18 octubre 2025

                                                               (Foto de Eddie Adam (Associated Press)

Vietnam: memorias de una guerra 50 años después

 

Martín Cruz Santos 

“El gobierno estadounidense cree erróneamente que con fuerza brutal podría obligar a nuestro pueblo a rendirse. Pero el pueblo vietnamita jamás se rendirá. Amamos la paz, pero debe ser una paz genuina en independencia y libertad.”[1]

Ho Chi Minh (1890-1969)

“¿Sabes qué, mamá? Lo mismo que pasó en

el imperio romano pasará en Estados Unidos”[2].

Joan Báez (cantante y compositora estadounidense)

 

   Escuchando la voz de la investigadora y divulgadora histórica colombiana Diana Uribe en la comunicación de dos capítulos de su podcast sobre el fin de la guerra de Vietnam[3], evoqué recuerdos angustiosos de mi niñez. Yo era un niño de casi tres años cuando Estados Unidos intensificó su agresión contra el pueblo vietnamita mediante la invasión de tropas militares en marzo de 1965. Había incursionado en esa intromisión extranjera a mediados de los años 50.  

  A finales de los sesentas, la radio era el medio de comunicación que utilizábamos en nuestra casa y en las de la mayoría de los vecinos. La televisión comenzó en Puerto Rico en otro marzo, el de 1954, pero, en los barrios pobres de los municipios rurales de la Cordillera Central, en uno de los cuales vivíamos, la señal tardó en recibirse, más por la carencia de recursos económicos para comprar un aparato televisivo que por la disponibilidad tecnológica de la transmisión y la oferta comercial de la novedosa pantalla de imágenes en movimiento. Fueron las ondas radiales portadoras de noticias del conflicto bélico en el sudeste asiático, un lugar geográficamente lejano al caribe antillano, pero cercano a las vidas de los jóvenes puertorriqueños que fallecieron sin saber a ciencia cierta por qué guerreaban. En la colonia, eufemísticamente denominada “territorio no incorporado de los Estados Unidos” o Estado Libre Asociado desde 1952, el servicio militar obligatorio impuesto por el gobierno de los Estados Unidos afectó a 48,000 compatriotas aproximadamente.

     Escribo estas memorias en mi vejez antes que el olvido arrope los recuerdos. Los mismos que hoy repaso, cuestiono y distingo de las andanadas y monsergas inculcadas por los medios de comunicación, la escuela y la religión institucionalizada en su fiel cumplimiento de roles como aparatos ideológicos del Estado, a decir de Althusser.[4] La radio de aquellos tiempos transmitía música, radionovelas, noticias y sentidos pésames. Nos enterábamos de los muertos conocidos y los anónimos. En ocasiones, el pregón de llantos y gritos en la vecindad precedía y ahogaba la emisión noticiosa. Dolía en el alma oír los nombres de muchachos arrebatados de la vida luchando por nada sin saber por qué.

    El mundo de mi infancia era una plétora de enemigos imaginarios creados por las falacias propagadas durante la Guerra Fría. Jugábamos con soldaditos de plástico que ingenuamente identificábamos con las etiquetas aprendidas de una dualidad inaudita: ellos, los otros, comunistas, malos por naturaleza, alejados de Dios; nosotros, los buenos de siempre, envidiosamente libres, cruzados de la democracia y la cristiandad. Soñábamos con matar vietnamitas antes que subieran por la ventana y saltaran con un puñal sobre la cama donde dormíamos. Y no comprendimos a los veteranos sobrevivientes con sus manías y delirios, los conocidos irreconocibles; los locos y adictos, quienes se fueron obligados y regresaron desquiciados.

    Aquella guerra no fue la primera ni la última para enumerar conscriptos isleños de breve entrenamiento. En la primera guerra mundial, justo cuando fue impuesta la ciudadanía estadounidense a los puertorriqueños (1917), 18,000 compatriotas empuñaron fusiles; 61,000 en la segunda, 68, 000 en Corea, 48,000 en Vietnam[5] y siga sumando hasta el sol de hoy. No contaré los heridos, muertos ni desaparecidos por respeto a su dignidad cuyo valor no es cuantitativo. El colonialismo es una fábrica de mano de obra barata y desechable.

