria de la realidad social mundial que ha sido propiciada por los avances en cuanto al cuidado de la salud y las reducciones en la fertilidad se refiere. En diversos países la longevidad ha aumentado mientras que la reducción en el número de nacimientos es evidente. La población mayor de 65 años ha tenido un crecimiento superior al de otros segmentos poblacionales.

    Los datos estadísticos pueden ser útiles para dimensionar el problema. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), entre los años 2015 y 2050 el porcentaje de habitantes del planeta mayores de 60 años se duplicará del 12% al 22%. En 2030, la edad de una de cada 6 personas será 60 años o más. Significa que ese sector estará constituido por 1400 millones de seres humanos; en 2020 eran 1000 millones.[2] Aunque en la actualidad el envejecimiento es más notable en los países de ingresos altos, como Japón, por ejemplo,[3] se vislumbra que en el año 2050 dos terceras partes de los adultos mayores de 60 años vivirá en países de ingresos bajos y medios. Precisamente, este punto es preocupante, porque interactúa con en el empeoramiento de las condiciones de pobreza y desigualdad.

   Consideremos las situaciones particulares de los dos países que habito y me habitan, Puerto Rico y Colombia, ambos ubicados geográficamente en zonas donde existen retos económicos, políticos y sociales considerables. Hagamos referencia primero a Colombia donde habitan 7,412,407 personas mayores de 60 años, es decir, el 14% de la población colombiana, que en 2023 está constituida por 52,215,503.[4] Las proyecciones indican que en 2031 la cantidad aumentará a 10 millones. Definitivamente, los retos son mayúsculos, pero no imposibles de enfrentar, especialmente, la protección de los derechos económicos y sociales (salud, alimentación, vivienda, participación, entre otros).

  En Puerto Rico, el envejecimiento de la población representa un gran reto que no se debe eludir o menospreciar. Similar a lo que ocurre en otros países, las variables demográficas que inciden en el problema social que suscita esta reflexión son: nacimientos, defunciones y migración. El Censo de 2020 cuantificó la población total del archipiélago puertorriqueño en 3,190,410.[5] De ese total, 909,934 son adultos mayores de 60 años o más, es decir, el 28.5%. En 2022 ocupamos el cuarto lugar en el mundo con un 22.9% después de Japón (29.9%), Italia (24.1%) y Finlandia (23.3%).[6] La perdida y la baja poblacional actúan como agravantes de esta realidad demográfica. Hace apenas 13 años, en 2010, el Censo informó que el número de habitantes había disminuido de 3,815,893 a 3,725,789. La pérdida poblacional mediante la emigración hacia los Estados Unidos por causas económicas, principalmente, es la válvula de escape que mengua el poblamiento. Mientras tanto, cada vez son menos los nacimientos en comparación con las defunciones; esa es la baja poblacional. A partir del año 2015 la cantidad de nacimientos ha decrecido en comparación con las muertes. En 2022 la cifra de nacimientos fue 18,672; fallecieron 35,384 personas.[7] Los cambios en las vertientes económicas y políticas son las causas fundamentales de esta merma de la natalidad.  

  Colombia y Puerto Rico son dos ejemplos, pero, en cada país de América Latina y el Caribe podemos encontrar datos estadísticos comparables como representaciones numéricas de seres humanos en situación de vulnerabilidad social por razón de su condición de adultos mayores. En las sociedades donde el envejecimiento es visto desde la perspectiva económica de la producción solamente, ser viejo es una desgracia para quienes ya no poseemos las energías explotables mediante el trabajo asalariado. Entonces llegan los días aciagos cuando las necesidades impostergables de la alimentación adecuada, salud y vivienda quedan insatisfechas por causa de la pobreza. Las políticas gubernamentales y las legislaciones laborales de austeridad para la mayoría trabajadora causan salarios bajos, pluriempleo, jubilaciones que no causan jubilo, pensiones raquíticas y salud mental empobrecida, entre otras circunstancias humanas que marginan como desechos a quienes vivimos, produjimos y aportamos para el crecimiento de la riqueza de un país.

