Venezuela
y los sismos en el espejo
Martín Cruz Santos
“No le
temo a la culebra ni a cuarenta tiburones,
pero, si la tierra tiembla, corro más que los ratones.
Si la tierra tiembla
yo me voy de aquí.”[1]
Luis
Tata Guerra (1934-2015),
músico,
compositor y arreglista cubano
Aunque
la historia de las experiencias humanas advierte múltiples evidencias de la
sismicidad que subyace bajo nuestros pies, particularmente, en estas tierras americanas
donde tampoco son ajenos los volcanes y los huracanes, es desgarrador el dolor
causado por la pérdida de vidas. Venezuela es el espejo reciente al cual
dirigimos las miradas, particularmente, a partir del miércoles 24 de junio de 2026. Los expertos denominan
doblete sísmico al fenómeno natural “que ocurre cuando dos terremotos
principales son muy cercanos en el tiempo y el espacio”.[2] El segundo no es una réplica
del primero, porque su magnitud puede ser igual o mayor que el anterior. Recordemos
que allá el intervalo temporal entre ambos (de 7.2 y 7.5 en la escala Richter respectivamente) fue de apenas 39 segundos.
Las imágenes transmitidas por los medios
de comunicación social y las redes sociales propician visualizar a distancia el
sufrimiento conmovedor del pueblo venezolano, que, al momento de redactar este
escrito, llora perpleja la muerte de más de 2,200 personas, asiste a 11,200
heridos y busca a cerca de 50,000 desparecidos. Sin duda alguna, es una
tragedia ante la cual es insuficiente lamentarse por lo sucedido o manifestar
solidaridad a corto plazo. El reflejo del territorio sacudido puede alumbrar a
todo ser humano, especialmente, a quienes pisamos y edificamos en zonas de alta actividad
sísmica. Corresponde recapacitar sobre el antes, durante y después de un movimiento
telúrico. El conocimiento científico, las vivencias y el desarrollo tecnológico
deben acompañar la voluntad política para llevar a cabo los cambios imprescindibles
que mitiguen las consecuencias de los eventos naturales que catalogamos como
desastres.
La planificación, educación, capacitación,
prevención y evaluación son acciones inherentes a las políticas públicas y los planes a corto, mediano y largo plazos, prerrogativas
del Estado, gestor principal de las estrategias, los proyectos y las decisiones
para el mayor bien común. Hallar las soluciones a los problemas de un colectivo
ciudadano es un imperativo ineludible. Cuando la debilidad o la ausencia de competencia
para ejercer el poder, por causas diversas, arroja a la mayoría poblacional a
una precariedad frente a las calamidades, las probabilidades de una catástrofe
aumentan exponencialmente. Cómo olvidar el terremoto de Haití en el año 2010 y los
huracanes Irma y María en Puerto Rico en 2017. Son dos ejemplos de sucesos devastadores
originados por contingencias geofísicas y meteorológicas en áreas históricamente
vulnerables, pero, abandonadas a la suerte frente al colonialismo, la ineptitud
y el desgobierno de jurisdicciones venidas a menos. ¿A caso los seísmos eludieron
el suelo de la primera república negra del mundo hasta aquel fatídico momento?
¿La furia de los huracanes era desconocida en la colonia camaleónicamente
disfrazada de “estado, libre, asociado” desde 1952?
Como agravante, las multitudes suelen
refugiarse en imaginarios permeados de creencias mitológicas, religiosas y de
conspiraciones propensas a difundir narrativas simbólicas con significados inadecuados
para comprender la complejidad de la naturaleza. Dichos sistemas de ideas privilegian
diferentes pretensiones de entendimiento y cosmovisión, pero, no la teorización
fundamentada en la observación experimental, el pensamiento crítico y las
prácticas culturales, políticas y económicas respetuosas y sostenibles emanadas
de las corroboraciones, las divergencias y los consensos. A mi juicio, concluir
con la rapidez de la luz que determinado acontecimiento tectónico o climatológico
es un castigo divino o una hecatombe sospechosamente planificada es sinónimo de
fanatismo mágico religioso o de infantilismo pseudo científico.
Venezuela ha perdurado en la atención internacional
durante los años recientes. Muy probablemente continuará estando presente. Correspondería
a un análisis distinto auscultar cómo interactúa la crisis humanitaria de este
momento con las etapas previas. Por el respeto al duelo del hermano pueblo
venezolano, no me inmiscuyo en ese tema. Sin embargo, cabe acotar que los bloques
rocosos de la Placa del Caribe y la Placa Sudamericana, y sus respectivas fallas geológicas, referentes del
epicentro asolador, sirven de asiento a diversos países de la región que
habitamos. Independientemente de las circunstancias políticas que nos unen o
separan y los condicionamientos geopolíticos del momento, las representaciones del
dolor y la destrucción atraviesan el cristal roto del espejo de la República
Bolivariana de Venezuela y recorren distancias hasta inquietar y sacudir las sensibilidades,
conciencias y memorias de otros, como la mía, en mis Reflexiones desde el
Jardín.
[1]
Estrofa de la canción titulada “Si la tierra tiembla”, composición del músico,
compositor y arreglista cubano Luis “Tata” Guerra (1934-2014), quien residió en
Caracas desde 1960 hasta su fallecimiento. Existen diversas interpretaciones de la pieza
musical, pero, recordamos la grabación del también cubano Héctor Casanova con
la orquesta del dominicano Johny Pacheco incluida en el álbum Los amigos, publicado
por la disquera Fania Records en el año 1979. Comparto el enlace para escucharla:
https://open.spotify.com/intl-es/track/64WNNS5euq1zjdKcVCK915?si=3582730503b64b82
[2]
Redacción BBC Mundo (26 de junio de 2026), Qué es el “doblete sísmico” que
sacudió a Venezuela (explicación en video), disponible en: https://www.bbc.com/mundo/articles/c802303pj9lo

Aquello que nos golpea con mas fuerza, es lo que vemos que ocurre a otros, pero que no nos preparamos, por que estamos seguros que no nos ocurrirá a nosotros. Muy grave que todas.las viviendas que hizo Chavez, no tenían estructura antisísmicas. Eso dice mucho. Luis Eduardo Mejia
ResponderEliminarSaludos, Luis Eduardo. Gracias por comentar.
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