25 octubre 2023


 

Nada humano me es ajeno o ¿por qué la guerra?

Martín Cruz Santos

 

     “Humano soy, nada humano me es ajeno” es una expresión que atribuimos a Publio Terencio, comediógrafo nacido en la antigua Cartago, hoy Túnez, cuya fecha de nacimiento es inexacta, pero sabemos que falleció en la ciudad de Roma en el año 159 a.C. La cita es tomada de su obra titulada Heautontimorumenos, traducida al español, El que se castiga a sí mismo o El enemigo de sí mismo. Abundan las interpretaciones del fragmento citado de una comedia representada por vez primera en el 163 a.C. La frase evoca en mí un consejo ofrecido por un sacerdote jesuita hace casi cuarenta años: “no te sorprendas de lo que un ser humano ha hecho, porque como humano, tú también podrías hacerlo”. Por vías distintas, ambas, reflexiones apelan a lo humano como especie, su singularidad en la pluralidad, a la diversidad de cualidades afines, contradictorias, disímiles, conflictivas; a lo irresoluto de su devenir construido en la materialidad natural y la simbiosis con los imaginarios culturales creados, en fin, lo propio del quehacer histórico. 

     Somos humanos, miembros de un colectivo biológico y cultural que ha transitado por rutas ideológicas, racionalistas, dogmáticas y antropocéntricas al punto de encumbrarse como si estuviera por encima de la naturaleza, de la cual somos parte, no aparte. Sembramos y cosechamos los frutos de la tierra. Domesticamos, incluso a congéneres. Cazamos, pescamos, modificamos genéticamente y reproducimos individuos de distintas especies hasta la extinción por lógicas económicas. Nos alimentamos de los demás animales por gusto y gasto. Ponemos precio sin dudar incluso a la vida de otros. Afirmamos el derecho a la vida, hasta cierto punto, porque establecemos límites a la otredad que nos interpela.  Aunque nada humano nos debe ser ajeno, vivir enajenado no es una excepción.

    No somos ajenos a la paz, tampoco a la guerra. Sigmund Freud y Albert Einstein, ambos célebres en las ciencias respectivas a las que dedicaron sus vidas, ensayaron respuestas carteadas a una interrogante fundamental en la década de 1930: ¿Por qué la guerra?[1] Hoy día, cuando las guerras son noticias cotidianas difundidas por los medios corporativos de comunicación, cargadas con todo tipo de matices propagandísticos, es frustrante escuchar, leer y ver contestaciones someras que rayan en la justificación de la violencia por cualquier motivo o, simplemente, “porque ha sido así siempre”. Sucede con el drama palestino en la Franja de Gaza que la opinión introyectada por una parte no menor de la población occidental justifica con razones “bíblicas” sin contextualización geográfica e histórica alguna. Asimismo, sectores afines a tendencias particulares del islam exponen motivaciones acordes a su visión religiosa del mundo. Sin embargo, subyace a todo un asunto político ulterior, por ende, relativo al poder, sustraído de la ecuación pública, lo que impide comprender las causas de la violencia desatada y los intereses que la fomentan. Las muertes sobran no importa la cantidad, la indiferencia también.

     Palestina, Ucrania, Siria, Yemen, Sahel, Azerbaiyán, Tigray, República Democrática del Congo, Haití, Colombia, son nombres de países que registran conflictos armados, y es solo una muestra. Coexisten las causas múltiples de los casos y las complejidades acompañantes. No obstante, el poder está presente, sin duda alguna. Al respecto, en la carta que Einstein la cursara a Freud el 30 de julio de 1932 afirma:

“La necesidad de poder del sector dominante se resiste en todos los Estados a una limitación de sus derechos de soberanía. Dicha necesidad de poder se alimenta con frecuencia de un afán de poder material y económico de otro sector. Me refiero sobre todo al pequeño, pero decidido grupo de aquellos que, activos en todos los Estados e indiferentes a las consideraciones y limitaciones sociales, ven en la guerra, la fabricación del comercio de armas una oportunidad de obtener ventajas personales, o sea, de ampliar su esfera de poder personal”.[2]   

