01 septiembre 2026


 

Aquella mañana del terremoto

Martín Cruz Santos

 

“Hay un instante, apenas unos segundos, en el que
el mundo deja de ser confiable. No es solo el movimiento
brusco del suelo ni el ruido seco de las paredes quebrándose.
Es algo más íntimo: una fisura en la certeza de que
la realidad obedece a un orden. 
Cuando la tierra tiembla,
también tiembla el mundo interior”.[1]

 

      Apenas habían transcurrido nueve días desde que el suelo de la Guaira fue sacudido bruscamente a finales de junio cuando escribí la reflexión titulada Venezuela y los sismos en el espejo.[2] A poco más de un mes del escrito, la tierra volvió a temblar, pero, en esta ocasión, el epicentro, localizado en el municipio de San José del Palmar, en la ruralidad del departamento colombiano del Chocó, dista unos ochenta y cuatro kilómetros en línea recta de Jardín, Antioquia, donde vivimos.  Las palabras que plasmé sobre el acontecimiento venezolano repercuten hoy:

“…las representaciones del dolor y la destrucción atraviesan el cristal roto del espejo de la República Bolivariana de Venezuela y recorren distancias hasta inquietar y sacudir las sensibilidades, conciencias y memorias de otros, como la mía…”[3]

En momentos angustiosos en la proximidad de las víctimas mortales, los sobrevivientes quebrantados, los destrozos de las viviendas, los hospitales, las escuelas y los espacios comunes de la infraestructura social, sentimos el impacto que nos dejó el terremoto de aquella mañana del lunes 10 de agosto de 2026 a las 7:34 A.M.

    Claudia y yo habíamos desayunado en nuestra casa, subimos al segundo nivel y nos alistamos para las actividades cotidianas. De repente escuchamos el sonido distintivo de una alarma y, en cuestión de segundos, sentimos que todo alrededor se movía en trepidación y oscilación. Pensamos fugazmente y nos situamos en el baño, dada la probable seguridad del armazón. Aumentaban el movimiento implacable, el ruido del crujir de las paredes y los techos, las caídas de objetos, así como también, el llanto de infantes y los gritos desesperados de adultos provenientes del exterior de la residencia. Enlazados en un abrazo amoroso, intenso y nervioso, permanecimos sobrecogidos por los eternos noventa segundos de la duración sísmica.

     Logramos salir ilesos y sin daños materiales relevantes. Una vez en la calle, los vecinos acudimos a un encuentro de supervivencia. Experimentamos una mezcla emocional manifestada en lágrimas, miradas sorprendidas, la alegría de vernos, el temor a las réplicas y la búsqueda inmediata de los seres queridos que no estaban en sus hogares en el instante terrible de la sacudida. El tiempo transcurrió entre los rumores, las especulaciones y las noticias que daban cuenta de la magnitud del temblor: 7.4 en la escala Richter, el tercero de esa categoría registrado en la historia de Colombia.[4] Comenzamos a entrever la tragedia que arrastra un fenómeno natural de tal envergadura.

     Al paso de las horas, recorrimos algunas rutas del pueblo. Observamos las damnificaciones en las fachadas y las tejas de variados inmuebles, especialmente, los patrimoniales, que cuentan con más de una centuria de haber sido levantados.  Luego supimos de las calamidades en el campo. Pero, más allá de los límites del territorio que habitamos en el suroeste antioqueño, es en los departamentos del Chocó, Risaralda, Valle del Cauca, Caldas y Quindío donde la devastación eclipsa las impresiones causadas a primera vista. El espejo de Venezuela, aludido en el texto susodicho, ya no luce empañado, sino que deslumbra la realidad circundante y, simultáneamente, se opaca con las lágrimas derramadas ante el inmenso dolor sentido en las capitales departamentales: Quibdó, Pereira, Cali, Manizales y Armenia, y los municipios afectados en dichas zonas.    

  “Estamos bien”, repetí como respuesta frecuente a los mensajes numerosos de solidaridad que recibimos de familiares y amigos, lo cual agradecemos profundamente. Claro, el estado de bienestar es condicionado. Y cómo no serlo, si la muerte transmutó la vida de cientos de personas y la desolación alcanza a miles. No resultar damnificados implica una responsabilidad compartida. Es un imperativo inexorable participar en las campañas de reconstrucción y colaborar, según las posibilidades de cada quien. Ciertamente, es menester pensar y actuar eficazmente, que entraña aprovechar la contigüidad geográfica y atenuar la lejanía con alianzas oportunas.

     La Tierra continúa moviéndose, sucede tras un seísmo, y la tectónica de las placas avanza en su proceso geológico. El conocimiento científico generado, en particular, sismológico, propicia no solo saber más y mejor a tenor con las dinámicas inherentes a los eventos causantes de secuelas catastróficas, sino, asimismo, planificar, organizar, prevenir, construir y recuperar la prolongación de la vida, con mayor resiliencia, en determinado lugar.  Recurro a la reflexión mencionada al inicio de ésta:

“Sin embargo, cabe acotar que los bloques rocosos de la Placa del Caribe y la Placa Sudamericana, y sus respectivas fallas geológicas, referentes del epicentro asolador, sirven de asiento a diversos países de la región que habitamos.” [5]

A lo citado, añádale, el nombre de cualquier placa, conozca los modos de interacción entre ellas conforme el desplazamiento de sus límites (divergentes, convergentes, transformantes), señale en un mapa la ubicación de su país o región e investigue al respecto. Superemos el pensamiento mágico, el sensacionalismo, las narrativas conspiratorias y la desinformación, con información crítica y veraz disponible en fuentes rigurosas. Preparémonos adecuadamente, porque la historia prosigue, incluso con sobresaltos, desastres, reedificaciones y otros devenires. Mientras tanto, comparto este aporte en mis Reflexiones desde El Jardín.

