¿Por
qué arrojar basura? o “ser humano y naturaleza”
Martín Cruz Santos
“Desde
Aristóteles se sabe que la tierra, las montañas
y
las rocas son organismos vivos; el mundo moderno olvidó
esa
verdad simple y antigua”.[1]
Jorge
Giraldo Ramírez
“Trascender
es integrarse profundamente con el espíritu
de
la naturaleza, con la gran comunidad a la cual pertenecemos
y
de la cual somos una parte dinámica”.[2]
Martin
Von Hildebrand
Un amigo y colega profesor universitario
dijo en una conferencia de tema científico, ante un público estudiantil diverso,
y a modo de comentario jocoso y atinado: “todos somos animales, unos más que
otros…” Entre las reacciones hubo carcajadas, pero, también sonrisas
fabricadas con visos de una ofensa recibida. Algunas personas de marcado perfil
religioso tradicional casi lo declararon anatema. Aquellas palabras resonaron en oídos
adaptados a imaginarios que acogen la dualidad del ser humano y la naturaleza
como entes separados, a los que subyace un entramado ideológico armado con la supremacía
racional del pretendido antropocentrismo, invención peligrosamente capaz de
someter el “mundo natural” a la "voluntad civilizada".
El ser humano es parte, no aparte de la naturaleza.
Somos seres vivos vinculados por hábitats interdependientes. Parto de esa premisa
esbozada en los epígrafes. Nuestra especie cohabita el Planeta con otros
millones de organismos. Solemos considerarnos racionales y conscientes para
distinguir la especificidad de dos rasgos acompañantes del quehacer cultural.[3] Sin embargo, el desarraigo
de no saberse ni sentirse miembro de la comunidad biológica languidece la presunta
excelsitud del raciocinio, contradice la superioridad del animal humano y
contamina el hogar planetario. ¿Cómo explicar que un ser “inteligente y sabio”
dañe con sus actividades el ecosistema donde vive y atente, incluso, contra la
salud propia? Formulo otra interrogante, precisamente, la motivadora de esta
reflexión: ¿Por qué arrojar basura? Pregunta ésta que me quita el sueño y ronda
mis pensamientos constantemente.
Soy un caminante de rutas casi diarias por
vocación y disciplina.[4] Es un placer andar por los
caminos rurales y las calles del pueblo, contemplar el amanecer, escuchar
atentamente los sonidos de las aves y el fluir del agua por los causes de los
ríos y las quebradas, observar los colores de la floresta, compartir saludos
con paseantes habituales o de ocasión y apreciar la limpieza del entorno que
ayudamos a cuidar. Durante cada trayecto llevo una bolsa para recoger
desperdicios sólidos. Sin excepción, la traigo llena. Hiere la sensibilidad
encontrar cotidianamente envolturas de comestibles, latas y botellas plásticas o
de cristal vacías, papeles sucios, cajetillas de cigarrillos, servilletas, recibos
de pago, entre otros, arrojados a las vías públicas urbanas y las zonas del
campo. La basura es una presencia indeseable en el medio ambiente, porque no
pertenece a él, por el contrario, está compuesta de sustancias y residuos que
afectan la calidad del suelo, el aire y el agua.
¿Por qué arrojar basura? Infiero que una parte de la respuesta es la escasez de sentido de pertenencia, es decir, la idea preconcebida de la naturaleza entendida como objeto ajeno a la persona, recurso explotable, vertedero clandestino y materia desechable distinta a la “esencia humana”. Añadamos la pseudo solidaridad inherente a la expresión condescendiente: “alguien la recoge y vive de eso”. A lo que es preciso ripostar con un mensaje leído en un parque recreativo: “no te pedimos que limpies este espacio, pero, te exigimos que no lo ensucies”. Botar sobras por doquier demuestra no solo indiferencia crasa, sino también, insensibilidad rampante y el vacío de conciencia social de quienes, arrogantemente, pretenden ser dueños o mayordomos de lo que no les pertenece.
Consciente o inconscientemente, lanzar bazofia
en cualquier lado es descartarla porque el contenido consumible fue agotado y
lo restante es engorroso. No obstante, la actitud cívica, que, obviamente,
amerita una pedagogía crítica y, en este caso, una ecoética (ética ambiental), promueve
depositar la basura en los envases designados. Corresponde a las autoridades
comunitarias proveerlos eficazmente. Si
no hay uno cerca, es pertinente desarrollar el hábito de llevarla consigo y
luego dejarla en el recipiente adecuado, que nunca debe ser el ámbito natural ni
el público (aceras, calles, parques, fachadas, entre otros). Lamentablemente,
la ausencia de higiene personal es extrapolada al contexto externo. Dicho sin
ánimo de insultar, pero, como dice un refrán: “a quien le caiga el sayo que
se lo ponga”.
“Contaminen sus lechos y una noche perecerán
ahogados en sus propios residuos”, sentencia la respuesta del
Cacique Seattle a Franklin Pierce, presidente de los Estados Unidos de
Norteamérica, en 1854.[5] He ahí el riesgo mayor de minimizar el
impacto tóxico de la basura. Si bien las responsabilidades a tenor con la
contaminación admiten gradaciones, ya que transitan por los organismos
internacionales, gobiernos nacionales, las empresas locales, regionales y
transnacionales, la individualidad no está exenta. La estética afeada del
habitáculo enfermado hoy irrumpirá mañana con repercusiones nefastas. Aparentemente,
el acto de tirar un sobrante donde no compete es inofensivo, pero, las
apariencias autoengañan. Es inmoral, ilícito e indigno. Cuales sean los
argumentos, de haberlos, que persigan sustentar la insignificancia de un hecho
irresponsable, carecen de verdad y validez.
Me
resulta llamativo cuando congéneres halagan el compromiso social de la limpieza
asumido voluntariamente. Esperamos que sea un aliciente para no arrojar basura,
recoger la encontrada e insistir hasta la saciedad en la educación para la
vida, que incluye, claro está, el cultivo de los ángulos complejos del ser
humano, ente bio-psicosocial, según afirma el pedagogo y filósofo francés Edgar
Morín: “Desde ahora, una ética propiamente humana, es decir una antropoética
debe considerarse como una ética del bucle de los tres términos (individuo+
sociedad +especie), de donde surgen nuestra conciencia y nuestro espíritu
propiamente humano. Esa es la base para enseñar la ética venidera”.[6] Continuaré caminando, rumiando
y proponiendo consideraciones en mis Reflexiones desde El Jardín.
[1]
Jorge Ramírez Giraldo (2024), Citará, la montaña, el hogar, Medellín:
Editorial Grámmata, pág. 97.
[2]
Martin Von Hildebrand (2024), El llamado del Jaguar: mi vida en el Amazonas,
Bogotá: Pengun Random House Grupo Editorial, S.A.S, pág. 238.
[3]
Recomendamos la lectura de la reflexión previa publicada en nuestro blog: Pertinencia
de las políticas culturales, disponible en: https://conversacionesconmartincruzsantos.blogspot.com/2025/04/pertinencia-de-las-politicas-culturales.html
[4]
Léase al respecto: Caminar y cantar, disponible en: https://conversacionesconmartincruzsantos.blogspot.com/2023/10/caminar-y-cantar-martin-cruz-santos.html
[5]
Carta del Cacique Seattle, disponible en: http://herzog.economia.unam.mx/profesores/blopez/valoracion-swamish.pdf
[6]
Edgar Morin (1999), Los siete saberes
necesarios para la universidad del futuro, disponible en línea:
https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf0000117740_spa
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