Martín Cruz Santos
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De
un tiempo a esta parte todo acarrea visos de espectacularidad, a juzgar por el
cliché omnipresente en las adjetivaciones de muchos. Particularmente, es una
monotonía insoportable escuchar a autodenominados influencers usar el calificativo
“espectacular” como una muletilla imprescindible para referirse a los objetos
más disímiles desde una comida hasta la ropa interior. En los usos coloquial,
informativo y directivo de lenguaje, el vocablo y artificio de turno integra la
monserga de ocasión. Al parecer, mientras más repetitivo, mayor es el adorno de
la expresión.
Según el Diccionario de la Real Academia
Española (RAE), la voz en cuestión significa “que tiene caracteres propios
de espectáculo público”. Asimismo, connota ser aparatoso u ostentoso. No
dudamos que haya oportunidades múltiples para tildar sucesos con la susodicha
palabra. Sin embargo, cabe diferenciar entre acontecimientos y entes
susceptibles de valoración. Un alimento puede ser nutritivo, sabroso, delicioso,
apetitoso, entre otros epítetos. Aun cuando se tratara de una cena en el
contexto de una obra teatral, un concierto, una pintura, un performance o una
película, difícilmente los manjares constituyen la centralidad del acto como para
adjudicarle fastuosidad sin parangón. Ni siquiera la Última Cena. Un viaje, por
ejemplo, podría ser grandioso o sensacional, ambos son sinónimos de la
innombrable. Que percibamos un paisaje y lo consideremos deslumbrante, en vez
de la palabrita esa, es sintomático de diversidad léxica; por el contrario, acudir
a la “dichosa” (me niego a otorgarle preponderancia en este texto) es indigencia
terminológica.
Ciertamente, “en tiempos de prisa y
estridencia informativa, el adjetivo puede aclarar o distorsionar”.[1]
Temo que limitar y dramatizar una acepción específica trastoca el contexto de
la comunicación en detrimento de la comprensión del mensaje. Recargar una
exposición oral o escrita con el mismo sonsonete desgasta y trivializa la
profundidad del pensamiento y el lenguaje. ¿Por qué atosigar un discurso con la
apariencia farandulera predominantemente mediática? ¿Qué beneficio cultural se
logra con reducir los relatos a descripciones rimbombantes matizadas con la elocuencia
de un reality show?
Si la
declaración amerita el grado superlativo, no hay problema, pero, hágase el
ejercicio de reconocer la variedad de representaciones disponibles en el idioma
español. Esto es preciso cuando la narrativa es pretendidamente comunicacional.
Claro que es emocionante proclamar lo espléndido y explayarse en sus atributos.
No obstante, una revisión adecuada de la sinonimia evidencia lo innecesario de reproducir
una y otra vez la disonante “espectacular”. Escoja usted sin restricciones y
disculpe que traiga a colación algunos mencionados: vistoso, impresionante,
alucinante, asombroso, llamativo, espléndido, aparatoso, sensacional; o en su
defecto, dependiendo del caso: buenísimo, óptimo, inmejorable, insuperable,
extraordinario, excelso, sobresaliente, grandioso, prodigioso, excelente,
sublime. Pluralidad de opciones para manifestar
sentimientos, ideas y pareceres.
Presenciar
la utilización excesiva de un dicho implica no solo detectar una moda, sino
advertir un abuso evitable. Recuerdo una campaña desarrollada por la
Universidad del Sagrado Corazón (San Juan, Puerto Rico) cuya médula anunciante aseveraba:
“Idioma defectuoso, pensamiento defectuoso”.[2]
Al igual que los anglicismos, las reiteraciones innecesarias y las
exageraciones, la imposición de la palabrería novedosa, que cala en las mentes por
hábito o costumbre, perjudica el decir. No importa quién sea el trotamundos influyente
ni sus talentos de atracción y entretenimiento, frente a lo que exponga, seamos
críticos y coherentes en lo que pensamos, enunciamos y hacemos. La vida no es
un espectáculo ni tenemos vocación de meros espectadores pasivos. Apalabremos el
compromiso de escuchar, ver y hablar conscientemente proveyendo sentidos propios
sin adopciones de la locución frecuente en boga. Intento practicarlo en mis
Reflexiones desde El Jardín.
[1] Óscar Durán (director de la Academia de Periodismo de Utadeo), El problema de los Adjetivos, Fundación Gabo, Red Ética, 21 de noviembre de 2025, disponible en: Etica Periodística
[2]
La campaña se llevó a cabo a través de los medios de comunicación social de
Puerto Rico en el año 1995.