 



[1] José A. Posada Villa, Lo que se mueve por dentro cuando la tierra se mueve, Cambio, lunes 17 de agosto de 2026, disponible en: https://cambiocolombia.com/salud-y-bienestar/articulo/2026/8/lo-que-se-mueve-por-dentro-cuando-la-tierra-se-mueve

[2] Disponible en: https://conversacionesconmartincruzsantos.blogspot.com/2026/07/venezuela-y-los-sismos-en-el-espejo.html

[3] Ibid.

[4] Según el Servicio Geológico Colombiano, esa magnitud es superada solo por los terremotos acontecidos en el año 1906 (8.8) y el de 1979 (8.1). Ambos ocurridos en el extremo suroccidental del País. Fuente: https://www.sgc.gov.co/

[5] Disponible en: https://conversacionesconmartincruzsantos.blogspot.com/2026/07/venezuela-y-los-sismos-en-el-espejo.html

 

02 agosto 2026


 

“Vientos de mi autoexilio”[1]

 

Martín Cruz Santos


“…lo curioso, lo absurdo, es que, a pesar
de que aguardo mensajes y pregones
de todas las memorias y de todos
los puntos cardinales,
lo raro, lo increíble, es que a pesar
de mi desamparada expectativa,
no sé qué dice el viento del exilio”.

 

Mario Benedetti (1920-2009)

 

Vientos de la Provincia Oriental[2]

      Mario Benedetti era uruguayo, compatriota de Pepe Mujica (1935-2025).[3] Sus vidas transcurrieron entre resistencias políticas, aspiraciones ideológicas, clandestinidades, sobresaltos y amores. Al primero, plasmar sentimientos, metáforas y perspectivas del mundo le atrajeron el exilio y los galardones literarios; al segundo, la terquedad lúcida de pensar y actuar coherentemente para lograr una sociedad más justa y solidaria, lo llevó de la clandestinidad a la cárcel, y de la tortura a la lucha incansable hasta el último suspiro, después de servir al pueblo como presidente. Benedetti regresó a Uruguay con las cicatrices que dejó en su rostro el viento del exilio, que a Pepe no azotó, porque él sufrió otras penas tan dolorosas como el destierro.

Vientos del Chocó[4]

     Suelo deslumbrarme con los atardeceres que pintan el firmamento de tonos anaranjados. En el horizonte, frente a mi ventana, donde los Farallones del Citará[5] se levantan como murallas que anteceden el océano Pacífico, los colores del ocaso representan fuegos cansados al anochecer. Luego advienen relámpagos capaces de alumbrar la noche más oscura. Y qué decir de esas corrientes a chorro del Chocó. Son vientos que soplan desde el Pacífico hasta la cordillera Occidental de los Andes colombianos. Tan fuertes y ascendentes que al chocar contra los prominentes macizos rocosos riegan abundantes descargas de lluvia y refrescan los despeñaderos. Penetran con fuerza modificadora, no solo los caudales de los ríos, sino también los estados de ánimo de quienes habitamos el territorio campeando el autoexilio.

 

Vientos del Caribe

      En el Caribe, la mayoría de los vientos tormentosos provienen de la misma dirección que los alisios. Durante la temporada de huracanes, la brisa suave que transmuta en brusquedad puede ser un presagio. Entonces el Caribe geográfico y cultural, el cadencioso y musical, el isleño y antillano, el étnicamente diverso, el que lame las costas continentales, dibuja una tensa calma.

     Cuando se espera la llegada de un huracán, es parecido al diagnóstico fatal de la enfermedad terminal que padece un cuerpo. ¿Qué implica en el plano gubernamental? La prevención del desastre es proporcional a la voluntad política del Estado y la organización ciudadana. Tristemente, en nuestros países eso debe ser interpretado como una cuestión de tiempo inevitable o la “crónica de una muerte anunciada”. Por ejemplo, cuando en mi tierra natal, Puerto Rico, el gobierno de turno vocifera la preparación oficial adecuada frente al fenómeno atmosférico que se avecina, la reacción pública acarrea dos consignas: “sálvese quien pueda” o “solo el pueblo salva al pueblo”. Habiendo presenciado las consecuencias de ambas, trato de disminuir con el autoexilio el pavor que me causa la ruidosa velocidad destructiva de los vientos.

 

Vientos del norte

     Hay vientos preocupantes, deplorables e indignantes, porque no constituyen una masa natural de aire en la atmósfera. A diferencia de los ciclones, las ráfagas de esos vendavales son impulsadas por la codicia, el afán desmedido del poder y la hegemonía. Son ventarrones implacables. Soplan del norte hacia los puntos cardinales restantes, particularmente, el sur. Contienen la furia de los tornados y las trombas marinas. Arrasan todo a su alcance hasta el punto que la flora, la fauna y los recursos minerales insospechados quedan al descubierto para su extracción lucrativa inmediata. Conocemos el estruendo de las detonaciones que provocan; los truenos suenan como silbidos en comparación esos estallidos. Aquellos torbellinos insaciables someten, quiebran, matan y desparecen con la frialdad del mitológico Aquilón.  

