18 julio 2023


Noche de Luna 

 

Martín Cruz Santos

 

  Siento afinidad con los felinos. Digamos mejor, con esos mamíferos de la familia de los félidos que llamamos gatos. Son curiosos e independientes; expresan cariño cuando desean hacerlo y guardan distancia prudente para proteger sus espacios. Quienes hemos compartido la vida y el hogar con amigos gatunos aprendemos sus hábitos, necesidades, caprichos y genialidades. Cada miembro de esa familia de cabezas redondas, lenguas ásperas, patas cortas y, regularmente, pelaje suave, es único, aunque los patrones de comportamiento sean compartidos por la especie. En vez de personalidad, podríamos denominar la gateidad identitaria. Históricamente han sido compañeros hogareños en diversas culturas, aunque el ámbito doméstico no es su común denominador.

  Claudia y yo compartimos el afecto con mininos y mininas. Suelo nombrarlos: Pancho, Caribe, Gumersinda, Negrito Pérez, Fatmagul, Jacinto, Luna, entre otros. Al mudarnos a la Urbanización La Merced en Hato Rey, Puerto Rico, no había maullidos en la casa todavía. Previo a los huracanes Irma y María llegó Caribe, nuestro gato actual, llamado así por el color de sus ojos, uno azul y el otro verde, como el mar caribeño y las montañas isleñas respectivamente. Logramos rescatarlo de la calle antes de haber cumplido su primer mes de nacido. Simultáneamente apareció Luna, que nos visitaba esporádicamente, pero, retornaba a algún lugar desconocido para nosotros. La llamamos Luna por el color de su pelaje tan claro como una noche de luna. El cariño a borbotones era su peculiaridad. Solía encariñarse no solo con Claudia y conmigo, sino también con nuestras amistades, que la adoraban por sus expresiones de simpatía. Incluso cuando nos visitaban, si no la encontraban en el patio de la casa, se extrañaban y preguntaban por ella.

  Luna y Caribe desarrollaron una buena amistad. Caribe no es un gato muy simpático que digamos. Más de un congénere ha salido desfavorecido al intentar invadir sus predios. Sin embargo, con Luna no existía animosidad. La gran diferencia entre ambos era la calle. Caribe fue rescatado de ella y vivía en una casa y hogar; Luna compartía varias casas y no pertenecía a ninguna. Con ella podíamos extrapolar la letra de la canción Callejero,[1]particularmente, la estrofa que dice:

“Era callejero por derecho propio.

Su filosofía de la libertad fue ganar la suya sin atar la de otros y sobre los otros no pasar jamás”.

 

Cuando Jannette, hija de nuestra querida vecina Pitusa (que en paz descanse), llegaba a visitar a su mamá diariamente, Luna irradiaba tanta alegría que toda la calle quedaba iluminada, si bien la luz del amanecer esperaba aún por el paso de la noche.

  Nos mudamos de casa y Luna quedó atrás. Myra, a quien vendimos la propiedad, es amante gatuna también. Asimismo, su hija Margarita y el esposo de ella, Alexis.  Para ese entonces, Luna había enfermado. Entonces supimos que no era gata, sino gato. Myra le llamaba Luno, ya que descubrió el “secreto”. Jannette la bautizó con el nombre de Cariñoso, merecido por demás. También respondía por Puma. Para Claudia y yo seguía siendo Luna por costumbre y luminosidad. Chabela, a quien toda la familia felina reconocería en el sitio más recóndito de universo dada su solidaridad con las vidas felinas callejeras, que serían absolutamente inhóspitas si ella no extendiera su amor cotidiano allí donde es esperada como si una fiesta de cumpleaños se aproximara, la conocía por todos los nombres posibles.  Ellas tres, especialmente, cuidaron de Luna cariñosamente siguiendo las recomendaciones veterinarias en reciprocidad por la vida y buena vibra recibida de un ser tan especial.

   Recibimos la noticia de su deceso cuando ya residíamos en Colombia. Cesó el sufrimiento acompañado por Myra y Chabela, dos de sus amigas entrañables. Luna fue un gato feliz y amado. Su despedida no debía ser menos que lo vivido. Al irse se ocultó el sol.  Era la noche de Luna, que tal cual el callejero de la canción:

                    “Se bebió de golpe todas las estrellas.

                    Se quedó dormido y ya no despertó”.

 



[1] Callejero es una canción de la autoría e interpretación del cantautor español Alberto Cortez (1940-2019). Está incluida en el álbum Coincidencias grabado en el año 1989 por el sello discográfico Philips en Venezuela.


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