  Con la educación universitaria, despertó mi curiosidad advenida en conocimiento. Conocí a un obispo católico puertorriqueño, Mons. Arturo Parrilla Bonilla (1919-1994),[6] un jesuita insigne. Era un conservador en la doctrina y el dogma, pero liberal, diría revolucionario, en la práctica política. Sobrio en la vestimenta, fiel al renunciamiento de las riquezas materiales, cooperativista a ultranza y militante por la independencia de Puerto Rico. Férreo opositor a la guerra, ejerció su protesta contra el intervencionismo de Estados Unidos en Vietnam y el servicio militar obligatorio. El 23 de septiembre de 1970, en la conmemoración del Grito de Lares[7], realizó un acto de desobediencia civil quemando las libretas militares de los obligados a matar por el afán de lucro disfrazado de campañas civilizatorias. A mis ocho años de edad no me enteré de la gesta, lo supe un decenio posterior.

    La derrota de un imperio es un fantasma perpetuo, máxime si el causante no aspiraba a ocupar el puesto del vencido. El heroico pueblo vietnamita, guiado por el célebre Ho Chi Minh, confirmó la veracidad de las enseñanzas del sabio Sun Tzu,[8] a saber: que un pequeño grupo puede vencer a un gran ejército. Que no es la superioridad de la fuerza militarista ni la tecnología aniquiladora lo definitorio en la guerra, sino la estrategia y la táctica, la inteligencia y disciplina, el conocimiento del enemigo y la adaptabilidad, la unidad, la capacitación política y las alianzas, entre otras medidas. Triunfaron, aunque perdieron vidas innumerables, recursos naturales e infraestructura. El contrincante era muy poderoso, pero lo expulsaron de las tierras invadidas, unificaron el País[9] y determinaron el camino a seguir.  

   Cincuenta años han transcurrido desde la liberación de Saigón[10] (actualmente Ciudad Ho Chi Minh) por el Frente Nacional de Liberación de Vietnam y las Fuerzas Armadas de la República Democrática de Vietnam. Medio siglo es tiempo suficiente para reafirmar que vale la pena ser antiimperialista, anticolonialista, antifascista y pacifista crítico. Esto último, porque el derecho a la autodeterminación de los pueblos debe acompañarse siempre por la legítima defensa, particularmente, armada, ante las agresiones externas. Mientras existan las ráfagas de vientos imperiales saqueadores de la justicia, la soberanía y la paz es imprescindible estar prevenidos y rememorar la hazaña vietnamita, que no es solo historia pasada, sino presente inconcluso y abierto hacia el futuro que abordo en mis Reflexiones desde El Jardín.



[1] Ho Chi Minh, Mensaje al pueblo estadounidense, 23 de diciembre de 1966, disponible en: https://www.historyisaweapon.com/defcon2/hochiminh/

[2] Joan Báez, a los 14 años de edad y después de leer Historia y decadencia y caída del Imperio Romano, de Edward Gibbon (1737-1794), cita disponible en: https://www.xlsemanal.com/actualidad/20150215/joan-baez-ingenua-nunca-8136.html

[3] Diana Uribe, El fin de la guerra de Vietnam: 50 años después, en DianaUribe.fm, disponible en: https://open.spotify.com/episode/23xnswJNj1gQoL4rE7nIXj?si=df6f8779d5a34ab1

[4] El término aparato ideológico del estado lo acuñó el filósofo francés Louis Althusser (1918-1990) para indagar en la ideología como mecanismo del poder político institucional. Véase: Louis Althusser, Ideología y Aparatos Ideológicos del Estado, en: Žižek, Slavoj (compilador), Ideología: un mapa de la cuestión, México: Fondo de Cultura Económica, 1994, 115-155.

[5] Registros militares, National Archives, disponible en: https://www.archives.gov/research/military/vietnam-war/casualty-statistics

[6] Al respecto recomendamos la lectura siguiente: Miguel Santiago Santana (2018), Antulio Parrilla Bonilla: obispo y profeta de Puerto Rico, San Juan: Ediciones Gaviota.

[7] El Grito de Lares fue una gesta de insurrección contra el gobierno colonial español en Puerto Rico llevada a cabo el 23 de septiembre de 1868. Inició en el municipio montañoso de Lares, de ahí su nombre. Es conmemorada anualmente por las organizaciones políticas independentistas en la Plaza de la Revolución de dicho municipio.

[8] Sun Tzu  fue un general, estratega militar y filósofo chino. Se le atribuye la autoría de una obra clásica, el Arte de la guerra, que ha trascendido el ámbito militar para ser adaptado a diversas circunstancias del comportamiento humano y social. El libro está disponible en versión PDF en: https://www.elejandria.com/libro/descargar/el-arte-de-la-guerra/sun-tzu/847/1297

[9] La unificación de ese país aconteció el 2 de julio de 1976 cuando se erige la fundación oficial de la República Socialista de Vietnam tras unir los dos territorios del norte y el sur.

[10] La fecha crucial que determinó el fin de la Guerra y la expulsión de las tropas estadounidenses fue el 30 de abril de 1975.

