09 septiembre 2025


 

El Caribe otra vez…

Martín Cruz Santos

 

“En tanto denominación de una región geográfica,

el Caribe es una invención del siglo XX. Esta invención

arranca, precisamente, de la transición en nuestra región

de la hegemonía europea a la estadounidense”[1].

 

Antonio Gaztambide Geigel


   No sé a ustedes, pero a mí me aturde e indigna escuchar los estruendos de guerra alborotados con narrativas virulentas. Máxime cuando surgen en las cercanías costeras que bordean una parte del norte de Sudamérica, donde resido, y el arco de las Antillas, mi lugar de procedencia. El Caribe nuestro, decimos. ¿Qué tanto lo es? Concepto geográfico, étnico, cultural, musical, lingüístico y cambiante. Mar de colonizaciones, ruta de galeones europeos unas veces hundidos por la furia de los huracanes y otras a causa de la codicia y la competencia lucrativa entre filibusteros, corsarios y piratas. Tierras invadidas, conquistadas, colonizadas y expoliadas por españoles, franceses, británicos, holandeses, daneses, y alguna intentona alemana, antes de que los autodenominados plenipotenciarios estadunidenses ampliaran sus fronteras terrestres tragándose las aguas localizadas al sureste del Golfo de México, caprichosamente rebautizado por un presidente de turno en la Casa Blanca de Washington D.C.  tiempo atrás.

   El Caribe es una región geoestratégica desde antes de recibir ese nombre propio. Considerado como un área defensiva privilegiada por el imperio español, que dominó sus territorios isleños hasta la última década del siglo XIX, advino militarizada por Estados Unidos a partir de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), pero, principalmente, durante la Segunda (1939-1945). “Frontera Imperial”, en palabras del ilustre dominicano Juan Bosch,[2] el Caribe de influencia estadounidense, principalmente, aunque con añoranzas trasnochadas allende el Atlántico hasta el presente, de playas paradisiacas y paraísos fiscales también, es supeditado al patio trasero proyectado en la Doctrina Monroe[3] y ejecutado, en gran medida, por el tristemente célebre William McKinley[4]-admirado por Donald Trump[5]- para sellar el final del siglo diecinueve con la Guerra Hispanoamericana[6]. Triunfante la supremacía naciente contra el vetusto imperio español, el Caribe, con la adquisición de Puerto Rico como colonia, que no era contrincante directo en la mencionada conflagración, pero arrebatado más que cedido junto a Guam y las Filipinas (ambas posesiones de España en el Océano Pacífico) como botín de guerra, y Cuba como “protectorado” (eufemismo de neocolonia), y la compra de las islas vírgenes o colonias danesas por 25 millones de dólares en oro en 1917, acrecentó su importancia geopolítica.

   De esa mitad oceánica que lame la cintura de América y el contorno superior del litoral sudamericano han surgido esclavitudes, liberaciones, ritmos cadenciosos, producciones agrícolas, industriales, turísticas y, particularmente, revoluciones de mambises pertrechados de rebeldía, esperanza y valentía desde el último decenio del siglo XVIII hasta nuestros días. Pero, asimismo, asedios foráneos a vecinos caribeños, porque, lamentablemente, el Caribe, como es el caso de Puerto Rico, territorio invadido y ocupado en 1898, es catapulta para las agresiones militares en la región perpetradas por la potencia estadounidense con fines de dominación económica disfrazados con discursos caricaturescos de derechos humanos, democracia y libertad[7]. Términos cuyos significados son tan expansibles como los propósitos políticos que acompañan a quienes los pronuncian vehementemente en las atalayas imperiales convocando a “guerras civilizatorias”.

     Configurar enemigos reales o imaginarios e introyectarlos en el pensamiento ingenuo y consumista de las poblaciones instrumentalizando los medios de comunicación social, la educación formal y la religión institucionalizada es inherente a los poderosos del mundo. Bajo el pretexto de amenazas a la seguridad nacional la historia contemporánea evidencia que el miedo es un remedio eficaz para conjurar espíritus guerreros listos para someter a diversos oponentes (subrayo la diversidad): ayer eran negros esclavizados, brujas y hechiceras, protestantes, judíos, herejes, asiáticos mal llamados orientales, entre otros; hoy son los comunistas, islámicos, inmigrantes, narcotraficantes, terroristas, y amplíe la lista a su gusto. Las cruzadas anti cambios y a favor de un paternalismo autoritario con licencia para reordenar un bienestar primigenio que nunca fue pululan al sonar de las trompetas apocalípticas abonadas con una fe ciega y la razón adormecida, que, al fin y al cabo, resulta ser lo mismo.

