De la memoria y el olvido
Martín Cruz Santos
“El
recuerdo y el olvido vienen jugando a matarse,
ninguno
quiso entregarse, pero el recuerdo ha vencido.”[1]
Salvador
Tió (1911-1989)
En
mis años de docencia universitaria, al inicio de un curso básico de
introducción al estudio de la historia, formulaba a mis estudiantes una
pregunta incitadora para romper el hielo y abrir el diálogo: ¿por qué tememos
al olvido? Hacía referencia a una expresión común en los sepelios: “te
recordaremos siempre”, que verbalizada por diversos medios (oral, escrito, impreso,
tatuado, pintado en paredes, entre otros) pretende, tal vez, activar un mantra
que actúe como acicate para la memoria. Eran diversas las respuestas. Sin
embargo, a todas subyacía una constante: tras el final de la vida, el ser permanece
vivo en los recuerdos de quienes le sobreviven. Si vence el recuerdo, pierde el
olvido.
La existencia humana la definen las
relaciones que establecemos en determinados contextos históricos. Denominamos
historia a las acciones entreveradas en el espacio y el tiempo. Como afirmara
el filósofo y economista alemán Karl Marx (1818-1883): “Los seres humanos
hacen su propia historia, aunque bajo circunstancias influidas por el pasado”.[2]
Precisamente, lo acontecido otrora deja huellas que pueden ser recordadas o
no, aunque incidan directa o indirectamente en el presente. Sabemos que la
memoria no es la historia, pero la posibilita. Me refiero más a la narrativa
evocadora de los procesos marcadores de hitos sociales que a su accionar humano
causante. Memoria y hechos no coinciden necesariamente, pero, sin lo primero
son escazas las probabilidades de retrotraer lo segundo.
Olvidar no es fortuito. Hay omisiones desgastadas
por el envejecimiento y diferentes factores; algunas ocurren adrede. Ambas
coinciden en las evocaciones malogradas. Entonces los relatos hablan a medias y
cuentan migajas. Acuden disfrazados de grandilocuencias para inflar pechos y
vaciar mentes. Por el contrario, al escasear las reminiscencias, resultan
menguadas las emociones. Lástima que no haya un conjuro para sabotear las
remembranzas estropeadas o, por lo menos, una pócima habilitadora de
suspicacias capaces de distinguir entre el ayer y la amnesia.
Claro, a propósito, es alentadora la
invención del oficio de historiar. A decir del historiador británico Peter Burke,
“los historiadores traducen el pasado y lo traen a su propio tiempo. Su
trabajo es hacer inteligible el pasado a sus contemporáneos”.[3] Auxilio para la memoria, antídoto para el
olvido; aunque a medias en ambos casos, porque solo es factible rememorar
aquello que se conoce sobre lo pretérito. Mientras tanto, permanecen olvidadas andanzas
que nos trajeron al hoy por vericuetos insospechados. De ahí que el rescate de
la memoria sumergida en la desintegración del olvido sea “un proceso continuo
de interacción entre el historiador y sus hechos, un diálogo sin fin entre el
presente y el pasado.”[4] La incesante
vacuidad es razón suficiente para continuar hurgando y, simultáneamente, sembrar
semillas que germinen en evocaciones futuras.
Resuena en mí la interrogante que explayaba
a mis alumnos: ¿por qué tememos al olvido? Considero que el escritor colombiano
Héctor Abad Faciolince ensaya una contestación adecuada en la obra donde memora
la vida de su padre asesinado, Héctor Abad Gómez (1921-1987), médico
salubrista, profesor universitario, periodista y defensor de los derechos
humanos:
“Aunque puedo creerlo, no quiero imaginar el momento doloroso en que también las personas que más quiero -hijos, mujer, amigos, parientes- dejarán de existir, que será el momento en que yo dejaré de vivir, como recuerdo vivido de alguien, definitivamente”.[5]
Llegado
el instante de la desaparición conclusiva, el consuelo actual anclado en la
memoria dará paso al recuerdo fragmentario que se desvanecerá en el olvido. Atenúa
el temor y regocija efímeramente plasmar por escrito mis Reflexiones desde El
Jardín, que son parte de mi historia.
[1] La estrofa es tomada del poema titulado “Las penas que me maltratan”, del poeta, escritor y promotor cultural puertorriqueño Salvador Tió y Montes de Oca (1911-1989), publicado en: Salvador Tió y Montes de Oca, (1995), Soy boricua porque soy, San Juan: Editorial Plaza Mayor. Una musicalización del poema es obra del cantautor puertorriqueño Andrés Jiménez, quien la grabó en el disco Así Canta Puerto Rico (año 1984) con el sello Nuevo Arte. Enlace para acceder a la canción: https://youtu.be/zGgst1rYGm0?si=PMESwQmpO-AGsx8v
[2] La
frase fue expresada por Marx en su obra El 18 Brumario de Luis Bonaparte
(año 1852).
[3]
Peter Burke (2003), Formas de hacer historia, Madrid: Alianza Editorial,
pág. 17.
[4]
Edward H. Carr, (2010, primera edición 1961), ¿Qué es la historia?,
Barcelona: Editorial Ariel, pág. 30.
[5]
Héctor Abad Faciolince (2017), El olvido que seremos, Barcelona:
Editorial Alfaguara, pág. 318. La película homónima, dirigida por el cineasta español
Fernando Trueba, filmada en el año 2020, está basada en dicha novela.
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