12 octubre 2025


 

Reseña del libro

Creación e interpretación del Bolero:

 una aproximación desde la historia, la literatura y la performance

de Pablo Alexis Santos Sánchez

 

 

Martín Cruz Santos

 

   El cantante, actor y educador puertorriqueño Pablo Alexis Santos Sánchez publicó recientemente el libro titulado Creación e interpretación del bolero: una aproximación desde la historia, la literatura y la performance.[1] La obra propicia una lectura informada y profunda gracias a los recursos recursos epistemológicos y la metodología investigativa utilizada por el autor para lograr un acercamiento musical, literario, histórico y autobiográfico al género musical del bolero. Su escritor es un intérprete apasionado que expone los hallazgos de una indagación de la cual es parte, no aparte, porque el sujeto investigador ha sido influido a la vez que aporta su talento artístico al desarrollo del objeto estudiado.  

   Seis apartados configuran el esquema de organización expositiva. El primero ocupa la experiencia musical y académica del ensayista, que es clave como punto de partida, a nuestro juicio, porque ejemplifica lo aseverado al final del párrafo anterior. Dedica el segundo al bolero en la historia como preámbulo a los siguientes, tercero y cuarto, cuyas páginas recogen el devenir de ese género en coyunturas históricas determinantes. El quinto capítulo recapitula y profundiza el planteamiento inicial al retomar el aspecto autobiográfico de su proceso creador. Concluye el sexto con las reflexiones finales.  Es un acierto el contenido fotográfico que actúa como registro informativo y testimonial complementario. Asimismo, incluye referencias bibliográficas amplias.

    Cabe destacar el énfasis en la contextualización de cada una de las piezas musicales analizadas en el texto. Conocer e interpretar el trasfondo social, político, económico y cultural coadyuva a la comprensión temática que subyace a una canción, así lo argumenta Santos Sánchez:

“El hecho musical no es una estructura aislada o autosuficiente que esté desvinculado del carácter político, social o económico, sino justo, al contrario. Como expresión humana, la música -una determinada música- solo puede entenderse dentro de un contexto, porque es ese contexto el que la dota de un determinado valor y el que también ocasiona que predominen en ella unas emociones y no otras”.[2]

 

No puede ser de otro modo, ya que el bolero, como cualquier otra creación simbólica pertenece a un espacio y tiempo condicionado por las circunstancias materiales que afectan a quienes integran un colectivo humano.

   El escrito expone las fases del recorrido bolerístico a partir de sus orígenes en Cuba durante el tercio final del siglo XIX. Sucedió en el oriente de la Isla caribeña, en Santiago, donde la marginalidad popular dio a luz un ritmo novel en el cual la guitarra arpegiada estuvo ausente, pero sí la presencia de un rasgado de cuerdas que lo aceleraba.[3]  Trovadores como Sindo Garay, Rosendo Ruiz, Alberto Villalón, entre otros, fueron iniciadores de la musicalización del bolero y entreveraron los rasgos propios de esa primera etapa. Así lo relata Pablo Alexis Santos en el apartado tercero de su trabajo escrito, uno versado en la auscultación y el análisis de diversidad de fuentes primarias y secundarias, así como también en la fundamentación teórica necesaria para un trabajo de índole académico.  

    México, cuya geografía cultural representa la segunda etapa evolutiva del bolero, tributó una continuidad enriquecedora en la que destaca el insigne compositor Agustín Lara. Es un mérito del libro rescatar las memorias del cambio principal que produjo la tierra azteca al sustituir la guitarra por el piano, que “provocaba que el acento musical en el bolero -que había sido uno de sus elementos definitorios- pasara más desapercibido y perdiera fuerza, al contrario de lo que ocurría con las guitarras con las que el acento rítmico del cinquillo era muy marcado”.[4] Los ciclos ulteriores quedarían marcados por la versatilidad del tránsito mexicano.

    En su tercer periodo, advino al bolero un auge peculiar en Puerto Rico. Compositores como Rafael Hernández, Pedro Flores, Silvia Rexach, Bobby Capó y Benito de Jesús, para mencionar algunos, crearon canciones memorables que son parte del repertorio de la música latinoamericana. Las características propias de ese tiempo dan cuenta de elementos emotivos y cognitivos de particular significado en la discursividad puertorriqueña. Las páginas dedicadas a dirimir la cuestión detallan los temas específicos que describen la sociedad, la situación económica, la migración, la condición colonial de Puerto Rico y distintos ángulos del quehacer humano.