   Causa lástima y rabia que el nivel de riesgo de los vientos del norte aumente con la convergencia interesada de los autóctonos. Unidos para depredar sin miramientos, aunque disfrazados de céfiros, trascienden las zonas intertropicales y empujan con el fin de inundar de miseria los empobrecidos tugurios donde habitar es sinónimo de sobrevivir a lo que el viento se llevó. No cabe duda: el remolino usurpador continuará despojando las riquezas allende las fronteras y reducirá las especies (incluida la humana) a la subordinación, la migración forzada y la muerte mientras a la inversa no insuflen tifones de intransigencia a ultranza. De lo contrario, el autoexilio no será una opción, porque ni siquiera habrá libertad para escogerlo.



[1] El título de este escrito alude a una obra de Mario Benedetti (1981), Viento del exilio, Buenos Aires: Editorial Sudamericana.

[2] Provincia Oriental fue el nombre de la actual República Oriental del Uruguay desde su fundación en el año 1813 como parte de la Liga Federal y las Provincias Unidas del Río La Plata hasta la independencia en 1825.

[3] Recordemos que su nombre completo fue José Alberto Mujica Cordiano, y se destacó por haber sido un pensador prolífico, combatiente, político, floricultor y expresidente de Uruguay.

[4] Hago referencia departamento del Chocó, uno de los 32 departamentos de Colombia, cuya ciudad capital es Quibdó. Es reconocido, entre otros aspectos, por ser uno de los lugares de mayor precipitación pluvial en el Planeta.

[5] Los Farallones del Citará constituyen un impresionante complejo montañoso ubicado en la cordillera occidental de Los Andes colombianos. Al respecto, recomiendo la lectura de: Jorge Giraldo Ramírez (2022), Citará: la montaña, el hogar, Medellín: Editorial Grámmata.  Sobre la biodiversidad de los Farallones: https://farallonesdelcitara.bioexploradores.com/lugares/farallones-del-citara/

 


01 julio 2026


 




Venezuela y los sismos en el espejo

 

Martín Cruz Santos

 

“No le temo a la culebra ni a cuarenta tiburones,
pero, si la tierra tiembla, corro más que los ratones.
Si la tierra tiembla
yo me voy de aquí.”[1]

Luis Tata Guerra (1934-2015),

músico, compositor y arreglista cubano

 

 

     Aunque la historia de las experiencias humanas advierte múltiples evidencias de la sismicidad que subyace bajo nuestros pies, particularmente, en estas tierras americanas donde tampoco son ajenos los volcanes y los huracanes, es desgarrador el dolor causado por la pérdida de vidas. Venezuela es el espejo reciente al cual dirigimos las miradas, particularmente, a partir del miércoles 24 de junio de 2026.  Los expertos denominan doblete sísmico al fenómeno natural “que ocurre cuando dos terremotos principales son muy cercanos en el tiempo y el espacio”.[2] El segundo no es una réplica del primero, porque su magnitud puede ser igual o mayor que el anterior. Recordemos que allá el intervalo temporal entre ambos (de 7.2 y 7.5 en la escala Richter respectivamente) fue de apenas 39 segundos.

     Las imágenes transmitidas por los medios de comunicación social y las redes sociales propician visualizar a distancia el sufrimiento conmovedor del pueblo venezolano, que, al momento de redactar este escrito, llora perpleja la muerte de más de 2,200 personas, asiste a 11,200 heridos y busca a cerca de 50,000 desparecidos. Sin duda alguna, es una tragedia ante la cual es insuficiente lamentarse por lo sucedido o manifestar solidaridad a corto plazo. El reflejo del territorio sacudido puede alumbrar a todo ser humano, especialmente, a quienes pisamos y edificamos en zonas de alta actividad sísmica. Corresponde recapacitar sobre el antes, durante y después de un movimiento telúrico. El conocimiento científico, las vivencias y el desarrollo tecnológico deben acompañar la voluntad política para llevar a cabo los cambios imprescindibles que mitiguen las consecuencias de los eventos naturales que catalogamos como desastres.

     La planificación, educación, capacitación, prevención y evaluación son acciones inherentes a las políticas públicas y los planes a corto, mediano y largo plazos, prerrogativas del Estado, gestor principal de las estrategias, los proyectos y las decisiones para el mayor bien común. Hallar las soluciones a los problemas de un colectivo ciudadano es un imperativo ineludible. Cuando la debilidad o la ausencia de competencia para ejercer el poder, por causas diversas, arroja a la mayoría poblacional a una precariedad frente a las calamidades, las probabilidades de una catástrofe aumentan exponencialmente. Cómo olvidar el terremoto de Haití en el año 2010 y los huracanes Irma y María en Puerto Rico en 2017. Son dos ejemplos de sucesos devastadores originados por contingencias geofísicas y meteorológicas en áreas históricamente vulnerables, pero, abandonadas a la suerte frente al colonialismo, la ineptitud y el desgobierno de jurisdicciones venidas a menos. ¿A caso los seísmos eludieron el suelo de la primera república negra del mundo hasta aquel fatídico momento? ¿La furia de los huracanes era desconocida en la colonia camaleónicamente disfrazada de “estado, libre, asociado” desde 1952?

   Como agravante, las multitudes suelen refugiarse en imaginarios permeados de creencias mitológicas, religiosas y de conspiraciones propensas a difundir narrativas simbólicas con significados inadecuados para comprender la complejidad de la naturaleza. Dichos sistemas de ideas privilegian diferentes pretensiones de entendimiento y cosmovisión, pero, no la teorización fundamentada en la observación experimental, el pensamiento crítico y las prácticas culturales, políticas y económicas respetuosas y sostenibles emanadas de las corroboraciones, las divergencias y los consensos. A mi juicio, concluir con la rapidez de la luz que determinado acontecimiento tectónico o climatológico es un castigo divino o una hecatombe sospechosamente planificada es sinónimo de fanatismo mágico religioso o de infantilismo pseudo científico.

