01 septiembre 2026


 

Aquella mañana del terremoto

Martín Cruz Santos

 

“Hay un instante, apenas unos segundos, en el que
el mundo deja de ser confiable. No es solo el movimiento
brusco del suelo ni el ruido seco de las paredes quebrándose.
Es algo más íntimo: una fisura en la certeza de que
la realidad obedece a un orden. 
Cuando la tierra tiembla,
también tiembla el mundo interior”.[1]

 

      Apenas habían transcurrido nueve días desde que el suelo de la Guaira fue sacudido bruscamente a finales de junio cuando escribí la reflexión titulada Venezuela y los sismos en el espejo.[2] A poco más de un mes del escrito, la tierra volvió a temblar, pero, en esta ocasión, el epicentro, localizado en el municipio de San José del Palmar, en la ruralidad del departamento colombiano del Chocó, dista unos ochenta y cuatro kilómetros en línea recta de Jardín, Antioquia, donde vivimos.  Las palabras que plasmé sobre el acontecimiento venezolano repercuten hoy:

“…las representaciones del dolor y la destrucción atraviesan el cristal roto del espejo de la República Bolivariana de Venezuela y recorren distancias hasta inquietar y sacudir las sensibilidades, conciencias y memorias de otros, como la mía…”[3]

En momentos angustiosos en la proximidad de las víctimas mortales, los sobrevivientes quebrantados, los destrozos de las viviendas, los hospitales, las escuelas y los espacios comunes de la infraestructura social, sentimos el impacto que nos dejó el terremoto de aquella mañana del lunes 10 de agosto de 2026 a las 7:34 A.M.

    Claudia y yo habíamos desayunado en nuestra casa, subimos al segundo nivel y nos alistamos para las actividades cotidianas. De repente escuchamos el sonido distintivo de una alarma y, en cuestión de segundos, sentimos que todo alrededor se movía en trepidación y oscilación. Pensamos fugazmente y nos situamos en el baño, dada la probable seguridad del armazón. Aumentaban el movimiento implacable, el ruido del crujir de las paredes y los techos, las caídas de objetos, así como también, el llanto de infantes y los gritos desesperados de adultos provenientes del exterior de la residencia. Enlazados en un abrazo amoroso, intenso y nervioso, permanecimos sobrecogidos por los eternos noventa segundos de la duración sísmica.

     Logramos salir ilesos y sin daños materiales relevantes. Una vez en la calle, los vecinos acudimos a un encuentro de supervivencia. Experimentamos una mezcla emocional manifestada en lágrimas, miradas sorprendidas, la alegría de vernos, el temor a las réplicas y la búsqueda inmediata de los seres queridos que no estaban en sus hogares en el instante terrible de la sacudida. El tiempo transcurrió entre los rumores, las especulaciones y las noticias que daban cuenta de la magnitud del temblor: 7.4 en la escala Richter, el tercero de esa categoría registrado en la historia de Colombia.[4] Comenzamos a entrever la tragedia que arrastra un fenómeno natural de tal envergadura.

     Al paso de las horas, recorrimos algunas rutas del pueblo. Observamos las damnificaciones en las fachadas y las tejas de variados inmuebles, especialmente, los patrimoniales, que cuentan con más de una centuria de haber sido levantados.  Luego supimos de las calamidades en el campo. Pero, más allá de los límites del territorio que habitamos en el suroeste antioqueño, es en los departamentos del Chocó, Risaralda, Valle del Cauca, Caldas y Quindío donde la devastación eclipsa las impresiones causadas a primera vista. El espejo de Venezuela, aludido en el texto susodicho, ya no luce empañado, sino que deslumbra la realidad circundante y, simultáneamente, se opaca con las lágrimas derramadas ante el inmenso dolor sentido en las capitales departamentales: Quibdó, Pereira, Cali, Manizales y Armenia, y los municipios afectados en dichas zonas.    

  “Estamos bien”, repetí como respuesta frecuente a los mensajes numerosos de solidaridad que recibimos de familiares y amigos, lo cual agradecemos profundamente. Claro, el estado de bienestar es condicionado. Y cómo no serlo, si la muerte transmutó la vida de cientos de personas y la desolación alcanza a miles. No resultar damnificados implica una responsabilidad compartida. Es un imperativo inexorable participar en las campañas de reconstrucción y colaborar, según las posibilidades de cada quien. Ciertamente, es menester pensar y actuar eficazmente, que entraña aprovechar la contigüidad geográfica y atenuar la lejanía con alianzas oportunas.

     La Tierra continúa moviéndose, sucede tras un seísmo, y la tectónica de las placas avanza en su proceso geológico. El conocimiento científico generado, en particular, sismológico, propicia no solo saber más y mejor a tenor con las dinámicas inherentes a los eventos causantes de secuelas catastróficas, sino, asimismo, planificar, organizar, prevenir, construir y recuperar la prolongación de la vida, con mayor resiliencia, en determinado lugar.  Recurro a la reflexión mencionada al inicio de ésta:

“Sin embargo, cabe acotar que los bloques rocosos de la Placa del Caribe y la Placa Sudamericana, y sus respectivas fallas geológicas, referentes del epicentro asolador, sirven de asiento a diversos países de la región que habitamos.” [5]

A lo citado, añádale, el nombre de cualquier placa, conozca los modos de interacción entre ellas conforme el desplazamiento de sus límites (divergentes, convergentes, transformantes), señale en un mapa la ubicación de su país o región e investigue al respecto. Superemos el pensamiento mágico, el sensacionalismo, las narrativas conspiratorias y la desinformación, con información crítica y veraz disponible en fuentes rigurosas. Preparémonos adecuadamente, porque la historia prosigue, incluso con sobresaltos, desastres, reedificaciones y otros devenires. Mientras tanto, comparto este aporte en mis Reflexiones desde El Jardín.

 



[1] José A. Posada Villa, Lo que se mueve por dentro cuando la tierra se mueve, Cambio, lunes 17 de agosto de 2026, disponible en: https://cambiocolombia.com/salud-y-bienestar/articulo/2026/8/lo-que-se-mueve-por-dentro-cuando-la-tierra-se-mueve

[2] Disponible en: https://conversacionesconmartincruzsantos.blogspot.com/2026/07/venezuela-y-los-sismos-en-el-espejo.html

[3] Ibid.

[4] Según el Servicio Geológico Colombiano, esa magnitud es superada solo por los terremotos acontecidos en el año 1906 (8.8) y el de 1979 (8.1). Ambos ocurridos en el extremo suroccidental del País. Fuente: https://www.sgc.gov.co/

[5] Disponible en: https://conversacionesconmartincruzsantos.blogspot.com/2026/07/venezuela-y-los-sismos-en-el-espejo.html

 

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