   Somos viejos, el mundo es viejo. Con sus 7,900 millones de habitantes aproximadamente, la diversidad demográfica parece encontrarse con una característica que nos homogeniza: el envejecimiento acelerado. Esta transformación social en el siglo XXI tiene consecuencias inéditas y merece la dedicación acuciante de los gobiernos y los organismos internacionales encargados de garantizar los derechos de la población adulta mayor. La declaración de la Década del Envejecimiento Saludable 2021-2030 por la Organización de las Naciones Unidas es una iniciativa loable. Sin embargo, la justicia no se decreta, se construye de modo fehaciente con políticas públicas y prácticas consecuentes acorde a las diversas sociedades y culturas del mundo y las condiciones económicas y políticas de sus habitantes.

   Sirva esta reflexión desde El Jardín para reivindicar el derecho a una vejez saludable, respetada, feliz y partícipe activamente de los cambios que acontecen en el mundo.

 

 

 

 



[1] Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de la Organización de las Naciones Unidas. (febrero de 2023). Informe Social Mundial: no dejar a nadie atrás en un mundo que envejece. Disponible en línea: https://iberoamericamayores.org/2023/02/18/onu-informe-social-mundial-2023-no-dejar-a-nadie-atras-en-un-mundo-que-envejece/

[2] Organización Mundial de la Salud (OMS). (1 de octubre de 2022). Envejecimiento y salud. Disponible en: https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/ageing-and-health#:~:text=En%202030%2C%20una%20de%20cada,habr%C3%A1%20duplicado%20(2100%20millones).

[3] La población de Japón es 125,507,000. El 29.9% tiene 65 años o más. Fuente: https://www.un.org/es/global-issues/population

[4] Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE). Sistema Estadístico Nacional (SEN). Disponible en:  https://www.dane.gov.co/index.php/sistema-estadistico-nacional-sen

[5] Negociado del Censo de los Estados Unidos. (2020). Base de datos internacionales y sobre Puerto Rico. Disponible en: https://www.census.gov/newsroom/press-releases/2022/population-estimates-characteristics/population-estimates-characteristics-spanish.html

[6] Fuente: Fuente: https://www.un.org/es/global-issues/population

[7] Sara R. Marrero Cabán. (4 de abril de 2023). El gran problema de la baja en la natalidad en Puerto Rico y qué hacer para solucionarlo. Primera Hora. Disponible en: https://www.primerahora.com/noticias/puerto-rico/notas/el-gran-problema-de-la-baja-en-natalidad-en-puerto-rico-y-que-hacer-para-solucionarlo/

24 julio 2023

 


El yoga y yo

Martín Cruz Santos

 

  “Gracias a la vida que me ha dado tanto”[1], cantó Violeta Parra. Es imprescindible hacerse eco de aquella voz y su canción para agradecer a mis amistades por su presencia y solidaridad, porque la vida sin la amistad sería el ensayo de una función teatral sin público ni las expectativas de subir a escena. Al paso de tiempo y la madurez he ido afirmando mi ser de espíritu libre que transita por la vida acrecentando la conciencia y la voluntad, desatando las ataduras propias y colaborando con la libertad de otras personas que he conocido a lo largo de la ruta. Así camino haciéndome libre, porque quiero, y no hay vuelta atrás. Para mí, no hay duda: se aprende cada día y todo aprendizaje es motivo de reflexión. No cesamos y continuamos aprendiendo, es decir, viviendo en una continua práctica de la reflexión hecha conciencia de lo que somos y pretendemos ser.

   Buscando se encuentra y puede ser que alcancemos un peldaño del quehacer humano sensible, si decidimos de una vez y por todas que la sensibilidad y la razón son buenas compañeras para caminar. Hegel afirmó: “El entusiasmo artístico no es otra cosa que el estar lleno del tema, estar totalmente presente en él y no descansar hasta que la forma artística no esté moldeada y redondeada”[2]. Considero que el entusiasmo, según fue conceptuado por Hegel, se puede arrimar a otras experiencias de la vida. Él dijo, además, que nada importante ha sido hecho en el mundo sin pasión. Sensible y racionalmente me fui aproximando al yoga hace más de una década en momentos cuando la pasión vital había menguado en mí. Fueron tiempos difíciles, críticos y, como en toda etapa existencial, pasajeros.

    Yoga es un conjunto de disciplinas que usualmente es conocido por una práctica particular para conectar la totalidad del cuerpo mediante el control mental y respiratorio. Sabemos que ha sido ejercido desde hace miles de años. Es comprensible su longevidad, si tomamos en consideración la tendencia humana a buscar el bienestar para mejorar el estado de la salud. Precisamente, ejercitarse para lograr el equilibrio entre el cuerpo y la mente es el objetivo principal del yoga. En la tradición hinduista, tal balance es imprescindible para alcanzar la iluminación y la trascendencia. No obstante, practicarlo se ha generalizado como un medio para mantener la eficiencia física y emocional, especialmente, reducir el estrés. El fin ulterior es holístico: el equilibrio integral.