   Venezuela ha perdurado en la atención internacional durante los años recientes. Muy probablemente continuará estando presente. Correspondería a un análisis distinto auscultar cómo interactúa la crisis humanitaria de este momento con las etapas previas. Por el respeto al duelo del hermano pueblo venezolano, no me inmiscuyo en ese tema. Sin embargo, cabe acotar que los bloques rocosos de la Placa del Caribe y la Placa Sudamericana, y sus respectivas fallas geológicas, referentes del epicentro asolador, sirven de asiento a diversos países de la región que habitamos. Independientemente de las circunstancias políticas que nos unen o separan y los condicionamientos geopolíticos del momento, las representaciones del dolor y la destrucción atraviesan el cristal roto del espejo de la República Bolivariana de Venezuela y recorren distancias hasta inquietar y sacudir las sensibilidades, conciencias y memorias de otros, como la mía, en mis Reflexiones desde el Jardín.



[1] Estrofa de la canción titulada “Si la tierra tiembla”, composición del músico, compositor y arreglista cubano Luis “Tata” Guerra (1934-2014), quien residió en Caracas desde 1960 hasta su fallecimiento.  Existen diversas interpretaciones de la pieza musical, pero, recordamos la grabación del también cubano Héctor Casanova con la orquesta del dominicano Johny Pacheco incluida en el álbum Los amigos, publicado por la disquera Fania Records en el año 1979. Comparto el enlace para escucharla: https://open.spotify.com/intl-es/track/64WNNS5euq1zjdKcVCK915?si=3582730503b64b82


[2] Redacción BBC Mundo (26 de junio de 2026), Qué es el “doblete sísmico” que sacudió a Venezuela (explicación en video), disponible en: https://www.bbc.com/mundo/articles/c802303pj9lo


01 junio 2026




                                                                    Reseña del libro

Entre montañas e historias se hace el Jardín: miradas etnográficas

 

Martín Cruz Santos

 

    La publicación reciente del libro titulado Entre montañas e historias se hace el Jardín: miradas etnográficas (2026)[1] es el producto del trabajo de campo de estudiantes del curso de Investigación Etnográfica del Pregrado en Antropología de la Universidad de Antioquia (UdeA) en Medellín, Colombia. Durante una semana, en diciembre de 2025, con la mentoría del doctor Jonathan Echeverri Zuluaga, el grupo recorrió parte del territorio del municipio de Jardín, localizado en el suroeste del departamento de Antioquia, para observar, conversar, registrar y analizar diversas manifestaciones culturales de quienes lo habitan. Mediante sus apuntes, diarios de campo y fotografías lograron plasmar no solo sus perspectivas, sino también las memorias de las vivencias.

   El texto consta de siete capítulos organizados acertadamente y precedidos por los agradecimientos y una introducción de Echeverri Zuluaga. Aneja al final pinturas y fotos hechas por residentes. Considero un acierto haber comenzado la exposición textual con la inspiración poética de Pedro Alonso Agudelo Rendón y Effy Osorio Pinilla que dan paso a los enfoques de carácter biológico y cultural.

     Mundos interespecie es la categoría que abre el diálogo leyente y propicia reflexiones bioéticas sobre las prácticas de conservación de especies, en particular, las aves. Laura Michelle Agudelo Marín pajareó con el acompañamiento bien orientado de Élver Andrés Ledesma, especialista en reservas naturales, el reconocido biólogo y pajarero, José Castaño, y el doctor Luis Orlando Marulanda Orozco, director de la Reserva Natural Jardín de Rocas. De su escrito emanan momentos compartidos y salpicados por una curiosidad ávida capaz de registrar los andares forjados en busca de una convivencia biocéntrica. Por su parte, Natalia Medina Taborda supo adentrarse por senderos aromáticos y saberes añejados en torno a la agricultura cafetera. Jardín es partícipe de la geografía cultural del café. Es un pueblo con vocación agrícola que transita por la vía turística. Tomar un tinto en las cercanías del Parque El Libertador es un ritual que apela a la expansión mundial de ese fruto ancestral. Desde que la bebida fue esparciéndose históricamente a partir de su origen en Etiopía, surgieron caracterizaciones y sensibilidades complejas que fundamentan la pregunta formulada por Natalia: ¿Qué sabe uno realmente del café?

   Las abejas, cuya presencia es imprescindible en el hábitat planetario, motivaron a Briana Camila Cediel, quien captó la acogida recibida por los tours que promueven la comprensión de la necesidad de cuidar las polinizadoras nativas más allá de la popularidad de la miel que de ellas extraemos. La cotidianidad y cercanía de los proyectos agroecológicos en las veredas con prácticas adecuadas, ciertamente, convierten el espacio en “tierra prometida” donde la abundancia no es un milagro, es el resultado de un vínculo interespecie que se ha sostenido en el tiempo”[2].

   Cabe resaltar los signos de carácter creativo plasmados en las páginas de la obra reseñada.  La autoría variada, que incluye a jardineños, destaca el arte y la creación, cuyas expresiones abonan dinámicas estéticas de conexiones identitarias. No faltan los abordajes en cuanto a la gastronomía y los sabores (leer a Alejandra Estrada Quintero y Tomás González Agudelo), la literatura (leer a María Isabella Henao Hernández), los murales (leer a María Salomé Agudelo Barón), y, cómo no, el patrimonio arquitectónico constituido, principalmente, por la Basílica Menor de la Inmaculada Concepción de María y el Parque el Libertador, declarados monumentos nacionales de la República de Colombia mediante el Decreto 1132 de 1985 (leer a Larry Jesús Valencia Guzmán). En el contexto de los encuentros comunitarios, cuando la tertulia nos acompaña, el Parque es un espacio sin parangón, la sala de la casa jardineña donde el taburete autóctono es un elemento medular por su valor simbólico de tradición y arraigo territorial (leer a Angelina Sabogal Jaramillo).  