    Mientras tanto, continúa el genocidio despiadado en Gaza cometido por el Estado de Israel con la complicidad de la inercia mundial; una guerra interminable en Ucrania, un imperio en decadencia que, con tal de no rendir su voracidad de dominio, sacrifica a media humanidad. Latinoamérica y el Caribe son convertidas otra vez en el escenario de las intervenciones gringas con el aval y la conspiración de las élites rancias de diversos países que aspiran a permanecer eternamente y disfrutar de la acumulación de la riqueza producida por trabajadores con derechos conculcados. Opino que no se trata del fracaso de la “civilización”, porque tal concepto solo funcionó en la narrativa hegemónica occidental. Ni es el menoscabo de la democracia, porque su modelo liberal es un mecanismo de los oligarcas para mantenernos como ratones expectantes representados en el parlamento por gatos hambrientos. Si acaso, es un capítulo adicional, patético y riesgoso en la trayectoria histórica del afán de lucro y poder de unos pocos con muchos intereses por doquier.

     El Caribe nuestro, por serlo, es sufrido como los antepasados empobrecidos cuando sintieron y reconocieron el rol de medianeros en tierras apetecibles para la explotación agrícola, la minería y el expansionismo. Hoy la etiqueta de inmigrantes indocumentados, otrora fantasmagórica, palidece ante el nuevo epíteto de narcoterroristas con vocación de ataque letal. ¿Persiguen a narcotraficantes realmente? En Venezuela, a diferencia de Haití, las mayores reservas petroleras del mundo, el oro y las tierras raras mueven a las tropas del norte hacia el sur con su maquinaria de muerte en defensa de la “libertad y la democracia”, claro está, sin pasar por alto la etiqueta añejada de la lucha contra el narcotráfico. A su paso anegan el Caribe con maniobras militares intimidatorias. Ocurre, precisamente, donde multitudes humanas murieron sacrificadas en el altar de Mamón[8] para la mayor gloria de los privatizadores de la vida y sus dioses con pies de barro durante la conquista y colonización europea en el siglo XVI y los siguientes.  

     Escribir al respecto es superar el silencio y nadar contracorriente. Sin embargo, es imprescindible el aporte en mis Reflexiones desde El Jardín.



[1] Antonio Gaztambide (2006), La invención del Caribe a partir de 1898: las definiciones del Caribe revisitadas, Revista Jangwa Pana, vol. 5, núm. 1, enero-diciembre, 2006, pp. 1-24, Universidad del Magdalena Santa Marta, Colombia.

[2] Juan Emilio Bosch Gaviño (1909-2001) fue un escritor prolífico, historiador, pensador social, educador y político nacido en la República Dominicana, de la cual fue presidente constitucional a partir de 1963, pero derrocado mediante un golpe de estado patrocinado por el gobierno de Estados Unidos ese mismo año.

[3] Como sabemos, la Doctrina Monroe fue un pilar de la política exterior estadounidense iniciado por el quinto presidente de ese País, James Monroe, quien presidió de 1817 a 1825. En síntesis, el estatuto declaró la exclusión de las potencias europeas de la intervención en los territorios del continente americano y reservaba el dominio de los Estados Unidos sobre el hemisferio occidental.

[4] William McKinley (1843-1901) fue el presidente número 25 de los Estados Unidos. Veterano de la Guerra de Secesión, republicano, gobernador y congresista de Ohio, respectivamente, ocupó la silla presidencial de 1897 hasta 1901 cuando fue asesinado por un anarquista.

[5] Redacción de BBC News Mundo, 25 de enero de 2025, Quién fue y qué hizo el presidente William McKinley, del que Trump dice ser admirador, disponible en: https://www.bbc.com/mundo/articles/clynw9edzl6o 

[6]La denominada Guerra Hispanoamericana fue un conflicto bélico causado por la intervención de Estados Unidos en el conflicto de la guerra de independencia de Cuba librada contra el imperio español en 1898.

[7] El Departamento de Defensa, hoy bautizado como Departamento de Guerra por Trump, inició operaciones militares en Puerto Rico para invadir: República Dominicana (1965), Granada (1983), Panamá (1989) y, actualmente, se remilitariza el territorio puertorriqueño tras el cierre de bases militares en la primera década de este siglo, con prácticas militares en la planificación intervencionista en Venezuela y, tal vez, otros países del hemisferio con la justificación política de una lucha contra el narcotráfico.