     Si bien el bolero es relacionado con el romance, la afectividad, los amores posibles como también los imposibles, su creación musical abre un abanico de inspiraciones. En palabras de Pablo Alexis:

“El yo bolerístico recorre la vida, refleja la existencia humana y perpetúa el amor. Por eso su recorrido es continuo y heterogéneo: le canta a la mujer, a la Patria, desmiente a Dios, transgrede los estatutos sociales, le canta a la identidad, nos hace reflexionar sobre asuntos históricos y sociales, en fin, el bolero es el desahogo y el reflejo musical del latinoamericano”.[5]

 

Ciertamente, una contribución adicional de la publicación es evidenciar el talante polifacético del camino iniciado en Cuba otrora y transmutado en el archipiélago borincano. Una actualización hecha con la participación de intérpretes varios entrevistados por Santos Sánchez abona la discusión y perfila posibles líneas de investigación abiertas gracias a los resultados difundidos en el libro.

    En el epílogo quedan demostrados los enfoques empleados y la indudable proyección en las experiencias estéticas del autor, a quien auguramos éxitos en la continuidad de su trayectoria creativa. Recomendamos la lectura de Creación e interpretación del bolero en nuestras Reflexiones desde El Jardín.

    



[1] Pablo Alexis Santos Sánchez (2025), Creación e interpretación del Bolero: una aproximación desde la historia, la literatura y la performance, Mayagüez: C.P.P Editores.

[2] Ibid., 24.

[3] Ibid., 27.

[4] Ibid., 57.

[5] Ibid., 134.

09 septiembre 2025


 

El Caribe otra vez…

Martín Cruz Santos

 

“En tanto denominación de una región geográfica,

el Caribe es una invención del siglo XX. Esta invención

arranca, precisamente, de la transición en nuestra región

de la hegemonía europea a la estadounidense”[1].

 

Antonio Gaztambide Geigel


   No sé a ustedes, pero a mí me aturde e indigna escuchar los estruendos de guerra alborotados con narrativas virulentas. Máxime cuando surgen en las cercanías costeras que bordean una parte del norte de Sudamérica, donde resido, y el arco de las Antillas, mi lugar de procedencia. El Caribe nuestro, decimos. ¿Qué tanto lo es? Concepto geográfico, étnico, cultural, musical, lingüístico y cambiante. Mar de colonizaciones, ruta de galeones europeos unas veces hundidos por la furia de los huracanes y otras a causa de la codicia y la competencia lucrativa entre filibusteros, corsarios y piratas. Tierras invadidas, conquistadas, colonizadas y expoliadas por españoles, franceses, británicos, holandeses, daneses, y alguna intentona alemana, antes de que los autodenominados plenipotenciarios estadunidenses ampliaran sus fronteras terrestres tragándose las aguas localizadas al sureste del Golfo de México, caprichosamente rebautizado por un presidente de turno en la Casa Blanca de Washington D.C.  tiempo atrás.

   El Caribe es una región geoestratégica desde antes de recibir ese nombre propio. Considerado como un área defensiva privilegiada por el imperio español, que dominó sus territorios isleños hasta la última década del siglo XIX, advino militarizada por Estados Unidos a partir de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), pero, principalmente, durante la Segunda (1939-1945). “Frontera Imperial”, en palabras del ilustre dominicano Juan Bosch,[2] el Caribe de influencia estadounidense, principalmente, aunque con añoranzas trasnochadas allende el Atlántico hasta el presente, de playas paradisiacas y paraísos fiscales también, es supeditado al patio trasero proyectado en la Doctrina Monroe[3] y ejecutado, en gran medida, por el tristemente célebre William McKinley[4]-admirado por Donald Trump[5]- para sellar el final del siglo diecinueve con la Guerra Hispanoamericana[6]. Triunfante la supremacía naciente contra el vetusto imperio español, el Caribe, con la adquisición de Puerto Rico como colonia, que no era contrincante directo en la mencionada conflagración, pero arrebatado más que cedido junto a Guam y las Filipinas (ambas posesiones de España en el Océano Pacífico) como botín de guerra, y Cuba como “protectorado” (eufemismo de neocolonia), y la compra de las islas vírgenes o colonias danesas por 25 millones de dólares en oro en 1917, acrecentó su importancia geopolítica.

   De esa mitad oceánica que lame la cintura de América y el contorno superior del litoral sudamericano han surgido esclavitudes, liberaciones, ritmos cadenciosos, producciones agrícolas, industriales, turísticas y, particularmente, revoluciones de mambises pertrechados de rebeldía, esperanza y valentía desde el último decenio del siglo XVIII hasta nuestros días. Pero, asimismo, asedios foráneos a vecinos caribeños, porque, lamentablemente, el Caribe, como es el caso de Puerto Rico, territorio invadido y ocupado en 1898, es catapulta para las agresiones militares en la región perpetradas por la potencia estadounidense con fines de dominación económica disfrazados con discursos caricaturescos de derechos humanos, democracia y libertad[7]. Términos cuyos significados son tan expansibles como los propósitos políticos que acompañan a quienes los pronuncian vehementemente en las atalayas imperiales convocando a “guerras civilizatorias”.