   Por otro lado, el conservadurismo político y religioso es evidente en Jardín, como en otros lugares del Departamento. La inclusión del apartado sobre las Subjetividades en disputa abre oportunidades para conversaciones libres de prejuicios y estigmas excluyentes (leer a Effy Osorio Padilla y Gerson José Peralta Sepúlveda). Es un punto de partida beneficioso, si somos honestos al abordar controversias inconclusas. De hecho, el tema empalma con el peliagudo de la Espiritualidad y religiosidad (leer a Sarah Laleshka Gómez Lanos y Juan Carlos Durán Taborda), desarrollado, a mi juicio, con el respeto debido tanto a la religión institucionalizada como a la popular y la Embera-chamí. Ambos aspectos entreveran líneas de investigación inferidas de los ensayos, que debemos tomar en cuenta.

   En relación con la enseñanza y el aprendizaje, hay instancias sociales cuya labor es encomiable. Es el caso de la Corporación Escuela de Música de Jardín, a la cual dedicó su aportación la estudiante Vanesa Castaño Arenas. El sentido testimonial y afectivo, con acordes didácticos permea la óptica escrita. No es para menos, porque la misión de este referente importantísimo es ser una instancia de formación artística, que ofrece programas de música para niños y niñas, jóvenes y adultos con el propósito de contribuir al crecimiento integral de sus estudiantes.

    Nos enorgullece el aporte reflexivo de una docente muy querida en Jardín, Mercedes del Tránsito Arrubla Carmona, quien ha ejercido su proyecto didáctico en la Institución Educativa Miguel Valencia, ubicada en la vereda Verdún. Desde ese espacio rural ha impulsado una conversación global que conecta a la comunidad con el mundo. Un lema vital estimula a la galardonada educadora: “Aprender observando, pensando, haciendo, experimentando investigando y jugando”.

    Las miradas etnográficas del colectivo estudiantil arrojan luz, asimismo, sobre el turismo masivo y sus repercusiones (leer a Nicolás Moreno Millán y Alejandra Villa Tobón).  Denotan la importancia de la organización para atender un fenómeno de interés social que debe ser indagado con el propósito de obtener resultados y tomar decisiones. Quienes hemos participado en la dilucidación de las aristas al respecto (la sección incluye un artículo mío) debemos procurar que las anotaciones antropológicas construidas individual y pluralmente sean pertinentes y actualizadas en las políticas públicas y la planificación municipal.  

   Recomendamos encarecidamente la lectura de Entre montañas e historias se hace el Jardín: miradas etnográficas. La rigurosidad académica y metodológica del estudio realizado convoca a socializarlo, de modo que rebase las afinidades personales, apele al análisis documentado, fomente la discusión de ideas diferentes y amplíe los horizontes de la comunidad jardineña.



[1] Jonatan Echeverri Zuluaga y otros (2026), Entre montañas e historias se hace el Jardín: miradas etnográficas, Medellín: Páramo Editorial.

[2] Ibid., 57.

29 abril 2026



 












“A todos nos llega la radio”

 

Martín Cruz Santos

 

"La radio afecta a la gente de una forma muy íntima, de tú a tú,
y ofrece todo un mundo de comunicación silenciosa
 entre el escritor-locutor y el oyente". 

 
Herbert Marshall McLuhan (1911-1980),
 filósofo y sociólogo de la comunicación 


 

A la memoria de Ramón Cruz Santos (1947-1987), mi hermano mayor, apasionado por la radio.

      El eslogan “A todos nos llega la radio” fue parte de una campaña publicitaria desarrollada por la Asociación de Radiodifusores de Puerto Rico[1] a finales de la década de 1970 y principios de la siguiente, si mal no recuerdo. La misión institucional de promover la radio y su influencia social enfrentaba la competencia de la televisión. Fluían tiempos cuando la búsqueda de reafirmar el alcance masivo de este medio auditivo, que, por su accesibilidad universal cumple una función social importantísima, ameritaba intensificar la difusión de sus fortalezas históricas. Celebrar en mayo el mes de la radio constituyó un aspecto de la agenda.  En la Isla, como en otros lugares de América y el mundo, es indudable el carácter comunicacional gracias a la capacidad de informar, interactuar, educar y entretener en tiempo real a los radioescuchas de diversos espacios geográficos, culturales y socioeconómicos.

    La emisora pionera en mi lar nativo, WKAQ-AM, comenzó a transmitir el 3 de diciembre de 1922.[2] Nací cuarenta años después y crecí escuchando la programación radial del decenio y posterior a 1970. Cito lo dicho al respecto en otra de mis reflexiones:

“A finales de los sesentas, la radio era el medio de comunicación que utilizábamos en nuestra casa y en las de la mayoría de los vecinos. La televisión comenzó en Puerto Rico en otro marzo, el de 1954, pero, en los barrios pobres de los municipios rurales de la Cordillera Central, en uno de los cuales vivíamos, la señal tardó en recibirse, más por la carencia de recursos económicos para comprar un aparato televisivo que por la disponibilidad tecnológica de la transmisión y la oferta comercial de la novedosa pantalla de imágenes en movimiento.”[3]

La radiofonía es alcanzable, gratuita, creíble, de recepción sonora y estimulante para la imaginación. Tanto que sonaban familiares las voces de locutores con dicción impecable que notificaban sucesos al nacer el día. La diversión llegaba en el meridiano acompañada por comedias y variedades. Para mis padres, el informe meteorológico era sagrado, particularmente, en la temporada de huracanes en el Caribe (1 de junio al 30 de noviembre). No faltaban las radionovelas, algunas creadas por literatos puertorriqueños, cuyos personajes visualizamos a través de imágenes acústicas. Claro está, también recibíamos programas de distintos países, como el Radio periódico El Espectador (Colombia), México Canta para Puerto Rico (México) y Mi tío Juan, un hombre fuera de serie (esta última producida por el Servicio Radiofónico para América Latina (SERPAL), entre otros.