[8] En la tradición judeocristiana, Mamón representa la avaricia, la acumulación de riquezas en detrimento de la justicia. Por tanto, no es un ser divino como tal, sino una personificación de la riqueza desordenada. 


11 agosto 2025


De la memoria y el olvido

Martín Cruz Santos

                             

“El recuerdo y el olvido vienen jugando a matarse,

ninguno quiso entregarse, pero el recuerdo ha vencido.”[1]

Salvador Tió (1911-1989)

  

     En mis años de docencia universitaria, al inicio de un curso básico de introducción al estudio de la historia, formulaba a mis estudiantes una pregunta incitadora para romper el hielo y abrir el diálogo: ¿por qué tememos al olvido? Hacía referencia a una expresión común en los sepelios: “te recordaremos siempre”, que verbalizada por diversos medios (oral, escrito, impreso, tatuado, pintado en paredes, entre otros) pretende, tal vez, activar un mantra que actúe como acicate para la memoria. Eran diversas las respuestas. Sin embargo, a todas subyacía una constante: tras el final de la vida, el ser permanece vivo en los recuerdos de quienes le sobreviven. Si vence el recuerdo, pierde el olvido.

     La existencia humana la definen las relaciones que establecemos en determinados contextos históricos. Denominamos historia a las acciones entreveradas en el espacio y el tiempo. Como afirmara el filósofo y economista alemán Karl Marx (1818-1883): “Los seres humanos hacen su propia historia, aunque bajo circunstancias influidas por el pasado”.[2] Precisamente, lo acontecido otrora deja huellas que pueden ser recordadas o no, aunque incidan directa o indirectamente en el presente. Sabemos que la memoria no es la historia, pero la posibilita. Me refiero más a la narrativa evocadora de los procesos marcadores de hitos sociales que a su accionar humano causante. Memoria y hechos no coinciden necesariamente, pero, sin lo primero son escazas las probabilidades de retrotraer lo segundo.

     Olvidar no es fortuito. Hay omisiones desgastadas por el envejecimiento y diferentes factores; algunas ocurren adrede. Ambas coinciden en las evocaciones malogradas. Entonces los relatos hablan a medias y cuentan migajas. Acuden disfrazados de grandilocuencias para inflar pechos y vaciar mentes. Por el contrario, al escasear las reminiscencias, resultan menguadas las emociones. Lástima que no haya un conjuro para sabotear las remembranzas estropeadas o, por lo menos, una pócima habilitadora de suspicacias capaces de distinguir entre el ayer y la amnesia.

      Claro, a propósito, es alentadora la invención del oficio de historiar. A decir del historiador británico Peter Burke, “los historiadores traducen el pasado y lo traen a su propio tiempo. Su trabajo es hacer inteligible el pasado a sus contemporáneos”.[3]  Auxilio para la memoria, antídoto para el olvido; aunque a medias en ambos casos, porque solo es factible rememorar aquello que se conoce sobre lo pretérito. Mientras tanto, permanecen olvidadas andanzas que nos trajeron al hoy por vericuetos insospechados. De ahí que el rescate de la memoria sumergida en la desintegración del olvido sea “un proceso continuo de interacción entre el historiador y sus hechos, un diálogo sin fin entre el presente y el pasado.”[4] La incesante vacuidad es razón suficiente para continuar hurgando y, simultáneamente, sembrar semillas que germinen en evocaciones futuras.

     Resuena en mí la interrogante que explayaba a mis alumnos: ¿por qué tememos al olvido? Considero que el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince ensaya una contestación adecuada en la obra donde memora la vida de su padre asesinado, Héctor Abad Gómez (1921-1987), médico salubrista, profesor universitario, periodista y defensor de los derechos humanos:

“Aunque puedo creerlo, no quiero imaginar el momento doloroso en que también las personas que más quiero -hijos, mujer, amigos, parientes- dejarán de existir, que será el momento en que yo dejaré de vivir, como recuerdo vivido de alguien, definitivamente”.[5]

Llegado el instante de la desaparición conclusiva, el consuelo actual anclado en la memoria dará paso al recuerdo fragmentario que se desvanecerá en el olvido. Atenúa el temor y regocija efímeramente plasmar por escrito mis Reflexiones desde El Jardín, que son parte de mi historia.