     Configurar enemigos reales o imaginarios e introyectarlos en el pensamiento ingenuo y consumista de las poblaciones instrumentalizando los medios de comunicación social, la educación formal y la religión institucionalizada es inherente a los poderosos del mundo. Bajo el pretexto de amenazas a la seguridad nacional la historia contemporánea evidencia que el miedo es un remedio eficaz para conjurar espíritus guerreros listos para someter a diversos oponentes (subrayo la diversidad): ayer eran negros esclavizados, brujas y hechiceras, protestantes, judíos, herejes, asiáticos mal llamados orientales, entre otros; hoy son los comunistas, islámicos, inmigrantes, narcotraficantes, terroristas, y amplíe la lista a su gusto. Las cruzadas anti cambios y a favor de un paternalismo autoritario con licencia para reordenar un bienestar primigenio que nunca fue pululan al sonar de las trompetas apocalípticas abonadas con una fe ciega y la razón adormecida, que, al fin y al cabo, resulta ser lo mismo.

    Mientras tanto, continúa el genocidio despiadado en Gaza cometido por el Estado de Israel con la complicidad de la inercia mundial; una guerra interminable en Ucrania, un imperio en decadencia que, con tal de no rendir su voracidad de dominio, sacrifica a media humanidad. Latinoamérica y el Caribe son convertidas otra vez en el escenario de las intervenciones gringas con el aval y la conspiración de las élites rancias de diversos países que aspiran a permanecer eternamente y disfrutar de la acumulación de la riqueza producida por trabajadores con derechos conculcados. Opino que no se trata del fracaso de la “civilización”, porque tal concepto solo funcionó en la narrativa hegemónica occidental. Ni es el menoscabo de la democracia, porque su modelo liberal es un mecanismo de los oligarcas para mantenernos como ratones expectantes representados en el parlamento por gatos hambrientos. Si acaso, es un capítulo adicional, patético y riesgoso en la trayectoria histórica del afán de lucro y poder de unos pocos con muchos intereses por doquier.

     El Caribe nuestro, por serlo, es sufrido como los antepasados empobrecidos cuando sintieron y reconocieron el rol de medianeros en tierras apetecibles para la explotación agrícola, la minería y el expansionismo. Hoy la etiqueta de inmigrantes indocumentados, otrora fantasmagórica, palidece ante el nuevo epíteto de narcoterroristas con vocación de ataque letal. ¿Persiguen a narcotraficantes realmente? En Venezuela, a diferencia de Haití, las mayores reservas petroleras del mundo, el oro y las tierras raras mueven a las tropas del norte hacia el sur con su maquinaria de muerte en defensa de la “libertad y la democracia”, claro está, sin pasar por alto la etiqueta añejada de la lucha contra el narcotráfico. A su paso anegan el Caribe con maniobras militares intimidatorias. Ocurre, precisamente, donde multitudes humanas murieron sacrificadas en el altar de Mamón[8] para la mayor gloria de los privatizadores de la vida y sus dioses con pies de barro durante la conquista y colonización europea en el siglo XVI y los siguientes.  

     Escribir al respecto es superar el silencio y nadar contracorriente. Sin embargo, es imprescindible el aporte en mis Reflexiones desde El Jardín.



[1] Antonio Gaztambide (2006), La invención del Caribe a partir de 1898: las definiciones del Caribe revisitadas, Revista Jangwa Pana, vol. 5, núm. 1, enero-diciembre, 2006, pp. 1-24, Universidad del Magdalena Santa Marta, Colombia.

[2] Juan Emilio Bosch Gaviño (1909-2001) fue un escritor prolífico, historiador, pensador social, educador y político nacido en la República Dominicana, de la cual fue presidente constitucional a partir de 1963, pero derrocado mediante un golpe de estado patrocinado por el gobierno de Estados Unidos ese mismo año.

[3] Como sabemos, la Doctrina Monroe fue un pilar de la política exterior estadounidense iniciado por el quinto presidente de ese País, James Monroe, quien presidió de 1817 a 1825. En síntesis, el estatuto declaró la exclusión de las potencias europeas de la intervención en los territorios del continente americano y reservaba el dominio de los Estados Unidos sobre el hemisferio occidental.