En su argumentación cuestiona sin ambages: “¿Cómo es posible que la citada minoría pueda poner a las masas al servicio de sus deseos, si estas, en el caso de una guerra, solo obtendrán sufrimiento y pérdidas?”[3]       Tamaña interpelación para la que ensaya una respuesta:

“…la minoría de los dominantes tiene sobre todo la escuela, la prensa, y casi siempre también las organizaciones religiosas bajo su control. Con estos medios, domina y dirige los sentimientos de las masas, al tiempo que los conviertes en sus instrumentos” [4]

De modo que la enajenación es promovida y construida mediante los aparatos ideológicos del Estado.[5] Mirar un conflicto bélico desde la óptica dominante y con acceso económico a difundir la propaganda mediática disfrazada de imparcialidad noticiosa es optar por una parcialidad acrítica. Es el resultado de la gestión eficaz del poder dominador frente a la cual pareciera que no se es ajeno a determinada realidad social cuando lo cierto es que la distorsión opaca, obstruye, normaliza y favorece la acción violenta. Nos alejamos del sufrimiento ajeno aproximándonos a la insensibilidad.

     Que a los seres humanos son inherentes los instintos de agresividad, como es natural, igualmente, en otras categorías animales, no está en juicio. Pero, confundir lo instintivo con la violencia o uso de la fuerza para lograr el propósito de dominar a través de la imposición es sintomático de la programación ideológica. La respuesta de Sigmund Freud a Albert Einstein en su carta de septiembre de 1932 contiene destellos iluminadores que abonan a la discusión sobre la complejidad de los enfrentamientos violentos. Freud aduce el factor de las disputas de opiniones que incrementan hasta la adopción de estrategias, tácticas e instrumentos belicistas causantes de destrucciones cada vez mayores:

“Con la adopción de las armas, la superioridad intelectual comienza ya a desplazar a la fuerza muscular bruta, pero el objetivo final de la lucha sigue siendo el mismo: por el daño que se inflija o por la aniquilación de sus fuerzas, una de las partes contendientes ha de ser obligada a abandonar sus pretensiones o su oposición. Este objetivo se alcanza de la forma más completa cuando la violencia elimina definitivamente al enemigo, es decir, cuando lo mata. Tal resultado ofrece la doble ventaja de que el enemigo no puede volver a oponerse y de que el destino sufrido sirve de escarmiento y desanima a los que podrían pretender seguir su ejemplo”.[6]

Freud explana su planteamiento analítico con claridad y precisión. Ahora bien, el andamiaje discursivo y tendencioso de los Estados y los protagonistas afines es un arma utilizada tanto en la guerra como en la paz y no conlleva necesariamente las mismas características de lo planteado por el psicoanalista. Usualmente los actos de agresión violenta son sublimados con ribetes de heroicidad y causas justas. Por tanto, el “nada de lo humano me es ajeno” puede ser configurado acorde a intereses variados. El pensamiento crítico no debe sustituirse con las representaciones valorativas del poder producidas por los beligerantes.

    El análisis sociológico de Eligio Resta, precedente en el libro de las cartas de Einstein y Freud, propone algunas premisas y prácticas comunes que debemos considerar a la hora de auscultar las justificaciones tras una guerra:

“Si las cosas las poseemos nosotros son un valor, si las poseen los otros son un desvalor. La guerra es el arquetipo del modelo de la envidia, porque quien recurre a la guerra dice siempre que lo hace por un motivo justo, mientras que imputa injusticia a los otros que también recurren a ella. Si las armas las posee uno son garantía de seguridad, si las posee otro lo son de agresividad e injusticia; si uno se apunta a la carrera armamentista dirá que lo hace para asegurar la paz; si es otro el que lo hace, será porque es un beligerante que combate en contra de la paz. Y lo mismo vale para el desarme: uno se empieza a desarmar solamente cuando y si, el otro se ha desarmado, porque se piensa que, mientras que nuestro desarme es verdadero y autentico, el de los otros es falso y estratégico”.[7]     