    Es adecuado acudir a la raíz de las palabras para comprender sus significados. La palabra yoga tiene su origen en el idioma sánscrito y significa unión. La unidad del todo implica esfuerzo, pero no el normalizado por el consumismo, esto es, esforzarse en la producción desmedida y agotar las energías físicas y mentales a través del trabajo y el consumo. El yoga utiliza posturas físicas sutiles conscientes (asanas), ejercicios de respiración (pranayama) y la contemplación para el beneficio de sus practicantes. Armonizar el cuerpo, controlar la mente y las emociones, desarrollar la flexibilidad física, enfocarse y concentrarse, así como también aliviar tensiones y malestares físicos y psicológicos pueden ser parte de los frutos obtenidos con su ejercicio consecuente.

   Luego de varios años de compartir grupal en Puerto Rico con la dirección de la maestra Leykamarie Alma (LeykAlma)[3], continué con los asanas en mis rutinas cotidianas. Quienes me conocen saben que caminar es una de mis actividades predilectas. Llevo a cabo rutinas de calentamiento acompañadas con asanas y otros ejercicios antes de salir a caminar o, simplemente, dentro del quehacer cotidiano. No había retornado al yoga colectivo hasta que Claudia y yo nos mudamos a Jardín, Antioquia. Llegamos afortunadamente al proyecto Jardín, Ser y Sentir,[4] dirigido por la maestra Andrea Parra. Un grupo de personas entusiastas, muy amables y jardineñamente solidarias nos encontramos semanalmente para respirar al unísono y hacernos conscientes de nuestra presencia. Cada sesión es una oportunidad para el crecimiento humano. Sin prisa, pero sin pausa vamos, parafraseando la susodicha cita de Hegel, estando total y conscientemente presentes en el entusiasmo del encuentro, llenándonos del tema y creando formas artísticas entre movimientos y descansos.    

  Cada tiempo merece su propio afán. Es preciso no dejar pasar el aprendizaje propio de cada momento. Porque vivir tiene su lugar en el tiempo y el espacio, cualquier ámbito adecuado es propicio para dedicarse al cuidado de sí en el Kairós o momento preciso. El yoga y yo, entiéndase, la práctica activa y consciente del cuidado saludable de mí mismo, encuentra hoy ángulos insospechados e inéditos para renovar la pasión por la vida. Se abre un camino adicional para vivir mejor que inspira otra reflexión desde El Jardín.

 



[1] La canción titulada Gracias a la vida, escrita por la cantautora chilena Violeta Parra, formó parte del disco Las últimas composiciones de Violeta Parra grabado por la disquera RCA Víctor en el año 1966.

[2] George W. Hegel. (1826). Filosofía del arte o estética. Berlín: Edición de A. Gethmann-Siefert y B. Collenberg-Plotnikov

 

[3] Para obtener información sobre las clases de hatha yoga que ofrece la maestra Leykamarie Alma pueden acceder en Facebook: https://www.facebook.com/leykalma.yoga/about?locale=es_LA  y en Instagram: https://www.instagram.com/leykalmayoga/

 

[4] Para obtener información sobre Jardin, Ser y Sentir pueden acceder en Facebook: https://www.facebook.com/profile.php?id=100033197299420 y en Instagram: https://www.instagram.com/jardinserysentir/

 

18 julio 2023


Noche de Luna 

 

Martín Cruz Santos

 

  Siento afinidad con los felinos. Digamos mejor, con esos mamíferos de la familia de los félidos que llamamos gatos. Son curiosos e independientes; expresan cariño cuando desean hacerlo y guardan distancia prudente para proteger sus espacios. Quienes hemos compartido la vida y el hogar con amigos gatunos aprendemos sus hábitos, necesidades, caprichos y genialidades. Cada miembro de esa familia de cabezas redondas, lenguas ásperas, patas cortas y, regularmente, pelaje suave, es único, aunque los patrones de comportamiento sean compartidos por la especie. En vez de personalidad, podríamos denominar la gateidad identitaria. Históricamente han sido compañeros hogareños en diversas culturas, aunque el ámbito doméstico no es su común denominador.