   La apreciación musical primera la aprendimos a distancia. Un aparato transistor coadyuvó a moldear y ampliar los gustos estéticos de muchos que, incluso, soñábamos con interpretar algún instrumento o cantar. Las ondas radiales trajeron la Salsa reciente, pero también sus ingredientes cubanos previos: el son montuno, la rumba (especialmente, el guaguancó), la guaracha, el mambo y el cha-cha-cha. Asimismo, la bomba y la plena de la Isla del Encanto. Las emisoras emitían boleros, baladas, soul, jazz y el rock de Carlos Santana y su guitarra mágica. Disfrutamos, además, de la instrumentalidad clásica, porque había segmentos dedicados no solo a la música popular.

   Agradezco a quienes dedican su vida entusiasta a la locución y complacen las peticiones de los radio oyentes. Recuerdo que, en el caso que nos ocupa, apelaban mayormente a canciones específicas y saludos para los seres queridos. Cuántas veces nos enteramos de la enfermedad o defunción de más de uno por un parte radial. Y, cómo olvidar los anuncios comerciales de los establecimientos locales que avisaban sobre los productos recién llegados o alguna vacante de empleo. Identificábamos vocablo y persona, novedad y hecho, resonancia y articulación de pensamientos, en fin, la radio con un mundo de posibilidades.

   Ramón, a quien dedico estos apuntes, inventaba un estudio donde ensayar con una grabadora portátil que adquirió tras cursar por correspondencia un curso de expresión oral. Aquel precedente de la educación en línea ofrecía algunas oportunidades, que, de otro modo, eran inasequibles para jóvenes pobres. Le gustaba grabar mensajes, sintonizar señales de amplitud modulada (AM) y frecuencia modulada (FM), deleitarse con la música y analizar las opiniones vertidas sobre temas políticos.

     En ese ámbito, después de su muerte, seguí los pasos de él e incursioné en proyectos específicos de comunicación social. Al principio, sentí afición por la onda corta antes que conectará la radio en internet (radio online). Resultaba maravilloso captar transmisiones internacionales. Más tarde colaboré con algunas estaciones, públicas o comerciales, hasta que, junto a un grupo de colegas universitarios, creamos Pulso Metropolitano, una iniciativa virtual de la Escuela de Ciencias Sociales, Humanidades y Comunicaciones de la Universidad Metropolitana, hoy Universidad Ana G. Méndez, con sede en San Juan, Puerto Rico. Junto a la práctica docente, esos fueron los antecedentes de Conversaciones con Martín Cruz Santos, el podcast originado en un canal de YouTube (@MCRUZSA) para comunicar contenidos que propicien encuentros socioculturales y conversar sobre temas contemporáneos; y, recientemente, Ruta Cultural, servicio público y no promocional dedicado a difundir información pertinente a proyectos y actividades culturales de Jardín y el suroeste antioqueño, que es transmitido por Ondas de Jardín, la radio de la Villa Encantada (96.5 FM y en internet: ondasdejardin.com.co, y el canal de Conversaciones).

     A mi juicio, lejos de perder vigencia a causa de las plataformas digitales cambiantes vertiginosamente, la radio ha amplificado la cobertura y transformado los formatos tradicionales mediante el streaming y el podcast. Integrar las redes sociales a la estructura de interactividad ha redundado en la diversificación de la audiencia. Evidencia su evolución adaptándose a una presencia actualizada, coherente y capaz de responder a las necesidades y los retos de las comunidades. A todos nos llega la radio, queda demostrado en mis Reflexiones desde el Jardín.

 

 



[1] Es una organización sin fines de lucro que agrupa a las emisoras de radio del archipiélago puertorriqueño desde el año 1947, cuando fue fundada.

[3] Martín Cruz Santos, Vietnam: memorias de una guerra 50 años después, disponible en: https://conversacionesconmartincruzsantos.blogspot.com/2025/10/foto-de-eddie-adam-associated-press.html

 





01 abril 2026



Entre tener y deber: juntos, pero no revueltos

 

Martín Cruz Santos

 

“Hay un deber que abarca a todos los demás:
es el deber de los deberes.
Consiste en cumplirlos todos,
cualquiera que sea su carácter,
cualquiera el objeto de su aplicación”.[1]
 
Eugenio María de Hostos (1839-1903),
filósofo, educador, sociólogo, político y
escritor puertorriqueño.

 

    En tiempos cuando el autoritarismo disfrazado de mandato democrático impone sus deseos, intereses y objetivos por doquier en el mundo es recomendable afianzar la voluntad, la libertad y la responsabilidad para no sucumbir a la docilidad como táctica de sobrevivencia. Ocurre que obedecer sin cuestionar se ha convertido en una aptitud de civiles uniformados. Probablemente es una confusión inculcada socialmente en aras de conformar a seres racionales en ingenuos, sumisos y ávidos de producir, consumir y codiciar. La moral del tener, verbo con múltiples acepciones, ocupa el lugar del deber.