[1]  La estrofa es tomada del poema titulado “Las penas que me maltratan”, del poeta, escritor y promotor cultural puertorriqueño Salvador Tió y Montes de Oca (1911-1989), publicado en:  Salvador Tió y Montes de Oca, (1995), Soy boricua porque soy, San Juan: Editorial Plaza Mayor. Una musicalización del poema es obra del cantautor puertorriqueño Andrés Jiménez, quien la grabó en el disco Así Canta Puerto Rico (año 1984) con el sello Nuevo Arte. Enlace para acceder a la canción: https://youtu.be/zGgst1rYGm0?si=PMESwQmpO-AGsx8v

[2] La frase fue expresada por Marx en su obra El 18 Brumario de Luis Bonaparte (año 1852).

[3] Peter Burke (2003), Formas de hacer historia, Madrid: Alianza Editorial, pág. 17.

[4] Edward H. Carr, (2010, primera edición 1961), ¿Qué es la historia?, Barcelona: Editorial Ariel, pág. 30.

[5] Héctor Abad Faciolince (2017), El olvido que seremos, Barcelona: Editorial Alfaguara, pág. 318. La película homónima, dirigida por el cineasta español Fernando Trueba, filmada en el año 2020, está basada en dicha novela. 


 

29 mayo 2025



¿Por qué arrojar basura? o “ser humano y naturaleza”

Martín Cruz Santos

 

“Desde Aristóteles se sabe que la tierra, las montañas

y las rocas son organismos vivos; el mundo moderno olvidó

esa verdad simple y antigua”.[1]

Jorge Giraldo Ramírez

 

“Trascender es integrarse profundamente con el espíritu

de la naturaleza, con la gran comunidad a la cual pertenecemos

y de la cual somos una parte dinámica”.[2]

Martin Von Hildebrand

 

     Un amigo y colega profesor universitario dijo en una conferencia de tema científico, ante un público estudiantil diverso, y a modo de comentario jocoso y atinado: “todos somos animales, unos más que otros…” Entre las reacciones hubo carcajadas, pero, también sonrisas fabricadas con visos de una ofensa recibida. Algunas personas de marcado perfil religioso tradicional casi lo declararon anatema.  Aquellas palabras resonaron en oídos adaptados a imaginarios que acogen la dualidad del ser humano y la naturaleza como entes separados, a los que subyace un entramado ideológico armado con la supremacía racional del pretendido antropocentrismo, invención peligrosamente capaz de someter el “mundo natural” a la "voluntad civilizada". 

     El ser humano es parte, no aparte de la naturaleza. Somos seres vivos vinculados por hábitats interdependientes. Parto de esa premisa esbozada en los epígrafes. Nuestra especie cohabita el Planeta con otros millones de organismos. Solemos considerarnos racionales y conscientes para distinguir la especificidad de dos rasgos acompañantes del quehacer cultural.[3] Sin embargo, el desarraigo de no saberse ni sentirse miembro de la comunidad biológica languidece la presunta excelsitud del raciocinio, contradice la superioridad del animal humano y contamina el hogar planetario. ¿Cómo explicar que un ser “inteligente y sabio” dañe con sus actividades el ecosistema donde vive y atente, incluso, contra la salud propia? Formulo otra interrogante, precisamente, la motivadora de esta reflexión: ¿Por qué arrojar basura? Pregunta ésta que me quita el sueño y ronda mis pensamientos constantemente.

   Soy un caminante de rutas casi diarias por vocación y disciplina.[4] Es un placer andar por los caminos rurales y las calles del pueblo, contemplar el amanecer, escuchar atentamente los sonidos de las aves y el fluir del agua por los causes de los ríos y las quebradas, observar los colores de la floresta, compartir saludos con paseantes habituales o de ocasión y apreciar la limpieza del entorno que ayudamos a cuidar. Durante cada trayecto llevo una bolsa para recoger desperdicios sólidos. Sin excepción, la traigo llena. Hiere la sensibilidad encontrar cotidianamente envolturas de comestibles, latas y botellas plásticas o de cristal vacías, papeles sucios, cajetillas de cigarrillos, servilletas, recibos de pago, entre otros, arrojados a las vías públicas urbanas y las zonas del campo. La basura es una presencia indeseable en el medio ambiente, porque no pertenece a él, por el contrario, está compuesta de sustancias y residuos que afectan la calidad del suelo, el aire y el agua.