  Claudia y yo compartimos el afecto con mininos y mininas. Suelo nombrarlos: Pancho, Caribe, Gumersinda, Negrito Pérez, Fatmagul, Jacinto, Luna, entre otros. Al mudarnos a la Urbanización La Merced en Hato Rey, Puerto Rico, no había maullidos en la casa todavía. Previo a los huracanes Irma y María llegó Caribe, nuestro gato actual, llamado así por el color de sus ojos, uno azul y el otro verde, como el mar caribeño y las montañas isleñas respectivamente. Logramos rescatarlo de la calle antes de haber cumplido su primer mes de nacido. Simultáneamente apareció Luna, que nos visitaba esporádicamente, pero, retornaba a algún lugar desconocido para nosotros. La llamamos Luna por el color de su pelaje tan claro como una noche de luna. El cariño a borbotones era su peculiaridad. Solía encariñarse no solo con Claudia y conmigo, sino también con nuestras amistades, que la adoraban por sus expresiones de simpatía. Incluso cuando nos visitaban, si no la encontraban en el patio de la casa, se extrañaban y preguntaban por ella.

  Luna y Caribe desarrollaron una buena amistad. Caribe no es un gato muy simpático que digamos. Más de un congénere ha salido desfavorecido al intentar invadir sus predios. Sin embargo, con Luna no existía animosidad. La gran diferencia entre ambos era la calle. Caribe fue rescatado de ella y vivía en una casa y hogar; Luna compartía varias casas y no pertenecía a ninguna. Con ella podíamos extrapolar la letra de la canción Callejero,[1]particularmente, la estrofa que dice:

“Era callejero por derecho propio.

Su filosofía de la libertad fue ganar la suya sin atar la de otros y sobre los otros no pasar jamás”.

 

Cuando Jannette, hija de nuestra querida vecina Pitusa (que en paz descanse), llegaba a visitar a su mamá diariamente, Luna irradiaba tanta alegría que toda la calle quedaba iluminada, si bien la luz del amanecer esperaba aún por el paso de la noche.

  Nos mudamos de casa y Luna quedó atrás. Myra, a quien vendimos la propiedad, es amante gatuna también. Asimismo, su hija Margarita y el esposo de ella, Alexis.  Para ese entonces, Luna había enfermado. Entonces supimos que no era gata, sino gato. Myra le llamaba Luno, ya que descubrió el “secreto”. Jannette la bautizó con el nombre de Cariñoso, merecido por demás. También respondía por Puma. Para Claudia y yo seguía siendo Luna por costumbre y luminosidad. Chabela, a quien toda la familia felina reconocería en el sitio más recóndito de universo dada su solidaridad con las vidas felinas callejeras, que serían absolutamente inhóspitas si ella no extendiera su amor cotidiano allí donde es esperada como si una fiesta de cumpleaños se aproximara, la conocía por todos los nombres posibles.  Ellas tres, especialmente, cuidaron de Luna cariñosamente siguiendo las recomendaciones veterinarias en reciprocidad por la vida y buena vibra recibida de un ser tan especial.

   Recibimos la noticia de su deceso cuando ya residíamos en Colombia. Cesó el sufrimiento acompañado por Myra y Chabela, dos de sus amigas entrañables. Luna fue un gato feliz y amado. Su despedida no debía ser menos que lo vivido. Al irse se ocultó el sol.  Era la noche de Luna, que tal cual el callejero de la canción:

                    “Se bebió de golpe todas las estrellas.

                    Se quedó dormido y ya no despertó”.

 



[1] Callejero es una canción de la autoría e interpretación del cantautor español Alberto Cortez (1940-2019). Está incluida en el álbum Coincidencias grabado en el año 1989 por el sello discográfico Philips en Venezuela.


15 julio 2023

 


¿Puerto Rico?

 

Martín Cruz Santos

 

  “¿Cómo ven la situación de Puerto Rico los distintos sectores colombianos?”, pregunta mi amigo puertorriqueño Héctor L. Nieves. Tamaña interrogante por compleja, ya que su formulación implica que hay unos sectores (¿clases sociales, grupos demográficos por edad, sexo, género, raza, etnia, ideologías, entre otros, movimientos políticos, intereses económicos, ciudadanos de a pie?) que “ven”, probablemente, desde diversas perspectivas, un objetivo denominado “situación” de un lugar geográfico, político, económico y cultural entre tantos otros en el mundo. Es decir, parte de la premisa que existe un nivel, por lo menos, de atención particular a Puerto Rico. Decía el fenecido actor Samuel Molina[1] a través de su personaje Benigno Orante: “Magnífica pregunta. Para una buena pregunta, una mejor contestación”.  Ensayemos una respuesta, si es posible.