[4] William McKinley (1843-1901) fue el presidente número 25 de los Estados Unidos. Veterano de la Guerra de Secesión, republicano, gobernador y congresista de Ohio, respectivamente, ocupó la silla presidencial de 1897 hasta 1901 cuando fue asesinado por un anarquista.

[5] Redacción de BBC News Mundo, 25 de enero de 2025, Quién fue y qué hizo el presidente William McKinley, del que Trump dice ser admirador, disponible en: https://www.bbc.com/mundo/articles/clynw9edzl6o 

[6]La denominada Guerra Hispanoamericana fue un conflicto bélico causado por la intervención de Estados Unidos en el conflicto de la guerra de independencia de Cuba librada contra el imperio español en 1898.

[7] El Departamento de Defensa, hoy bautizado como Departamento de Guerra por Trump, inició operaciones militares en Puerto Rico para invadir: República Dominicana (1965), Granada (1983), Panamá (1989) y, actualmente, se remilitariza el territorio puertorriqueño tras el cierre de bases militares en la primera década de este siglo, con prácticas militares en la planificación intervencionista en Venezuela y, tal vez, otros países del hemisferio con la justificación política de una lucha contra el narcotráfico.

[8] En la tradición judeocristiana, Mamón representa la avaricia, la acumulación de riquezas en detrimento de la justicia. Por tanto, no es un ser divino como tal, sino una personificación de la riqueza desordenada. 


11 agosto 2025


De la memoria y el olvido

Martín Cruz Santos

                             

“El recuerdo y el olvido vienen jugando a matarse,

ninguno quiso entregarse, pero el recuerdo ha vencido.”[1]

Salvador Tió (1911-1989)

  

     En mis años de docencia universitaria, al inicio de un curso básico de introducción al estudio de la historia, formulaba a mis estudiantes una pregunta incitadora para romper el hielo y abrir el diálogo: ¿por qué tememos al olvido? Hacía referencia a una expresión común en los sepelios: “te recordaremos siempre”, que verbalizada por diversos medios (oral, escrito, impreso, tatuado, pintado en paredes, entre otros) pretende, tal vez, activar un mantra que actúe como acicate para la memoria. Eran diversas las respuestas. Sin embargo, a todas subyacía una constante: tras el final de la vida, el ser permanece vivo en los recuerdos de quienes le sobreviven. Si vence el recuerdo, pierde el olvido.

     La existencia humana la definen las relaciones que establecemos en determinados contextos históricos. Denominamos historia a las acciones entreveradas en el espacio y el tiempo. Como afirmara el filósofo y economista alemán Karl Marx (1818-1883): “Los seres humanos hacen su propia historia, aunque bajo circunstancias influidas por el pasado”.[2] Precisamente, lo acontecido otrora deja huellas que pueden ser recordadas o no, aunque incidan directa o indirectamente en el presente. Sabemos que la memoria no es la historia, pero la posibilita. Me refiero más a la narrativa evocadora de los procesos marcadores de hitos sociales que a su accionar humano causante. Memoria y hechos no coinciden necesariamente, pero, sin lo primero son escazas las probabilidades de retrotraer lo segundo.

     Olvidar no es fortuito. Hay omisiones desgastadas por el envejecimiento y diferentes factores; algunas ocurren adrede. Ambas coinciden en las evocaciones malogradas. Entonces los relatos hablan a medias y cuentan migajas. Acuden disfrazados de grandilocuencias para inflar pechos y vaciar mentes. Por el contrario, al escasear las reminiscencias, resultan menguadas las emociones. Lástima que no haya un conjuro para sabotear las remembranzas estropeadas o, por lo menos, una pócima habilitadora de suspicacias capaces de distinguir entre el ayer y la amnesia.

      Claro, a propósito, es alentadora la invención del oficio de historiar. A decir del historiador británico Peter Burke, “los historiadores traducen el pasado y lo traen a su propio tiempo. Su trabajo es hacer inteligible el pasado a sus contemporáneos”.[3]  Auxilio para la memoria, antídoto para el olvido; aunque a medias en ambos casos, porque solo es factible rememorar aquello que se conoce sobre lo pretérito. Mientras tanto, permanecen olvidadas andanzas que nos trajeron al hoy por vericuetos insospechados. De ahí que el rescate de la memoria sumergida en la desintegración del olvido sea “un proceso continuo de interacción entre el historiador y sus hechos, un diálogo sin fin entre el presente y el pasado.”[4] La incesante vacuidad es razón suficiente para continuar hurgando y, simultáneamente, sembrar semillas que germinen en evocaciones futuras.