     Confieso que desde mi juventud he vivido cierta aversión a las imposiciones. La expresión “tienes que ser o hacer” me resulta ácida, chocante, pretensiosa y desafiante. Prefiero “debes ser o hacer”, aunque puede venir cargada de un carácter directivo externo que es preciso detectar inmediatamente. Mi madre solía decir al respecto: “si quieres sugerirle algo a Martín, no le digas tienes, sino, debes”. Reconocía mi condición antiautoritaria en ciernes. Un compañero de estudios universitarios iniciales opinaba de mí que tenía problemas con la autoridad, lo cual considero un juicio desacertado, ya que, en realidad, me pesa el ejercicio abusivo del poder, no la facultad de ejercerlo legítimamente por competencia y calidad en el proceso de la búsqueda de consensos en determinado grupo. Al fin y al cabo, se trata de la potestad ligada al deber.

    Aportemos, sucintamente, un fundamento filosófico al asunto. La intelectual y teórica política Hannah Arendt (1906-1975), planteaba que el poder político en una sociedad no es una tenencia permanente, sino la prerrogativa transitoria para actuar en pro de los acuerdos que propicien la concertación. Por el contrario, el autoritarismo tiende a la acumulación y ostentación de la supremacía acompañada con la violencia y la destrucción, no a la creación de fines comunes que habiliten la cohesión social. Debilitada la legitimidad, se recurre a la fuerza y el sometimiento para avalar el exceso de autoridad.[2] He ahí el sustento primordial de la actitud que manifiesto.

     Retornemos a la cotidianidad del problema. Entre los veinticinco significados que admite el verbo tener en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (RAE), es el número 17, al que hago resistencia, a saber: “denota la necesidad o determinación de hacer aquello que expresa una cláusula”. Lo impugno, si la exigencia o disposición no me pertenece. La diferencia principal entre la heteronomía del “tener” y la autonomía del “deber” estriba en el dominio de un poder ajeno (heterónomo) que impide el desarrollo libre de alguien (autónomo) en su proceder. En ambos casos existe la obligación, sin embargo, la obligatoriedad moral es escogida conscientemente, pese a las influencias consuetudinarias del contexto histórico y cultural específico, e implica el cumplimiento de los deberes aceptados en la práctica del criterio propio. No medía la sujeción a otro, pero sí el compromiso ético decidido.

   A tenor con esta línea de ideas, aborrezco la incesante pretensión de incidir en la conducta de los congéneres promulgando dictámenes, arengas y preceptos repletos de prohibiciones y condenas ideológicamente convenidas. Exaspera la forma de comunicar e instruir para el conformismo y el sostenimiento de un orden de privilegios que favorece a unos pocos. Queda ausente el respeto al derecho ajeno plasmado en libertades humanas y civiles tales como el pensamiento, las creencias y la expresión. En cambio, no faltan los cánones y las etiquetas que delinean los perfiles de los elegidos. El resultado es la transmutación del deber en un mecanismo de intimidación al cual subyace la intención de mantener al atemorizado en el rol de adepto incondicional, simplemente, porque “tiene que ser”.

     El epígrafe que seleccioné para este escrito se refiere al deber de los deberes entendido por Hostos como el imperativo moral y principio rector capaz de integrar al ciudadano en el buen vivir comunitario. Lejos de señalar el camino a seguir, invita a razonar sobre las responsabilidades contraídas, porque constituyen el punto de partida y llegada del quehacer ético. La incumbencia asumida libremente es causa de felicidad, mientras que el cumplir para merecer un premio o evitar el castigo, ambos forzados por la coacción, acarrea la aceptación del “tener” inevitable, que aproxima al autoritarismo y aleja de la autodeterminación inherente al deber ser. Debo reafirmarlo en mis Reflexiones desde El Jardín.  



[1] Eugenio María de Hostos (1906, primera edición 1888), Moral Social, Madrid: Imprenta de Bailly-Bailliere e hijos, pág., 97.

          [2] Hannah Arendt (1970), On Violence, New York: Harcourt Brace Jovanovich Publishers.




 

01 marzo 2026


 

Un dueto de amor, voluntad, coherencia y determinación

 

Martín Cruz Santos

 

“Bendito el lugar
y el motivo de estar ahí,
bendita la coincidencia

Bendito el reloj
que nos puso puntual ahí,
bendita sea tu presencia”.[1]

 

   A Claudia, cuya vida es el amor mismo manifestado en cada acto que realiza.

    Las historias construidas a son de alegrías y sentimientos crecientes son contadas rumiando. Propósito que figura templar las cuerdas para enternecer los arpegios y dignificar lo vivido. Toma tiempo y entusiasmo plasmar las vivencias. Por tal razón, al paso de los días y tras reiterar incesantemente la voluntad de escribirlo, habiendo narrado una y otra vez cómo Claudia y yo nos conocimos y amamos, usualmente como respuesta a interrogantes curiosas, al fin emergieron las letras ensimismadas para testimoniar coherentemente la determinación convenida. Expondremos sucintamente la valentía de un dueto de amor comprometido cuyo origen estuvo apegado al encuentro pasajero que decidió ser permanente.

    Han transcurrido casi trece años desde aquel entonces cuando un viaje vacacional me trajo de Puerto Rico a Colombia. Visitar cuatro ciudades (Cartagena, Cali, Medellín y Bogotá) tejió el itinerario. Era la primera vez que venía a este hermoso País. Conocer su historia, apreciar los paisajes naturales y culturales, y, disfrutar el recorrido eran motivos suficientes para la aventura. Considero que los aportes profesionales de guías turísticos posibilitan aprovechar la experiencia al máximo. Todo coincidió favorablemente. Tanto, que el amor, Claudia y yo nos hallamos y convertimos el paseo en el comienzo de un proyecto de vida.