     Siendo reciente mi arribo definitivo a Colombia, aunque yendo y viniendo de aquí a Puerto Rico y viceversa ha transcurrido más de una década, no es sencillo articular una contestación categórica y no lo pretendo. Fundamento mi aseveración. Resido en un país cuya población se estima en 52, 215, 503 millones de habitantes[2]. La extensión territorial es 1,141,748 KM. Sobre esa superficie terrestre hay 6 regiones naturales: el Caribe, el Pacífico, la Orinoquía, la Amazonía, la Andina y la Insular, que son organizadas administrativa en 32 departamentos, 1097 municipios, 20 corregimientos departamentales, 5 distritos especiales y el distrito de la capital del País, Bogotá.[3] Colombia es diversa en varios sentidos: biodiversidad, cultural, política, económica, entre otras. Tomemos solo un ejemplo. La diversidad étnica y cultural colombiana incluye: afrocolombianos, raizales, palenqueros, gitanos, pueblos indígenas, comunidades campesinas, mestizos y grupos configurados por las inmigraciones recientes. “¿Cómo ven la situación de Puerto Rico los distintos sectores colombianos?” Evidentemente, amerita un estudio concienzudo que no será agotado con esta reflexión.

  Ahora bien, las relaciones culturales entre ambos pueblos no son noveles. Hay prismas variados que han mediado históricamente las perspectivas sobre el archipiélago puertorriqueño. Musicalmente, Puerto Rico está presente en los imaginarios colombianos. No me refiero solo a la Salsa o al Reguetón. Ambos géneros musicales con amplio desarrollo interpretativo en Puerto Rico son harto conocidos entre la población de este país sudamericano. Para muestra un botón basta, pero concedamos más de uno: los Lebrón Brothers establecieron su hogar en Cali, igualmente, el cantante Tito Gómez (1948-2007); por aquí sonean, Andy Montañez, Gilberto Santa Rosa, Charly Aponte y una lista extensa salseros reconocidos. Cali es reconocida como la capital mundial de la Salsa.  Por su parte, Medellín es la del Reguetón.

    Las composiciones de Rafael Hernández, Pedro Flores, Bobby Capó, Felipe Rosario Goyco y Tite Curet Alonso, por mencionar algunos, han sonado en la radio colombiana desde que fueron grabadas. Entonces, la visión que de Puerto Rico tienen los amantes de la música puede estar condicionada por las narrativas que recibieron de las orquestas y cantantes que han sido tendencias. Pero, esa afición no es homogénea. Hay coleccionistas, ejercitantes del baile y la coreografía, partícipes de la investigación académica, expertos y conocedores a medias. El Puerto Rico musical incluye miradas polícromas.

   Asimismo, podemos considerar otras expresiones artísticas y culturales que aproximan a boricuas y colombianos. Súmele las versiones noticiosas de ocasión, en especial, sobre huracanes y otras vicisitudes caribeñas. Esas son compartidas más por los sectores caribeños e insulares de Colombia, porque sufrimos sobresaltos meteorológicos similares. Quizás el intercambio turístico continuo entre ambos pueblos es la mejor vara para medir la visibilidad de Puerto Rico. Antes y después de la pandemia del COVID-19 la cantidad de turistas puertorriqueños que viajan a este vasto territorio del sur de América ha ido en aumento.[4] Igualmente ocurre en la dirección inversa. Para quienes viajan desde Puerto Rico, Colombia es un destino frecuente. Bogotá, Medellín, Cali, Cartagena, Bucaramanga, Santa Marta, como también destinos adicionales, constituyen las ciudades visitadas por boricuas. Ellas y ellos marcan la pauta para conocer sobre la Isla.   

   Acá en Colombia hay grupos de boricuas residentes[5], comerciantes[6] y viajeros que acuden por razones profesionales también. Reconozcamos, igualmente, la interacción nuestra en las comunidades llamadas hispanas en los Estados Unidos y la presencia colombiana en Puerto Rico. Puntos de vista distintos son creados en esos contextos sociales.