Tal es el grado de dificultad de las acciones humanas en el espacio y el tiempo. Encontramos en las realidades percibidas tonalidades de grises en escalas amplias, pues no todo es blanco y negro. Pero, la sangre derramada es roja, el sufrimiento angustioso opaca la brillantez de la vida, y las consecuencias depredadoras y mortíferas de las guerras superan los discursos de los colores partidistas.

    Si nada de lo humano me es ajeno hoy día, es preciso captar cómo eclipsa la cacareada racionalidad humana ante la alienación condicionada por las creencias y narrativas míticas en guerras santas, justas, democráticas y liberadoras. Como bien dijera Freud: “Mientras existan imperios y naciones que estén dispuestos a la destrucción sin miramientos de otros, estos otros deberán estar preparados para la guerra”.[8] El temor a una conflagración mayor continua activo, mientras tanto, escenas humanamente conmovedoras y desgarradoras, como las vividas en la Franja de Gaza después del ataque de Hamas a Israel y el tiempo prolongado (56 años) de ocupación territorial[9] asfixiante[10], excluyente y cruenta del último en Palestina, apoyado por Estados Unidos y un grupo de países occidentales, hieren la sensibilidad, despiertan la indignación ética y no deben sernos ajenas, si todavía reclamamos la condición inalienable de la dignidad humana. Dicho en el contexto inmediato de mis Reflexiones desde El Jardín.   



[1] Recomendamos la lectura de las cartas que ambos científicos compartieron. Hay una publicación que cuenta con un análisis introductorio del sociólogo español Eligio Resta: Albert Einstein y Sigmund Freud, ¿Por qué la guerra?, Barcelona: Editorial Minúscula, 2001.

[2] Ibid., 66.

[3] Ibid., 67.

[4] Ibid.

[5] El término aparatos ideológicos del Estado fue acuñado por el filósofo francés Louis Althusser (1918-1990) y propicia indagar en la ideología como mecanismo del poder político institucional. Véase: Louis Althusser, Ideología y aparatos Ideológicos del Estado (diversas ediciones).     

[6] Albert Einstein y Sigmund Freud, ¿Por qué la guerra?, 74.

[7] Ibid., 50-51.

[8] Ibid., 51.

[9] Recordemos que el Estado de Israel ocupa Cisjordania, que incluye Jerusalén Oriental, y la Franja de Gaza desde junio de 1967 tras la Guerra de los Seis Días (5 al 10 de junio) entre Israel y una coalición árabe. Para una síntesis de ese proceso histórico consultar:   https://www.bbc.com/mundo/articles/cd1dk2079rgo

[10] El secretario general de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), Antonio Guterres, en su discurso pronunciado en una sesión del Consejo de Seguridad de ese organismo internacional el martes 24 de octubre de 2023 calificó como asfixiante la ocupación israelí de Gaza, además, de condenar los ataques de Hamas sobre la población de Israel. Fuente: Redacción de BBC News Mundo, El jefe de la ONU dice que los ataques de Hamás "no ocurrieron de la nada" e Israel pide su dimisión inmediata, 24 de octubre de 2023, disponible en línea: https://www.bbc.com/mundo/articles/cnevr3gvrxxo

 


16 octubre 2023

   Juvenal Marín Jaramillo: sus narrativas literarias y fotográficas

 Martín Cruz Santos

      Las palabras que leemos y escribimos pueden ser liberadoras. Si mediante la escritura se es capaz de transfigurar la estética de las realidades cotidianas, las lecturas subvierten la imaginación inmovilizada. Frente a los símbolos y las imágenes que abarcan resquicios descifrables, hasta cierto punto, es imprescindible armarse con la sensibilidad suficiente como para no claudicar en el intento de interpretarlos. Miradas literarias profundas y captaciones visuales panorámicas de la geografía natural y cultural del suroeste antioqueño entreveran el quehacer narrativo y analítico de Juvenal Marín Jaramillo, a quien dedicamos esta reflexión.  