   Claudia fungió como nuestra guía de Medellín. El grupo de diez viajantes estuvo primero en Cartagena y luego en Cali antes de arribar a la Ciudad de la Eterna Primavera. De ahí partimos hacia Bogotá, la última parada antes del regreso a la llamada Isla del Encanto. Si bien el trayecto en su totalidad fue placentero, la estadía en el Valle de Aburrá resultó ser la más satisfactoria. De hecho, para no perderme ningún instante de la jornada, usé una mascarilla (tapabocas) al llegar al aeropuerto José María Córdova, ya que, prácticamente, yo era el único de la decena que no se había resfriado. Bendito antifaz constituido en el distintivo que desvió la mirada de Claudia hacia mí, un turista que, por lo visto, necesitaba ayuda.

    Ella, como hasta el sol de hoy, desplegó su amabilidad y dedicación ejemplar no solo conmigo, sino con cada persona a la que sirve con respeto. Afortunadamente, por esas vueltas que da la vida, germinó entre nosotros una inclinación afectiva con el sonido de las palabras mutuamente pronunciadas, los gestos espontáneos y las complicidades codificadas que acompañaron el devenir a partir de aquellos escasos días de habernos descubierto.  Al retornar a mi tierra, algo de mí quedó ávido de saber más de la mujer intérprete de patrimonios culturales y atractivos turísticos. Y la distancia abonó el querer para sentir desde lejos la cercanía protegida del olvido.

     Entre mensajes de texto, llamadas telefónicas profusas y pensamientos omnipresentes transcurrieron los meses de junio a diciembre de 2013. En ese paréntesis, Claudia sufrió un accidente laboral, convaleció en su hogar mientras yo coadyuvaba virtualmente a su recuperación en medio de mis faenas administrativas en la Universidad.[2] Añoraba llegar a mi casa en las noches para dialogar con ella y continuar alimentando la amistad que acrecentábamos. Las terapias habilitaron su tobillo fracturado, el amor rejuveneció mi ser pasado de la mitad de un siglo.  

    El tercio final de 2013 avanzaba. Apuntalamos una fecha para vernos más allá de la pantalla del celular y el computador. El primero de enero de 2014 pisé el suelo medellinense por segunda vez. Bastaron pocos momentos con Claudia para saber a ciencia cierta que iniciaba el periplo hacia nuestra realización amorosa. Tres veces más abordé un avión previo a octubre para volar a su lado. En mi quinto viaje de ese año aterrizamos en San Juan (Puerto Rico), justo el día después de su cumpleaños, que celebramos la noche anterior en su urbe natal, para acariciar una boda civil inmediata y la preparación de la segunda, en Medellín, en marzo siguiente. Cosa de locos, dirían algunos; afirmo: para vivir, no hay que estar locos, pero ayuda…

    Quien hace planes debe estar dispuesto a cambiarlos, si fuese necesario. Claudia y yo pensábamos que no habitaríamos en el archipiélago borincano durante un periodo extenso. Nos quedamos casi nueve años y ella aprendió a amar mi lar nativo y el cielo que lo cobija. Cultivamos amistades auténticas, callejeamos por ciudades y pueblos, trabajamos unidos para salir adelante y cumplimos las metas propuestas. Mi madre, quien la acogió como a su hija, bendijo la unión nuestra abrazándonos en el festejo conyugal en Colombia el 28 de marzo de 2015. Asimismo, al fallecer la mamá de Claudia, sin pretender llenar el vacío de la pérdida, se convirtió en apoyo espiritual para ella. Lo cual supo reciprocar apoyándome en el cuidado de mami hasta que la mujer que me vio nacer partió de este mundo el 4 de noviembre de 2021 a los 91 años.

   Consumados nuestros compromisos familiares y los profesionales, emprendimos otra etapa vital: las jubilaciones de ambos. A dueto, como lo habíamos soñado y planificado,[3] subimos la cordillera occidental de Los Andes colombianos para establecernos en Jardín, Antioquia, para mí, el corazón de Colombia, porque acá habitamos, anidamos las esperanzas y forjamos el tramo de la ruta actual recordando “el reloj que nos puso puntual ahí” y empujando los dos hacia el mismo lado. Ha sido con voluntad, coherencia y determinación, lema que nos identifica, apasiona y compromete. Sirva este recuento entrañable para manifestar el amor y admiración por Claudia Patricia Cárdenas Garcés, mi amada esposa, presente en estas Reflexiones desde El Jardín.

   



[1] Estrofas de la canción titulada Bendita tu luz, álbum: Amar es combatir, grupo Maná con el artista invitado Juan Luis Guerra, disquera WEA Latina (Warner Music), 2006. Es el tema musical que nos identifica desde que nos conocimos.

[2] Probablemente, es conocido por muchos de mis lectores que fui profesor universitario, además de administrador por una década (2004-2014) en la Universidad Ana G. Méndez, Recinto de Cupey, en San Juan, Puerto Rico.

[3] Algunos aspectos de esta historia están contenidos en la reflexión titulada Cambio de rumbo, disponible en: https://conversacionesconmartincruzsantos.blogspot.com/2023/07/cambio-de-rumbo-martin-cruz-santos-de.html ; igualmente, fueron abordados en Un lugar en el mundo, disponible en: https://conversacionesconmartincruzsantos.blogspot.com/2025/12/un-lugar-en-el-mundo-1-martin-cruz.html