   ¿Por qué arrojar basura? Infiero que una parte de la respuesta es la escasez de sentido de pertenencia, es decir, la idea preconcebida de la naturaleza entendida como objeto ajeno a la persona, recurso explotable, vertedero clandestino y materia desechable distinta a la “esencia humana”. Añadamos la pseudo solidaridad inherente a la expresión condescendiente: “alguien la recoge y vive de eso”. A lo que es preciso ripostar con un mensaje leído en un parque recreativo: “no te pedimos que limpies este espacio, pero, te exigimos que no lo ensucies”. Botar sobras por doquier demuestra no solo indiferencia crasa, sino también, insensibilidad rampante y el vacío de conciencia social de quienes, arrogantemente, pretenden ser dueños o mayordomos de lo que no les pertenece.

     Consciente o inconscientemente, lanzar bazofia en cualquier lado es descartarla porque el contenido consumible fue agotado y lo restante es engorroso. No obstante, la actitud cívica, que, obviamente, amerita una pedagogía crítica y, en este caso, una ecoética (ética ambiental), promueve depositar la basura en los envases designados. Corresponde a las autoridades comunitarias proveerlos eficazmente.  Si no hay uno cerca, es pertinente desarrollar el hábito de llevarla consigo y luego dejarla en el recipiente adecuado, que nunca debe ser el ámbito natural ni el público (aceras, calles, parques, fachadas, entre otros). Lamentablemente, la ausencia de higiene personal es extrapolada al contexto externo. Dicho sin ánimo de insultar, pero, como dice un refrán: “a quien le caiga el sayo que se lo ponga”.

     “Contaminen sus lechos y una noche perecerán ahogados en sus propios residuos”, sentencia la respuesta del Cacique Seattle a Franklin Pierce, presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, en 1854.[5]  He ahí el riesgo mayor de minimizar el impacto tóxico de la basura. Si bien las responsabilidades a tenor con la contaminación admiten gradaciones, ya que transitan por los organismos internacionales, gobiernos nacionales, las empresas locales, regionales y transnacionales, la individualidad no está exenta. La estética afeada del habitáculo enfermado hoy irrumpirá mañana con repercusiones nefastas. Aparentemente, el acto de tirar un sobrante donde no compete es inofensivo, pero, las apariencias autoengañan. Es inmoral, ilícito e indigno. Cuales sean los argumentos, de haberlos, que persigan sustentar la insignificancia de un hecho irresponsable, carecen de verdad y validez.

    Me resulta llamativo cuando congéneres halagan el compromiso social de la limpieza asumido voluntariamente. Esperamos que sea un aliciente para no arrojar basura, recoger la encontrada e insistir hasta la saciedad en la educación para la vida, que incluye, claro está, el cultivo de los ángulos complejos del ser humano, ente bio-psicosocial, según afirma el pedagogo y filósofo francés Edgar Morín: “Desde ahora, una ética propiamente humana, es decir una antropoética debe considerarse como una ética del bucle de los tres términos (individuo+ sociedad +especie), de donde surgen nuestra conciencia y nuestro espíritu propiamente humano. Esa es la base para enseñar la ética venidera”.[6] Continuaré caminando, rumiando y proponiendo consideraciones en mis Reflexiones desde El Jardín.



[1] Jorge Ramírez Giraldo (2024), Citará, la montaña, el hogar, Medellín: Editorial Grámmata, pág. 97.

[2] Martin Von Hildebrand (2024), El llamado del Jaguar: mi vida en el Amazonas, Bogotá: Pengun Random House Grupo Editorial, S.A.S, pág. 238.

[3] Recomendamos la lectura de la reflexión previa publicada en nuestro blog: Pertinencia de las políticas culturales, disponible en: https://conversacionesconmartincruzsantos.blogspot.com/2025/04/pertinencia-de-las-politicas-culturales.html

[4] Léase al respecto: Caminar y cantar, disponible en: https://conversacionesconmartincruzsantos.blogspot.com/2023/10/caminar-y-cantar-martin-cruz-santos.html

[6]  Edgar Morin (1999), Los siete saberes necesarios para la universidad del futuro, disponible en línea:

https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf0000117740_spa

 


 

