Falacias,
indiferencias y silencios
Martín Cruz Santos
“Y creo que quienes están en el poder quieren
que
nos sintamos impotentes, que sintamos que no podemos hacer nada.”[1]
Arwa
Mahdawi
(periodista y escritora británica)
“La vida no vale nada,
si escucho un grito mortal
y no es capaz de tocar
mi corazón que se apaga.”[2]
Pablo
Milanés (1943-2022), cantautor cubano
Que la incertidumbre es una constante en
la vida está estipulado. Sin embargo, la proliferación de lo incierto como un
mecanismo de dominación disfrazado de verdades universales hace palidecer el
desasosiego y promueve el miedo incesante. Desde tiempos antiguos, la capacidad
humana para engañar mediante falacias o argumentos falsos con facha de certeza
ha servido a los intereses de quienes los encausan. Si lo duda, investigue
sobre aquellos notables griegos denominados sofistas a quien Sócrates fustigó.
La ignorancia y el fanatismo son las garantías del discurso falaz. También lo
abonan la indiferencia y el silencio. Cuádruple agrupación que acompaña el
consumo de la desinformación en la era de la posverdad.
En un mundo donde las narrativas múltiples producidas
en los centros del poder económico son institucionalizadas políticamente y difundidas
en la población como intereses comunes, la invención, interpretación y
tergiversación de hechos y veracidades constituye una tolvanera intencionada. La
mentira adornada con moralismos religiosos alineados a costumbres y tradiciones
útiles para la reproducción del poder es una franqueza aceptable, aunque
albergue el cinismo. Tal vez porque lo contiene, vocifera e impone aumenta su
influencia, porque en tiempos cuando el desprecio y envalentonamiento sustituyen
al diálogo y la búsqueda de soluciones, la ética transmuta en apatía. Por ejemplo,
una andanada de improperios lanzada por un opulento gana la aprobación de una
multitud amorfa con un mutismo indiferente y enajenado.
Hay una turbulencia norteña que ha causado
inestabilidad en el sur, al igual que en diversos rincones de la tierra. Triste
época la nuestra cuando la inseguridad es lo más seguro y el olvido es aclamado
desde las pantallas táctiles, los medios de comunicación social, los púlpitos, las
redes sociales, las escuelas y los centros comerciales cual perdón subsanado.
La quimera de “hacer grande otra vez” a determinada nación oculta la irrupción
del despotismo trasnochado.
Asistimos al desmantelamiento del desorden
mundial previo, uno advenido al culminar una guerra atroz casi a la mitad del
siglo veinte. De tanto esperar una tercera conflagración épica, hemos pasado
por alto que vivimos sometidos a la normalización de las expectativas bélicas. Las
intervenciones en los asuntos internos de cualquier país, las invasiones
terroríficas, los golpes de estado fabricados con la etiqueta imperial y los
conflictos surgidos a diestra y siniestra, la mayoría por el afán de lucro capitalista,
integran el andamiaje discursivo que ya prescinde, sin empacho, del moribundo
derecho internacional y la igualmente cadavérica institucionalidad fundada para
cobijarlo. En su lugar ubican metáforas grandilocuentes que apelan a las luchas
contra el terrorismo diseñado a la medida occidental, el narcotráfico
fantasmagórico, la amenaza omnipresente del espectro inmigrante, emancipar el
mundo de los enemigos imaginarios de toda índole y salvar a la humanidad destruyéndola.
En la hora de las falsedades, es un objetivo estratégico vaciar los
significados de cuanta palabra y gesto haya motivado la coexistencia pacífica
en riesgo de ser alcanzada por un misil nuclear siempre.
Mientras tanto, abundan los mercaderes de
las verdades eternas y los dogmas revelados. Dioses y miserias congregan a
muchos esperanzados en la conservación de un pasado paradisiaco que jamás ha
visto la historia. La grandeza originaria proclamada no es otra cosa que la
mayor acumulación de poder en manos escazas, las de los privilegiados de la
élite planetaria, para quienes difamar, perseguir, encarcelar, deportar,
torturar y matar son transgresiones necesarias en aras de poseerlo todo. En
medio del caos desatado cabe formular una interrogante: ¿llegará algún día la
paz anhelada? Por supuesto que sí, pero la de los sepulcros, cuando comprendamos
que el genocidio actual en Gaza es el destino manifiesto de la humanidad. Y que
todas las buenas intenciones desentendidas de la debida solidaridad,
organización y actividad política eficaz allanan el camino para la consecución
de los planes dictatoriales. Falta que el silencio maldito de la indiferencia evidencie
la complicidad de tantos y la falacia del derecho a la vida, que no vale nada,
si discrimina entre las de unos y otros por razón de la clase social, raza,
etnia, país e ideología de pertenencia.
Es imprescindible arrancar la sombra
tenebrosa que opaca el optimismo y procurar que el presente tenga vocación de
futuro. De lo contrario, sucumbiremos al fraude representado por las
democracias supeditadas a imposiciones autoritarias y fundamentalismos de nuevo
cuño y vieja estirpe. Espero que no sea demasiado tarde para afirmarlo en mis
Reflexiones desde El Jardín.
[1]Alejandra Martins, BBC
News Mundo,(9 de noviembre de 2025),
"¿Tú qué hiciste durante el
genocidio?": la provocadora pregunta con que la escritora Arwa Mahdawi
reflexiona sobre la ofensiva de Israel en Gaza, disponible en:
https://www.bbc.com/mundo/articles/cqjw2kyep4no
[2]
Pablo Milanés, (1976), La vida no vale nada,
(álbum homónimo), España: Universal Music Group.