     Resuena en mí la interrogante que explayaba a mis alumnos: ¿por qué tememos al olvido? Considero que el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince ensaya una contestación adecuada en la obra donde memora la vida de su padre asesinado, Héctor Abad Gómez (1921-1987), médico salubrista, profesor universitario, periodista y defensor de los derechos humanos:

“Aunque puedo creerlo, no quiero imaginar el momento doloroso en que también las personas que más quiero -hijos, mujer, amigos, parientes- dejarán de existir, que será el momento en que yo dejaré de vivir, como recuerdo vivido de alguien, definitivamente”.[5]

Llegado el instante de la desaparición conclusiva, el consuelo actual anclado en la memoria dará paso al recuerdo fragmentario que se desvanecerá en el olvido. Atenúa el temor y regocija efímeramente plasmar por escrito mis Reflexiones desde El Jardín, que son parte de mi historia.



[1]  La estrofa es tomada del poema titulado “Las penas que me maltratan”, del poeta, escritor y promotor cultural puertorriqueño Salvador Tió y Montes de Oca (1911-1989), publicado en:  Salvador Tió y Montes de Oca, (1995), Soy boricua porque soy, San Juan: Editorial Plaza Mayor. Una musicalización del poema es obra del cantautor puertorriqueño Andrés Jiménez, quien la grabó en el disco Así Canta Puerto Rico (año 1984) con el sello Nuevo Arte. Enlace para acceder a la canción: https://youtu.be/zGgst1rYGm0?si=PMESwQmpO-AGsx8v

[2] La frase fue expresada por Marx en su obra El 18 Brumario de Luis Bonaparte (año 1852).

[3] Peter Burke (2003), Formas de hacer historia, Madrid: Alianza Editorial, pág. 17.

[4] Edward H. Carr, (2010, primera edición 1961), ¿Qué es la historia?, Barcelona: Editorial Ariel, pág. 30.

[5] Héctor Abad Faciolince (2017), El olvido que seremos, Barcelona: Editorial Alfaguara, pág. 318. La película homónima, dirigida por el cineasta español Fernando Trueba, filmada en el año 2020, está basada en dicha novela. 


 

29 mayo 2025



¿Por qué arrojar basura? o “ser humano y naturaleza”

Martín Cruz Santos

 

“Desde Aristóteles se sabe que la tierra, las montañas

y las rocas son organismos vivos; el mundo moderno olvidó

esa verdad simple y antigua”.[1]

Jorge Giraldo Ramírez

 

“Trascender es integrarse profundamente con el espíritu

de la naturaleza, con la gran comunidad a la cual pertenecemos

y de la cual somos una parte dinámica”.[2]

Martin Von Hildebrand

 

     Un amigo y colega profesor universitario dijo en una conferencia de tema científico, ante un público estudiantil diverso, y a modo de comentario jocoso y atinado: “todos somos animales, unos más que otros…” Entre las reacciones hubo carcajadas, pero, también sonrisas fabricadas con visos de una ofensa recibida. Algunas personas de marcado perfil religioso tradicional casi lo declararon anatema.  Aquellas palabras resonaron en oídos adaptados a imaginarios que acogen la dualidad del ser humano y la naturaleza como entes separados, a los que subyace un entramado ideológico armado con la supremacía racional del pretendido antropocentrismo, invención peligrosamente capaz de someter el “mundo natural” a la "voluntad civilizada". 

     El ser humano es parte, no aparte de la naturaleza. Somos seres vivos vinculados por hábitats interdependientes. Parto de esa premisa esbozada en los epígrafes. Nuestra especie cohabita el Planeta con otros millones de organismos. Solemos considerarnos racionales y conscientes para distinguir la especificidad de dos rasgos acompañantes del quehacer cultural.[3] Sin embargo, el desarraigo de no saberse ni sentirse miembro de la comunidad biológica languidece la presunta excelsitud del raciocinio, contradice la superioridad del animal humano y contamina el hogar planetario. ¿Cómo explicar que un ser “inteligente y sabio” dañe con sus actividades el ecosistema donde vive y atente, incluso, contra la salud propia? Formulo otra interrogante, precisamente, la motivadora de esta reflexión: ¿Por qué arrojar basura? Pregunta ésta que me quita el sueño y ronda mis pensamientos constantemente.

   Soy un caminante de rutas casi diarias por vocación y disciplina.[4] Es un placer andar por los caminos rurales y las calles del pueblo, contemplar el amanecer, escuchar atentamente los sonidos de las aves y el fluir del agua por los causes de los ríos y las quebradas, observar los colores de la floresta, compartir saludos con paseantes habituales o de ocasión y apreciar la limpieza del entorno que ayudamos a cuidar. Durante cada trayecto llevo una bolsa para recoger desperdicios sólidos. Sin excepción, la traigo llena. Hiere la sensibilidad encontrar cotidianamente envolturas de comestibles, latas y botellas plásticas o de cristal vacías, papeles sucios, cajetillas de cigarrillos, servilletas, recibos de pago, entre otros, arrojados a las vías públicas urbanas y las zonas del campo. La basura es una presencia indeseable en el medio ambiente, porque no pertenece a él, por el contrario, está compuesta de sustancias y residuos que afectan la calidad del suelo, el aire y el agua.