     Mi aproximación al mundo creativo de Juvenal ha sido a partir de las fotografías que publica frecuentemente en las redes sociales, particularmente en Facebook. Compartimos el gusto por fotografiar paisajes naturales. Ocasionalmente publica reflexiones tan elocuentes como sus fotos. Mas su libro titulado Memorias de un pueblo suicida[1] representa el encuentro con los relatos del autor, que, a decir de Amado Lopera García, quien escribió la presentación de la obra, es un “narrador ameno, pintoresco, que logra la atención del lector con esbozos vivos sobre la vida aparentemente tranquila de su provincia. Pero sus anotaciones no son inocentes, sino cáusticas, críticas”.[2] Suscribo esa justipreciación a la que abono el carácter introspectivo, conspicuo y de honda curiosidad epistemológica que permea la prosa del Autor. Dicho de un escritor que afirma y antepone categóricamente lo analítico subyacente a sus composiciones.

                                                        Cañón de la vereda La Linda. Foto: Juvenal Marín Jaramillo
                                                            (Facebook: https://www.facebook.com/juvenal.marinjaramillo)

     Don Luis, el tendero, y Jairo, el artista plástico, son los personajes que protagonizan los diálogos filosóficos primordiales en el contexto de un pueblo colombiano del suroeste antioqueño donde el suicidio acecha y pulula cotidianamente. La perspicacia del viejo y el curioseo del joven rompen la monotonía habitual del espacio pueblerino habitado en la tierra de los arrieros. Entre cafés y chismes matizados por las muertes recientes, transita la vida de la población. Interrogantes van y vienen buscando hurgar en los vericuetos de los decesos ajenos. Don Luis responde quebrando las habladurías y aupando el sentido de las cosas. Como la respuesta merecida por el cantinero del pueblo, quien a cambio de vender un tinto espera ser reciprocado con un chisme. Él era uno entre muchos sobre quienes asevera Don Luis:

¡Eh, qué guevonada con la gente de este pueblo! Cuando se trata de tomar decisiones que nos convienen a todos se van por las ramas, no piensan ni en las consecuencias de sus decisiones, se dejan manipular con videítos cursis y discursos güevones, se venden por una tripa de cerdo o por una teja mal colocada, amén de fórmulas chimbas para calmar el hambre”.[3]

La profundidad reflexiva proyecta sabiduría añejada. Máxime si el caudal adquirido comporta, como bien acuñara el maestro Sábato, “una esperanza demencial”.[4]


Parque El Libertador, Jardín (Antioquia) Foto: Juvenal Marín Jaramillo

     Cuales imágenes estáticas o en movimiento, las memorias contadas trasladan la imaginación leyente a visualizar la tienda de Don Luis, la habitación del artista Jairo, las alegrías festivas de los acemileros, la violencia intempestiva disfrazada de “limpiezas sociales” y los rostros de los caminos andados por los asesinados Ferchi, Borojó, Ninilla y Jorgito, entre otros. El andar presuroso de los perseguidos por sicarios amalgama con la premura de los suicidas avanzando las hojas del calendario antes del fin. Al respecto expresa Julián Esteban Marín, a mi juicio, la síntesis valorativa del Libro:

“Este libro, lleno de denuncias de actos desalmados y atroces, cumple con su intención de mostrar a la muerte en su lado más cruel, pero también consolador. Porque existen voces, que, ante la inevitable llegada de la muerte a manos de los bárbaros, solo pueden gritar clemencia, y otras, ocurre en el suicidio, que agradecen su llegada”.[5]  

