11 agosto 2025


De la memoria y el olvido

Martín Cruz Santos

                             

“El recuerdo y el olvido vienen jugando a matarse,

ninguno quiso entregarse, pero el recuerdo ha vencido.”[1]

Salvador Tió (1911-1989)

  

     En mis años de docencia universitaria, al inicio de un curso básico de introducción al estudio de la historia, formulaba a mis estudiantes una pregunta incitadora para romper el hielo y abrir el diálogo: ¿por qué tememos al olvido? Hacía referencia a una expresión común en los sepelios: “te recordaremos siempre”, que verbalizada por diversos medios (oral, escrito, impreso, tatuado, pintado en paredes, entre otros) pretende, tal vez, activar un mantra que actúe como acicate para la memoria. Eran diversas las respuestas. Sin embargo, a todas subyacía una constante: tras el final de la vida, el ser permanece vivo en los recuerdos de quienes le sobreviven. Si vence el recuerdo, pierde el olvido.

     La existencia humana la definen las relaciones que establecemos en determinados contextos históricos. Denominamos historia a las acciones entreveradas en el espacio y el tiempo. Como afirmara el filósofo y economista alemán Karl Marx (1818-1883): “Los seres humanos hacen su propia historia, aunque bajo circunstancias influidas por el pasado”.[2] Precisamente, lo acontecido otrora deja huellas que pueden ser recordadas o no, aunque incidan directa o indirectamente en el presente. Sabemos que la memoria no es la historia, pero la posibilita. Me refiero más a la narrativa evocadora de los procesos marcadores de hitos sociales que a su accionar humano causante. Memoria y hechos no coinciden necesariamente, pero, sin lo primero son escazas las probabilidades de retrotraer lo segundo.

     Olvidar no es fortuito. Hay omisiones desgastadas por el envejecimiento y diferentes factores; algunas ocurren adrede. Ambas coinciden en las evocaciones malogradas. Entonces los relatos hablan a medias y cuentan migajas. Acuden disfrazados de grandilocuencias para inflar pechos y vaciar mentes. Por el contrario, al escasear las reminiscencias, resultan menguadas las emociones. Lástima que no haya un conjuro para sabotear las remembranzas estropeadas o, por lo menos, una pócima habilitadora de suspicacias capaces de distinguir entre el ayer y la amnesia.

      Claro, a propósito, es alentadora la invención del oficio de historiar. A decir del historiador británico Peter Burke, “los historiadores traducen el pasado y lo traen a su propio tiempo. Su trabajo es hacer inteligible el pasado a sus contemporáneos”.[3]  Auxilio para la memoria, antídoto para el olvido; aunque a medias en ambos casos, porque solo es factible rememorar aquello que se conoce sobre lo pretérito. Mientras tanto, permanecen olvidadas andanzas que nos trajeron al hoy por vericuetos insospechados. De ahí que el rescate de la memoria sumergida en la desintegración del olvido sea “un proceso continuo de interacción entre el historiador y sus hechos, un diálogo sin fin entre el presente y el pasado.”[4] La incesante vacuidad es razón suficiente para continuar hurgando y, simultáneamente, sembrar semillas que germinen en evocaciones futuras.

     Resuena en mí la interrogante que explayaba a mis alumnos: ¿por qué tememos al olvido? Considero que el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince ensaya una contestación adecuada en la obra donde memora la vida de su padre asesinado, Héctor Abad Gómez (1921-1987), médico salubrista, profesor universitario, periodista y defensor de los derechos humanos:

“Aunque puedo creerlo, no quiero imaginar el momento doloroso en que también las personas que más quiero -hijos, mujer, amigos, parientes- dejarán de existir, que será el momento en que yo dejaré de vivir, como recuerdo vivido de alguien, definitivamente”.[5]

Llegado el instante de la desaparición conclusiva, el consuelo actual anclado en la memoria dará paso al recuerdo fragmentario que se desvanecerá en el olvido. Atenúa el temor y regocija efímeramente plasmar por escrito mis Reflexiones desde El Jardín, que son parte de mi historia.



[1]  La estrofa es tomada del poema titulado “Las penas que me maltratan”, del poeta, escritor y promotor cultural puertorriqueño Salvador Tió y Montes de Oca (1911-1989), publicado en:  Salvador Tió y Montes de Oca, (1995), Soy boricua porque soy, San Juan: Editorial Plaza Mayor. Una musicalización del poema es obra del cantautor puertorriqueño Andrés Jiménez, quien la grabó en el disco Así Canta Puerto Rico (año 1984) con el sello Nuevo Arte. Enlace para acceder a la canción: https://youtu.be/zGgst1rYGm0?si=PMESwQmpO-AGsx8v

[2] La frase fue expresada por Marx en su obra El 18 Brumario de Luis Bonaparte (año 1852).

[3] Peter Burke (2003), Formas de hacer historia, Madrid: Alianza Editorial, pág. 17.

[4] Edward H. Carr, (2010, primera edición 1961), ¿Qué es la historia?, Barcelona: Editorial Ariel, pág. 30.

[5] Héctor Abad Faciolince (2017), El olvido que seremos, Barcelona: Editorial Alfaguara, pág. 318. La película homónima, dirigida por el cineasta español Fernando Trueba, filmada en el año 2020, está basada en dicha novela. 


 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Sus comentarios son bienvenidos. Por favor, escriba su nombre junto al escrito para responderlo de modo personalizado. Gracias.