   ¿Por qué arrojar basura? Infiero que una parte de la respuesta es la escasez de sentido de pertenencia, es decir, la idea preconcebida de la naturaleza entendida como objeto ajeno a la persona, recurso explotable, vertedero clandestino y materia desechable distinta a la “esencia humana”. Añadamos la pseudo solidaridad inherente a la expresión condescendiente: “alguien la recoge y vive de eso”. A lo que es preciso ripostar con un mensaje leído en un parque recreativo: “no te pedimos que limpies este espacio, pero, te exigimos que no lo ensucies”. Botar sobras por doquier demuestra no solo indiferencia crasa, sino también, insensibilidad rampante y el vacío de conciencia social de quienes, arrogantemente, pretenden ser dueños o mayordomos de lo que no les pertenece.

     Consciente o inconscientemente, lanzar bazofia en cualquier lado es descartarla porque el contenido consumible fue agotado y lo restante es engorroso. No obstante, la actitud cívica, que, obviamente, amerita una pedagogía crítica y, en este caso, una ecoética (ética ambiental), promueve depositar la basura en los envases designados. Corresponde a las autoridades comunitarias proveerlos eficazmente.  Si no hay uno cerca, es pertinente desarrollar el hábito de llevarla consigo y luego dejarla en el recipiente adecuado, que nunca debe ser el ámbito natural ni el público (aceras, calles, parques, fachadas, entre otros). Lamentablemente, la ausencia de higiene personal es extrapolada al contexto externo. Dicho sin ánimo de insultar, pero, como dice un refrán: “a quien le caiga el sayo que se lo ponga”.

     “Contaminen sus lechos y una noche perecerán ahogados en sus propios residuos”, sentencia la respuesta del Cacique Seattle a Franklin Pierce, presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, en 1854.[5]  He ahí el riesgo mayor de minimizar el impacto tóxico de la basura. Si bien las responsabilidades a tenor con la contaminación admiten gradaciones, ya que transitan por los organismos internacionales, gobiernos nacionales, las empresas locales, regionales y transnacionales, la individualidad no está exenta. La estética afeada del habitáculo enfermado hoy irrumpirá mañana con repercusiones nefastas. Aparentemente, el acto de tirar un sobrante donde no compete es inofensivo, pero, las apariencias autoengañan. Es inmoral, ilícito e indigno. Cuales sean los argumentos, de haberlos, que persigan sustentar la insignificancia de un hecho irresponsable, carecen de verdad y validez.

    Me resulta llamativo cuando congéneres halagan el compromiso social de la limpieza asumido voluntariamente. Esperamos que sea un aliciente para no arrojar basura, recoger la encontrada e insistir hasta la saciedad en la educación para la vida, que incluye, claro está, el cultivo de los ángulos complejos del ser humano, ente bio-psicosocial, según afirma el pedagogo y filósofo francés Edgar Morín: “Desde ahora, una ética propiamente humana, es decir una antropoética debe considerarse como una ética del bucle de los tres términos (individuo+ sociedad +especie), de donde surgen nuestra conciencia y nuestro espíritu propiamente humano. Esa es la base para enseñar la ética venidera”.[6] Continuaré caminando, rumiando y proponiendo consideraciones en mis Reflexiones desde El Jardín.



[1] Jorge Ramírez Giraldo (2024), Citará, la montaña, el hogar, Medellín: Editorial Grámmata, pág. 97.

[2] Martin Von Hildebrand (2024), El llamado del Jaguar: mi vida en el Amazonas, Bogotá: Pengun Random House Grupo Editorial, S.A.S, pág. 238.

[3] Recomendamos la lectura de la reflexión previa publicada en nuestro blog: Pertinencia de las políticas culturales, disponible en: https://conversacionesconmartincruzsantos.blogspot.com/2025/04/pertinencia-de-las-politicas-culturales.html

[4] Léase al respecto: Caminar y cantar, disponible en: https://conversacionesconmartincruzsantos.blogspot.com/2023/10/caminar-y-cantar-martin-cruz-santos.html

[6]  Edgar Morin (1999), Los siete saberes necesarios para la universidad del futuro, disponible en línea:

https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf0000117740_spa