Juvenal Marín Jaramillo, el retratista de la cotidianidad, no teme abordar las tramas de la finitud vital arrinconada por el oprobio, el desgaste existencial y la violencia desalmada y sanguinaria. Por el contrario, dibuja tanto los contornos como los contenidos, las causas y la abulia aparente del perfil suicida:

“Hombres y mujeres, viejos y jóvenes, incluso niños imberbes aún, de esos que pululan a granel por las calles en el pueblo, buscaban la solución a sus problemas sentimentales o monetarios, incluso de hambre, apuntándose con el arma que tuviera al alcance. Se colgaban en rusticas horcas como la viga de un cuarto, la rama de un árbol, el tubo de la ducha, la llave de lavamanos -aunque parezca mentira-, o un perchero envejecido del que colgaban nostalgias en una sucia pared. Eran tantos los suicidios, tantas las maniobras empleadas, tantas las horas y los motivos, que al final del cuento estos eventos horrorosos empezaban a pasar inadvertidos como por costumbre”.[6]    

Descripciones todas colmadas de crudeza, indignación y comprensión humana. No puede ser de otro modo, pues suicidarse constituía un rasgo identitario del paisaje lugareño, ya que “todos estos suicidios crearon la macabra leyenda que trascendió fronteras y que luego fue tema de estudio en claustros universitarios, amén de libros y crónicas de algunos gomosos del tema”.[7] 

                                                    ¡Pa' misa!, Jardín (Antioquia). Foto: Juvenal Marín Jaramillo.

     Observar minuciosamente las fotos creadas por Marín Jaramillo requiere una dedicación similar a la lectura de sus textos. La exposición y luminosidad, los contrastes y las sombras de los objetos, sujetos y personajes enfocados cobran la vivacidad discursiva que el autor enfatiza en sus representaciones. Brilla la disfuncionalidad social donde la muerte autoinfligida distorsiona la calidez humana y resalta la opacidad de la existencia. Un abrir y cerrar del objetivo propicia la entrada mayor o menor de la luz, que en el acontecimiento suicida disminuye a destiempo hasta la oscuridad absoluta o el deslumbramiento por el bien morir.[8]  Memorias de un pueblo suicida detalla las piezas para el retrato singular de una realidad colectiva plétora de claroscuros.

   He visto a Juvenal arrimarse al Parque el Libertador,[9] cámara en mano, husmeando las estampas del común y sus variantes culturales. Percibe los juntes de contertulios, las llegadas de forasteros, las idas y los retornos de residentes; asimismo, la puesta del sol allende los farallones del Citará y las despedidas acongojadas de los deudos ante el devenir inexorable del final de la vida. Sospecho que el recorrido por las escenas percibidas y el caminar a través de las veredas del municipio evoca en él, de algún modo, las remembranzas del pueblo suicida, las presencias esperanzadas en un futuro quimérico - añorado, igualmente, por bien intencionados, arriesgados y pusilánimes y el languidecer de las campanas del templo aquel recibidor de vivos y difuntos entre los cuales descollaban suicidas de turno.

               ¡Qué' hubo hombre! ¿Viene o va pa' misa?
                                                     Foto: Juvenal Marín Jaramillo.

    Celebramos la segunda edición 2023 de Memorias de un pueblo suicida. Su aporte a la literatura colombiana es indudable, pero también a la comprensión de las contradicciones históricas del País. Esperamos la proliferación de las letras inspiradas de Juvenal Marín Jaramillo. Para nuestro amigo autor y su obra hay un apartado franco en mis Reflexiones desde El Jardín.     

     

 



[1] Juvenal Marín Jaramillo, Memorias de un pueblo suicida, Jardín, Antioquia: edición del autor, 2023.   

[2] Ibid., presentación (sin número de página).

[3] Ibid., 45.

[4] Ernesto Sábato, La resistencia, Barcelona: Editorial Seix Barral, 2000, p. 4.

[5] Juvenal Marín Jaramillo, Memorias de un pueblo suicida, páginas introductorias y contraportada.