06 abril 2025



Pertinencia de las políticas culturales 

Martín Cruz Santos

     Hay tiempos cuando es ineludible retornar a los temas que ocuparon el pensamiento, la investigación y la posterior difusión de los hallazgos. Es el caso de la problematización del quehacer en torno a la cultura.  Máxime ante la urgencia que propicia el desprecio, la trivialización y el desmantelamiento de las actividades y la institucionalidad cultural en diversos países. Durante varios años dediqué esfuerzos académicos a hurgar en los fundamentos legales de las prácticas a tenor con determinado imaginario cultural impulsado por el Estado. Publiqué los resultados en un libro que utilizo como referencia principal en este escrito.[1]

   Antes de proceder al asunto central es adecuado aludir al concepto cultura en cuanto a su origen, desarrollo y significados, aunque sea sucintamente.  Desde una perspectiva occidental, que no es la única, claro está, el término cultura, es proveniente del latín cultus y era referente al cuidado del campo o del ganado. Entonces partimos de una concepción estrechamente relacionada con los seres humanos y la naturaleza en los modos de producción de bienes materiales. Cómo los grupos llevaban a cabo la configuración del entorno vital es medular al alcance original, porque confiere sentidos de pertenencias e identidades. Podemos aseverar que, con sus matices propios de cada espacio geográfico, tal representación se mantuvo arrimada a lo agrícola y ganadero, prácticamente, hasta el siglo XIII de la llamada Edad Media. Pero, hacia el siglo XVI, con el Renacimiento, adquirió una connotación metafórica como cultivación de las facultades humanas no alrededor de la productividad agraria, sino de la creación intelectual y estética.

    Consecuentemente, en la modernidad, el empuje racionalista y las visiones científicas condujeron a un enfoque centrado en la dominación de la naturaleza por el ser humano. En tal contexto ocurre el auge economicista del capitalismo en encaminándose a la etapa industrial apalancando la concepción de los recursos naturales explotables como materia prima encausada a la producción de la riqueza mediante la mano de obra asalariada y la acumulación del capital.  Posteriormente, en el siglo XVIII, la cultura emerge en el mundo académico como materia de reflexión. Con la Ilustración, quedaron entreveradas las nociones de la civilización y el progreso como portaestandartes pretendidamente hegemónicos de un ideario europeo.

     Esa visión comenzó a perder terreno hacia finales del siglo XIX y principios del XX con la cada vez más pujante influencia de las Ciencias Sociales, especialmente, la antropología. De modo que la teorización del objeto de estudio en cuestión ha abierto debates interminables dada la complejidad misma del término fundamentada en lo cambiante de las actividades humanas.  Cabe reformular una y otra vez la interrogante ¿qué es la cultura? Sin ambicionar definiciones categóricas, aventuro a decir que es un sistema de ideas, creencias, símbolos y expresiones que regulan un orden cuya coherencia depende de la normatividad configuradora de la identidad colectiva. Si abordamos el campo de regulaciones y normatividades, estamos en el ámbito de las políticas culturales.

     Dichos estatutos encuentran asentamiento en la institucionalidad, si las consideramos como el conjunto de las intervenciones realizadas por el Estado, las instituciones civiles y los grupos comunitarios organizados a fin de ofrecer una orientación al desarrollo de la creatividad simbólica y lograr la satisfacción de las necesidades culturales de una sociedad. Además, “son enunciados o definiciones que buscan la movilización del Estado y la sociedad para obtener determinados fines de carácter cultural”.[2]  Para el filósofo, antropólogo y sociólogo argentino, Néstor García Canclini, deben promover el crecimiento cultural de todos los ciudadanos y los grupos representativos de la sociedad.[3] Lejos de constituirse en imperativos, entiéndanse como los apoyos formales para la consecución de un orden social capaz de canalizar los aspectos de la cultura de una comunidad.[4] Tampoco son, aunque puede tornarse en, mecanismos del centralismo cultural o la construcción de identidades colectivas favorables a los intereses de una determinada clase social preponderante representada por el Estado. El horizonte preceptivo debe funcionar como guía idónea para acequiar articuladamente la diversidad de la gestión cultural.

     Ahora bien, cabe acotar que entra en el juego la legislación o instrumentalidad de la justificación social y jurídica para la implantación del andamiaje cultural. A propósito, Edwin Richard Harvey, abogado y profesor de política y legislación cultural comparada, en su trabajo titulado Políticas culturales en Iberoamérica y el mundo,[5] propone que a cada acto de política pública relacionado con la cultura subyace una legislación cultural que se apoya en la idiosincrasia del pueblo. Según él, “tienen por objeto satisfacer las necesidades culturales de la población y de la comunidad mediante el empleo óptimo de todos los recursos materiales y humanos que dispone una sociedad en un momento dado”.[6] He ahí la pertinencia.