   Sin más rodeos para que mi amigo Héctor L. Nieves encuentre algo parecido a una respuesta adecuada en este escrito. Políticamente hablando en cuanto al problema del estatus de Puerto Rico, que es medular a su cuestionamiento, la “situación” es vista con vaguedad o con matices ideológicos interesados. Todo depende de quién sea el sujeto que vea. Sin temor a sonar anecdótico, porque lo vivencial no debe excluirse de los intentos de construir el conocimiento, aporto una experiencia común que he vivido durante más de 10 años visitando Colombia antes de residir. Cuando me presentan a una persona, por lo general, suele extrañarse que hable el idioma español con fluidez y propiedad. ¿Por qué? Porque en distintos sectores poblacionales existe la idea que Puerto Rico es parte, no que pertenece, a los Estados Unidos y que el inglés y no el español es la lengua predominante. Algunas personas ven el asunto del ELA como un Estado a medias; para otras, el asunto les es ajeno. No los culpo, pues pretender desenmarañar ese entuerto colonial no es cosa fácil.       

  Mientras que independencia, autonomía, estadidad son palabras de uso frecuente en la Isla, acá no son conceptos que se manejen habitualmente. En organizaciones políticas de izquierda o derecha tradicionalmente definidas es posible hallar a quienes conozcan al respecto y tengan juicios formados como para expresar apoyo a una causa. Colombia es un país con situaciones históricamente heridas por la violencia. Conservadores y liberales han escrito capítulos inconclusos de la historia política antigua y contemporánea. Voy comprendiendo que hay varias colombias en una y todas luchan por representar la nación a su manera. Cualquier extranjero es un gringo en el habla común de todas esas representaciones. No obstante, querido amigo Héctor, quienes venimos de Puerto Rico no somos tratados como extranjeros en este suelo o, por lo menos, no es mi experiencia. Existe una afinidad peculiar entre Colombia y Puerto Rico que nos hermana. La situación colonial que embarga la historia puertorriqueña desde hace siglos no es óbice para apreciar la caribeñidad latinoamericana que nos habita, máxime cuando una buena parte del territorio colombiano es caribeño.    

   En una ocasión próxima conversaremos a tenor con las visiones generadas en Puerto Rico en torno a Colombia. Será el momento para darle la vuelta a la pregunta inicial: “¿Cómo ven la situación de Colombia los distintos sectores puertorriqueños?” Sospecho que encontraremos paralelismos con esta reflexión desde El Jardín.

 



[1] Samuel Molina (1935-2018) fue un artista puertorriqueño que desempeñó su talento en la actuación, dramaturgia, música, poesía y como libretista para programas de televisión.

[2] Estadísticas obtenidas del Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE): https://www.dane.gov.co/

[3] Para más información consulte el Portal Territorial de Colombia: https://portalterritorial.dnp.gov.co/AdmEtnico/KitEEnfoque

[4] Redacción de Turismo, Puerto Rico y Colombia cada vez más conectados, El Espectador, 24 de febrero de 2023: https://www.elespectador.com/turismo/puerto-rico-y-colombia-cada-dia-mas-conectados/

[5] Por ejemplo, Boricuas en Colombia: https://www.facebook.com/boricuasencolombia

[6] Hace algún tiempo conversamos con los propietarios del restaurante 787 Gastronomía Puertorriqueña con sede en Medellín:   https://www.youtube.com/live/-BzxKaOI7xw?feature=share

13 julio 2023

 


Cambio de rumbo

Martín Cruz Santos

  De un tiempo a esta parte me he acostumbrado a las despedidas a medias. Ya, pero todavía no, es parte de la consigna o quizás un mantra que llevo conmigo. Escribir desde el sur de América, con los farallones del Citará, esas majestuosas formaciones rocosas de la cordillera occidental de Colombia divisadas en el horizonte desde mi ventana, es indicativo del cambio de rumbo iniciado. De las montañas de Cayey, Puerto Rico, donde residí de enero de 2022 a junio de 2023, y también durante los primeros 18 años de mi vida, a los Andes colombianos hay un largo trecho. Es un periplo espiritual decidido, orquestado y caminado sin el afán de otros tiempos, pero, con la pasión por la libertad acumulada al ritmo de los cambios vitales. Me despedí geográficamente del archipiélago puertorriqueño, no obstante, aún es reciente el arribo al otro destino como para hablar de una partida definitiva.  