[6] Ibid., 113.

[7] Ibid., 118.

[8] Aludo al capítulo XXI, que es titulado Manuel del bien morir (páginas 197-205).

[9] Nos referimos al Parque El Libertador en el municipio de Jardín, Antioquia. 

04 octubre 2023

 


Caminar y cantar

 Martín Cruz Santos

 

“Llevo el paso infinito del caminante.
Yo nací en una tierra lejos de aquí”.[1]

“Caminando, se aprende en la vida.
Caminando, se sabe lo que es.
Caminando, se cura la herida,
Caminando, que deja el ayer”.[2]

 

     Se me antoja escoger dos epígrafes musicales, entre otras posibilidades, para iniciar esta reflexión acerca de una actividad que practico y disfruto frecuentemente: caminar. A vuelo de pájaro, veamos que en el idioma español son variadas las canciones sobre ese tema que han sido escritas e interpretadas. Pude haber escogido Cantares,[3] la versión de un poema del español Antonio Machado musicalizado por el catalán Joan Manuel Serrat o Sal a caminar,[4] letra y música del cantautor puertorriqueño Roy Brown. Cómo no, Vamos a andar,[5] del cubano Silvio Rodríguez, es, sin duda alguna, un himno que convoca a quienes nos declaramos caminantes.

     Redacto una introspección compartida donde transitamos por rutas y canciones. Lee, oprime los vínculos incluidos en el texto y en las notas al calce, escucha las canciones, observa y aprecia los videos. Invito a ir y venir por los caminos recorridos y por recorrer. Caminar bonito,[6] con voluntad, coherencia y determinación para que no nos cuenten, sino vivirlo.

   Al paso[7] se camina siguiendo el ritmo propio cadenciosamente. Hay que degustar el camino con cada pisada. Sin afán o en su presencia, “caminando por la vida cantaré por el camino”.[8] Aunque el bípedo humano, al igual que otros animales, utiliza sus extremidades inferiores para movilizarse y lograr el traslado de un espacio a otro, andar puede resultar monótono si no acompañamos los pasos con la musicalidad de los pies sintiendo la armonía sonora que producen. “Los caminos no se hicieron solos”,[9] por el contrario, requirieron de milésimas de zancadas, huellas y surcos. Rítmicamente, tal vez silbando, conversando con otros, cavilando solo, avanzando, retrocediendo, escuchando la sonoridad de la naturaleza y la cultura, en fin, abriendo tramos y acercando distancias.

   Cuando nos acompañamos de otras personas no simplemente caminamos, paseamos. Desplazarse a pie evoca las épocas lúdicas de la niñez. El rumbo trazado puede ser fijo, pero, vagamos como trotamundos o ciempiés descansados. Callejear en marcha peregrina por los campos y las ciudades es propio de la amistad caminera.  Aventurar con la persona amada es un convite para atravesar unidos “lo que me resta del camino”.[10] Ayuda a trasmutar los pavores en kilometrajes de vivencias arriesgadas apostando a la vida para aprender a vencer “el miedo de salir a caminar sola por ahí”.[11] En soledad o compañía, somos aprendices de caminantes, liberamos las tensiones y estrechamos las libertades que nos aúpan para ser más libres.

   Son tantas las lecciones penetradas ejercitando el quehacer del movimiento a dos piernas que sería pretencioso exponerlas en un escrito. Únicamente quien es peripatético comprende que “para caminar, para subir más allá”[12] es imprescindible trascender los embalajes culturales impuestos y condicionadores de los imaginarios y las visiones de mundo adoptadas a lo largo del camino. Soy un caminante absorto quien piso con atención y firmeza las superficies del terreno. De ese que no me aparto para seguir aportando mis Reflexiones desde El Jardín.  