    En un país, región o vecindad municipal, independientemente del desarrollo económico, social y político, la cantidad de habitantes y demás particularidades, establecer pautas de acción cuyos objetivos son definidos con atención y respeto a la agrupación es inherente a las políticas culturales. A partir de su puesta en práctica aportan a la producción simbólica y la codificación de la praxis ciudadana. Por el contrario, en la ausencia de ellas corremos el riesgo de privilegiar el espontaneísmo, la desarticulación o la implantación, contradictoriamente, de personalidades colectivas inamovibles. Insistamos, las culturas son dinámicas, por tanto, cambiantes y abiertas a interpretaciones contextualizadas históricamente. 

    Considero imprescindible aunar voluntades para ejercer la prerrogativa correspondiente a la responsabilidad compartida de estructurar la cultura en sus vertientes de crear, socializar, preservar, vivenciar y diversificar libre de chovinismos y conservatismos excluyentes. Ciertamente, no es privativo de un gobierno decretar los contenidos de la ocupación cultural. Mas bien es un ejercicio conjunto, pues la ciudadanía con sus diferencias sectoriales ha de enfrentar las distopías latentes en las narrativas moralistas y religiosas, entre otras, transmutadas en una singularidad impositiva que utiliza a conveniencia los aparatos ideológicos del Estado.[7] Asimismo, dejar al azar el devenir de las acciones creativas y sus aristas divergentes fomenta el atomismo social. Probablemente, el equilibrio se halla al aupar, organizar, orientar, documentar y favorecer la diversidad cultural.

     Finalmente, forjar políticas culturales requiere la comprensión profunda del carácter evolutivo de las mentalidades o representaciones de cada pueblo. La idea es garantizar que las disposiciones normativas expresen el modo de ser o ir siendo de las identidades en construcción. Es recomendable practicar continuamente el análisis, la revisión y la apertura crítica ante los cambios históricos. En resumidas cuentas, debemos generar política pública mediante la indagación participativa y sistemática que responda al bien común mediante la búsqueda de soluciones y la toma de decisiones. Son cuestiones apremiantes que debemos considerar en mis Reflexiones desde El Jardín.  



[1] Martín Cruz Santos (2014), Afirmando la nación… políticas culturales en Puerto Rico (1949-1968), San Juan: Ediciones Callejón.

[2] Ministerio de Cultura de la República de Colombia, (2010), Compendio de Políticas Culturales, Bogotá: Industrias Gráficas Darbel, pág. 31

[3] Néstor García Canclini, (1987), Políticas culturales en América Latina, México: Editorial Grijalbo, S.A., 1987, pág. 54.

[4] Véase al respecto: Toby Miller y George Yúdice, (2004), Política cultural, Barcelona: Editorial Gedisa, S.A., pág. 11.

[5] Edwin R. Harvey, Políticas culturales en Iberoamérica y el mundo (Madrid: Editorial Tecnos, S.A., 1990).

[6]Ibid., pág. 15.

[7] El término aparato ideológico del estado fue acuñado por el filósofo francés Louis Althusser y propicia indagar en la ideología como mecanismo del poder político institucional. Véase: Louis Althusser, Ideología y Aparatos Ideológicos del Estado, en: Žižek, Slavoj (compilador). Ideología: un mapa de la cuestión (México: Fondo de Cultura Económica, 1994), 115-155.

 

 

03 marzo 2025


Apuntes para un observatorio social sobre la escasez de vivienda

en Jardín, Antioquia

 Martín Cruz Santos

 

     En varias publicaciones he reflexionado sobre el tema de la preocupación generalizada por el alza en los precios de los arriendos, la venta y la escasez de vivienda en Jardín, Antioquia.[1] Como sucede en otros pueblos del mundo, es un problema social creciente en detrimento de personas y familias que no encuentran vivienda disponible para arrendar a largo plazo o los precios están fuera de su alcance presupuestario. Acá suele buscarse las causas en el auge del turismo y los negocios que lo acompañan, la especulación inmobiliaria y la gentrificación. Sin embargo, son más los testimonios individuales y los rumores anecdóticos que la documentación confiable al respecto. Por tanto, es imprescindible estudiar el asunto con el rigor que amerita.