  Acá, en Jardín, municipio del suroeste del departamento de Antioquia, declarado Pueblo Patrimonio de Colombia[1] en 1985, el ritmo de la vida es acompasado. Los encuentros cotidianos en el Parque El Libertador son acompañados con cafés y tertulias. Una plaza amplia constituida por un rosal diverso, una fuente, monumentos, asientos y la arquitectura colonial de las edificaciones aledañas, en particular, las casas, los cafés, los restaurantes y otros comercios, presidida por el estilo neogótico de la Basílica Menor Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción, integran las manifestaciones culturales variadas, en unión a la gastronomía propia y el entorno ecológico exuberante de la sala comunitaria del hogar jardineño. El Parque y su contexto multicolor es un espacio abierto para las vivencias socioculturales. Durante un fin de semana que es largo o puente - es decir, cuando el lunes es feriado o festivo, como es denominado en estas tierras-, la cantidad de personas que lo visitan es mayor. No es así de lunes a jueves normalmente. Sin embargo, en ambos casos, es el sitio por excelencia para la integración comunitaria.

   Considero que el Parque es el punto de partida, llegada o regreso. Lugareños, visitantes ocasionales y turistas nacionales e internacionales observan, contemplan y se adentran en la idiosincrasia de este pueblo a partir de su centralidad en la planificación urbana. Algunos, como es mi caso, cambiamos el rumbo de nuestras vidas al comprender el significado de la expresión célebre acuñada por Manuel Díaz Sierra (1918-2003)[2]: “A Jardín no se viene, se vuelve”. Volver a Jardín, el espacio escogido para vivir, es afirmar la voluntad de ser y continuar adelante siempre. Al lugar de reunión vecinal se llega con el mayor de los entusiasmos.

    Volví junto a mi esposa para quedarnos donde confluyen la actividad laboral, de estudio, jubilación, vacaciones o cualquier otra vital y creativa que propicia el crecimiento humano y social.  Los trabajos, las faenas, alegrías y los pesares son la vida misma manifestada en sus múltiples dimensiones. Donde está tu corazón es tu lugar en el mundo. No es un cambio más, sino uno trascendental, porque incide significativamente en el proceso de vivir, descubrir, amar y aprender, entre otras posibilidades. ¿Qué busco existencialmente? Tiempo disponible para disfrutar, relajarme, compartir y profundizar en los significados que voy construyendo a través del camino trazado, recorrido y por recorrer. ¿Por qué aquí? Porque la tranquilidad del panorama natural y cultural jardineño es, especialmente, sinónimo de salud y vida. Cambio de rumbo para recorrer los caminos y contemplar su belleza, porque disfrutar la armonía con la naturaleza en compañía de mis seres amados es una gran vivencia allí donde me encuentro.

    Probablemente, la vida está hecha de colores. Percibirlos, apreciarlos, descubrirlos y vivirlos atiende una prioridad personal inmediata.  La estética inherente a esta etapa de mi vida es motivada por la actitud sensible. Hay lugares que albergan el potencial de acrecentar la sensibilidad. En mi opinión, Jardín es uno de ellos. Por eso lo hemos escogido para vivir y afirmar la voluntad de ser. Posamos la vista en sus rincones cercanos, ampliamos la mirada hacia los contornos lejanos, escuchamos el cantar de los pájaros y la voz de las personas a quienes saludamos y nos saludan, caminan y respiran con inspiración compartida. Cambio de rumbo para intensificar esas y otras experiencias sensibles.

     Cambiar es imprescindible, pues la vida toda es cambio. En el presente forjamos futuros imaginados que luego serán parte de nuestras historias para ser contadas. Cada recuerdo alberga vivencias tal vez inolvidables. Escribo reflexiones desde el Sur que mañana serán memorias y testimonios fehacientes de este cambio de rumbo a mis 61 años de vida en construcción.

 



[1] Los Pueblos Patrimonio de Colombia o Red Turística de Pueblos Patrimonio, es un programa especial del Ministerio de Comercio, Industria y Turismo de Colombia con el propósito de promover el patrimonio material e inmaterial cultural de la Nación.

[2] Manuel Díaz Sierra fue un escritor, poeta, político, servidor público y miembro fundador de la Casa de la Cultura y el Centro de Historia de Jardín, Antioquia.