                                                



[1] Estrofa de la canción titulada El caminante, del cantautor venezolano Guillermo Mejías Palazzi (1943-2000). El tema ha sido interpretado por diversas personalidades y en diferentes géneros musicales. Menciones dos versiones de la música tropical: Joe Arroyo con Fruko y sus Tesos de Colombia (oprima el enlace para acceder a la canción), Álbum La noche, año 1999; Roberto Torres  de Cuba (oprima el enlace para acceder a la canción), Álbum El castigador, año 1973. 

[2] Primera estrofa de la canción titulada Caminado (oprima el enlace para acceder a la canción), letra e interpretación de Rubén Blades grabada en el álbum homónimo del año 1991.

[3] La interpretación compartida fue grabada en video en un concierto en el Teatro Municipal de Santiago de Chile en 1969.

[4]  Comparto una grabación del concierto "Yo Protesto" llevado a cabo el 7 de febrero 2005 en el Teatro Raúl Julia del Museo de Arte de Puerto Rico. Cantan a dúo los cantautores Roy Brown y Tonny Croatto (1940-2005), quien falleció el 3 de abril de 2005. 

[5] Vamos a andar es una de las canciones que integran el disco Rabo de nube grabado en el año 1980.

[6] Caminar bonito, letra y música de la cantante, compositora, actriz, diseñadora y activista mexicana María Natalia Lafourcade Silva, conocida como Natalia Lafourcade, fue incluida en el álbum De todas las flores grabado en 2022.

[7] Al paso es una composición del cantante y compositor natural de Puerto Rico Pedro Secundino Ortiz Dávila (1912-1986), conocido como Davilita. La canción fue grabada por varias orquestas entre las cuales destaca la venezolana Billo´s Caracas Boys, cuya versión compartimos.

[8] Estrofa de la canción titulada Caminando (oprima el enlace para acceder a la canción) de la cantautora española Amaia Montero Saldías, ex vocalista del grupo musical La Oreja de Van Gogh, que es parte del álbum Amaia Montero 2 (2011).   

[9] Comienzo de la canción Los caminos, de cantautor cubano Pablo Milanés (1943-2022) grabada en el álbum Identidad (1990).

[10] La frase citada alude a la canción Caminar de tu mano (oprima el enlace para acceder a la canción) cuya letra es atribuida al cantautor y compositor mexicano José Luis Ortega Castro, miembro del dúo Río Roma. Fue grabada con la participación de Fonseca, cantante colombiano invitado, en el álbum Eres la persona correcta en el momento equivocado (2011).

[11] Caminar sola (oprima el enlace para acceder a la canción) es el título de una canción creada por la artista mexicoestadunidense Julieta Venegas Percevault y que forma parte de su disco Tu historia (2022).

[12] Al respecto, escuchemos Para caminar (oprima el enlace para acceder a la canción), cuyo estribillo cito, una pieza musical interpretada por la cantautora, poeta, gestora cultural y comunicadora social afrocolombiana Cynthia Montaño, que forma parte de su álbum La fábula (2023).


26 septiembre 2023

Esto es lo que hay

Martín Cruz Santos

     Es un refrán popular y una expresión puntual a la hora de afirmar categóricamente una perspectiva pretendidamente realista. “Esto es lo que hay” circunscribe los significados de una parcela de la realidad social, política, económica y cultural. Advierte la exclusión de otras posibilidades por el momento, es decir, es lo que es mientras no cambien las condiciones materiales y simbólicas que causan el estado actual de las cosas. Pudiera significar la validación del conformismo frente a lo arduo de la vida, pero también el reconocimiento de las circunstancias, el terreno que pisamos y el punto de partida para el cambio. Las representaciones culturales del adagio han penetrado dimensiones diversas del habla hasta colocarse como temas de canciones y otras producciones comunicacionales.[1]

   El otro día conocí a un trabajador y pequeño comerciante tan elocuente en su desempeño laboral como en la profundidad de sus cavilaciones. Hablamos a tenor con la trayectoria de su negocio y los gajes del oficio, que incluye lidiar con clientes cuyas expectativas rayan en hallar a la menor pretensión un genio de la lámpara capaz de cumplir todos los deseos del consumidor. Son tan exigentes que expresan malestar porque encuentran lo no buscado en el sitio en cuestión donde nunca les anunciaron que llegarían a sus metas añoradas. Entonces irrumpen en pesares, juicios y comentarios despectivos que usualmente no aducen cuando visitan los centros comerciales citadinos.

