29 mayo 2025



¿Por qué arrojar basura? o “ser humano y naturaleza”

Martín Cruz Santos

 

“Desde Aristóteles se sabe que la tierra, las montañas

y las rocas son organismos vivos; el mundo moderno olvidó

esa verdad simple y antigua”.[1]

Jorge Giraldo Ramírez

 

“Trascender es integrarse profundamente con el espíritu

de la naturaleza, con la gran comunidad a la cual pertenecemos

y de la cual somos una parte dinámica”.[2]

Martin Von Hildebrand

 

     Un amigo y colega profesor universitario dijo en una conferencia de tema científico, ante un público estudiantil diverso, y a modo de comentario jocoso y atinado: “todos somos animales, unos más que otros…” Entre las reacciones hubo carcajadas, pero, también sonrisas fabricadas con visos de una ofensa recibida. Algunas personas de marcado perfil religioso tradicional casi lo declararon anatema.  Aquellas palabras resonaron en oídos adaptados a imaginarios que acogen la dualidad del ser humano y la naturaleza como entes separados, a los que subyace un entramado ideológico armado con la supremacía racional del pretendido antropocentrismo, invención peligrosamente capaz de someter el “mundo natural” a la "voluntad civilizada". 

     El ser humano es parte, no aparte de la naturaleza. Somos seres vivos vinculados por hábitats interdependientes. Parto de esa premisa esbozada en los epígrafes. Nuestra especie cohabita el Planeta con otros millones de organismos. Solemos considerarnos racionales y conscientes para distinguir la especificidad de dos rasgos acompañantes del quehacer cultural.[3] Sin embargo, el desarraigo de no saberse ni sentirse miembro de la comunidad biológica languidece la presunta excelsitud del raciocinio, contradice la superioridad del animal humano y contamina el hogar planetario. ¿Cómo explicar que un ser “inteligente y sabio” dañe con sus actividades el ecosistema donde vive y atente, incluso, contra la salud propia? Formulo otra interrogante, precisamente, la motivadora de esta reflexión: ¿Por qué arrojar basura? Pregunta ésta que me quita el sueño y ronda mis pensamientos constantemente.

   Soy un caminante de rutas casi diarias por vocación y disciplina.[4] Es un placer andar por los caminos rurales y las calles del pueblo, contemplar el amanecer, escuchar atentamente los sonidos de las aves y el fluir del agua por los causes de los ríos y las quebradas, observar los colores de la floresta, compartir saludos con paseantes habituales o de ocasión y apreciar la limpieza del entorno que ayudamos a cuidar. Durante cada trayecto llevo una bolsa para recoger desperdicios sólidos. Sin excepción, la traigo llena. Hiere la sensibilidad encontrar cotidianamente envolturas de comestibles, latas y botellas plásticas o de cristal vacías, papeles sucios, cajetillas de cigarrillos, servilletas, recibos de pago, entre otros, arrojados a las vías públicas urbanas y las zonas del campo. La basura es una presencia indeseable en el medio ambiente, porque no pertenece a él, por el contrario, está compuesta de sustancias y residuos que afectan la calidad del suelo, el aire y el agua.

   ¿Por qué arrojar basura? Infiero que una parte de la respuesta es la escasez de sentido de pertenencia, es decir, la idea preconcebida de la naturaleza entendida como objeto ajeno a la persona, recurso explotable, vertedero clandestino y materia desechable distinta a la “esencia humana”. Añadamos la pseudo solidaridad inherente a la expresión condescendiente: “alguien la recoge y vive de eso”. A lo que es preciso ripostar con un mensaje leído en un parque recreativo: “no te pedimos que limpies este espacio, pero, te exigimos que no lo ensucies”. Botar sobras por doquier demuestra no solo indiferencia crasa, sino también, insensibilidad rampante y el vacío de conciencia social de quienes, arrogantemente, pretenden ser dueños o mayordomos de lo que no les pertenece.

     Consciente o inconscientemente, lanzar bazofia en cualquier lado es descartarla porque el contenido consumible fue agotado y lo restante es engorroso. No obstante, la actitud cívica, que, obviamente, amerita una pedagogía crítica y, en este caso, una ecoética (ética ambiental), promueve depositar la basura en los envases designados. Corresponde a las autoridades comunitarias proveerlos eficazmente.  Si no hay uno cerca, es pertinente desarrollar el hábito de llevarla consigo y luego dejarla en el recipiente adecuado, que nunca debe ser el ámbito natural ni el público (aceras, calles, parques, fachadas, entre otros). Lamentablemente, la ausencia de higiene personal es extrapolada al contexto externo. Dicho sin ánimo de insultar, pero, como dice un refrán: “a quien le caiga el sayo que se lo ponga”.

     “Contaminen sus lechos y una noche perecerán ahogados en sus propios residuos”, sentencia la respuesta del Cacique Seattle a Franklin Pierce, presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, en 1854.[5]  He ahí el riesgo mayor de minimizar el impacto tóxico de la basura. Si bien las responsabilidades a tenor con la contaminación admiten gradaciones, ya que transitan por los organismos internacionales, gobiernos nacionales, las empresas locales, regionales y transnacionales, la individualidad no está exenta. La estética afeada del habitáculo enfermado hoy irrumpirá mañana con repercusiones nefastas. Aparentemente, el acto de tirar un sobrante donde no compete es inofensivo, pero, las apariencias autoengañan. Es inmoral, ilícito e indigno. Cuales sean los argumentos, de haberlos, que persigan sustentar la insignificancia de un hecho irresponsable, carecen de verdad y validez.

    Me resulta llamativo cuando congéneres halagan el compromiso social de la limpieza asumido voluntariamente. Esperamos que sea un aliciente para no arrojar basura, recoger la encontrada e insistir hasta la saciedad en la educación para la vida, que incluye, claro está, el cultivo de los ángulos complejos del ser humano, ente bio-psicosocial, según afirma el pedagogo y filósofo francés Edgar Morín: “Desde ahora, una ética propiamente humana, es decir una antropoética debe considerarse como una ética del bucle de los tres términos (individuo+ sociedad +especie), de donde surgen nuestra conciencia y nuestro espíritu propiamente humano. Esa es la base para enseñar la ética venidera”.[6] Continuaré caminando, rumiando y proponiendo consideraciones en mis Reflexiones desde El Jardín.



[1] Jorge Ramírez Giraldo (2024), Citará, la montaña, el hogar, Medellín: Editorial Grámmata, pág. 97.

[2] Martin Von Hildebrand (2024), El llamado del Jaguar: mi vida en el Amazonas, Bogotá: Pengun Random House Grupo Editorial, S.A.S, pág. 238.

[3] Recomendamos la lectura de la reflexión previa publicada en nuestro blog: Pertinencia de las políticas culturales, disponible en: https://conversacionesconmartincruzsantos.blogspot.com/2025/04/pertinencia-de-las-politicas-culturales.html

[4] Léase al respecto: Caminar y cantar, disponible en: https://conversacionesconmartincruzsantos.blogspot.com/2023/10/caminar-y-cantar-martin-cruz-santos.html

[6]  Edgar Morin (1999), Los siete saberes necesarios para la universidad del futuro, disponible en línea:

https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf0000117740_spa

 


 

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