    Como antecedente inmediato, recordamos que en el año 2024 surgió la iniciativa de llevar a cabo un conversatorio con el propósito de clarificar y entender conceptos tales como la gentrificación y la turistificación asociados con la contrariedad en cuestión. La respuesta del público asistente a la actividad del viernes 24 de mayo de 2024 evidenció la urgencia de organizar, investigar y proponer soluciones a los dilemas planteados que aquejan a la comunidad jardineña. Para ser consecuentes al respecto, debemos enfrentarlos a tiempo, si no es que ya estamos tarde. Esbozaré algunas ideas en cuanto erigir un instrumento de análisis y acción que propicie canalizar la actividad colectiva. Proponemos la creación de un observatorio social.

Observatorio social, ¿qué es?

    Es un medio de investigación participativa y de organización para atender un fenómeno de interés mutuo que debe ser analizado con el propósito de lograr resultados y tomar decisiones. Quienes participan en el proceso deben procurar que la información obtenida sea veraz, pertinente y actualizada. Recopilarla supone un trabajo de indagación articulado metodológicamente. El instrumento puede tener carácter permanente o transitorio de acuerdo con los objetivos cifrados inicialmente.

Funciones de un observatorio social

  Las funciones emanan de los propósitos definidos. Por tanto, se ha de tener claro el problema de investigación, esto es, la situación específica que afecta a la comunidad en determinada coyuntura. A partir de esa realidad es posible avanzar. En un nivel general, las funciones son:

1.    Definir el problema a solucionar

2.    Organizar el procedimiento de estudio

3.    Desarrollar investigación a partir de la materia definida como problema

4.    Recopilar, analizar y documentar la información

5.    Establecer los canales de difusión del conocimiento alcanzado

6.    Informar a la comunidad los hallazgos y el desarrollo del trabajo realizado

7.    Decidir y establecer los planes de acción colaborativa

8.    Promover las actividades consecuentes con el plan de trabajo

9.    Evaluar la marcha del proceso, los resultados y las etapas subsiguientes

La diversidad de ocupaciones confluye en el monitoreo constante y eficaz del fenómeno enfocado. Es fundamental el intercambio de ideas e información con la comunidad y, en particular, las personas más afectadas, para fomentar y acrecentar el sentido de pertenencia mediante la participación.

Alcance político

  Los hallazgos deben influir en las políticas públicas. Al hacerlo, ejercemos la responsabilidad ciudadana que nos compete. Por ejemplo, podría hacerse uso de la veeduría ciudadana como recurso jurídico del Estado colombiano, si fuera necesario. Es razonable que el organismo integre perspectivas disciplinarias de estudio capaces de abarcar saberes culturalmente amplios. De ese modo, las miradas sociológicas, legales, históricas, políticas, económicas y financieras, estadísticas, literarias y artísticas, entre otras, aportarán a la mayor y mejor comprensión del contexto histórico donde enfrentamos las circunstancias adversas que nos ocupan. 

    Aportamos estos apuntes desde el compromiso ético y la voluntad de ejercerlo. La unidad de los esfuerzos conjuntos entre las autoridades municipales, la vecindad, las organizaciones varias y los individuos configurará los cambios necesarios para la satisfacción del bien común. Así lo constato en mis Reflexiones desde El Jardín.



[1] Recomendamos la lectura de: Gentrificación urbana y rural, disponible en línea: https://conversacionesconmartincruzsantos.blogspot.com/2023/08/gentrificacion-urbana-y-rural-martin.html ; Escasez de vivienda, ¿Por qué? La fecha origina de la entrada en el Blog es el 27 de agosto de 2023.  Dada la importancia que le atribuimos, republicamos el artículo el 7 de febrero de 2024. Recomendamos su lectura disponible en: https://conversacionesconmartincruzsantos.blogspot.com/2024/02/escasez-de-vivienda-por-que-nota-previa.html ; De la gentrificación y turistificación a la xenofobia y la insolidaridad, disponible en:   https://conversacionesconmartincruzsantos.blogspot.com/2024/02/de-la-gentrificacion-y-turistificacion.html, Cooperativas de vivienda: sus posibilidades. Disponible en: https://conversacionesconmartincruzsantos.blogspot.com/2024/04/cooperativas-de-vivienda-sus.html ; Las burbujas inmobiliarias no son de amor, disponible en: https://conversacionesconmartincruzsantos.blogspot.com/2024/05/las-burbujas-inmobiliarias-no-son-de.html