  “Esto es lo que hay”, me contó el trabajador, era la sentencia de su madre viuda y trabajadora mal pagada cuando sus hijos reclamaban otro menú imposible de satisfacer por ella dada la precariedad económica limitante incluso de no poder llevar a la mesa el mínimo de nutrientes necesarios para una vida sana. También escuchó el dicho salido de la boca de un tío con quien trabajó desde temprana edad con el propósito de auparse y apoyar a su familia. Hoy el amigo lucha por levantar un proyecto para el sustento familiar. Lo hace junto a su esposa, principalmente, sabiendo a ciencia cierta que “Esto es lo que hay”, pero, vislumbrando el desarrollo de lo que habrá de ser. Con un horizonte lejano y acuciante merecedor del esfuerzo actual, dedica la mayor parte de su tiempo, como asevera, a crear un entorno acogedor para sus clientes y una vida sin agobios digna de la esposa, los hijos y él.

      “Esto es lo que hay” contiene un llamado a la conciencia para comprender el contexto histórico habitado. Máxime si el acto es de autoconciencia compartida con quienes sufrimos atropellos tantas veces naturalizados como parte de la vida. En el espacio y el tiempo donde realizamos o no la actividad humana y social posibilitadora de transformaciones del entorno cultural es imprescindible aprehender “lo que hay”, no para adaptarnos pasivamente al orden o desorden establecido, sino, precisamente, proponernos subvertirlo. No conviene a quienes ostentan el poder económico y político, con aristas culturales proyectadas hacia todas las direcciones sociales, que analicemos, interpretemos y develemos las dimensiones de lo que es versus lo que debe ser. Por eso graban en epígrafes monolíticos un “Esto es lo que hay” inalterable y de “orden divino”.

     Los claroscuros pueden ser percibidos por doquier. Mas, como dice el aludido trabajador y comerciante: “los ojos ven lo que quieren ver”. Sin embargo, una oligarquía dominante y sistemáticamente atornillada con el objetivo de conservar y reproducir el poder de una generación a otra no escatima en la producción de la miopía social y el astigmatismo político. Meramente atisbamos la realidad circundante como consecuencia del estrabismo inculcado. Por el contrario, con la voluntad, el raciocinio, la coherencia y determinación conscientes, irrumpen interrogantes explosivas, pues “una sola pregunta puede contener más pólvora que mil respuestas”.[2] ¿Por qué no enfocar las miradas en dirección a las causas de la pobreza y el enriquecimiento desmedido? ¿La desigualdad socioeconómica es una mal necesario? ¿Cómo llegaron a constituirse en negocios lucrativos el narcotráfico, la trata humana, la explotación sexual infantil y la adulta, la esclavitud laboral, el armamentismo, la gentrificación urbana y rural, y el desplazamiento migratorio, entre otros?  ¿Las guerras impuestas son inevitables, justas y liberadoras? ¿Los intereses particulares de una clase social hegemónica y su control de la economía y el Estado-gobierno coinciden con el bien común de la mayoría? ¿Cómo detectar el mimetismo camaleónico del colonialismo?  ¿Existen los llamados “valores morales inmutables” como contraposición a la realidad humana e histórica cambiante? Interrogantes todas formuladas en aras de hurgar en “Esto es lo que hay” y sus contrapartes.

   “Lo que un día fue no será.” [3]  El devenir continuo y dinámico del quehacer humano evidencia las transformaciones históricas unas veces inconclusas o reformadas y otras drásticas y revolucionarias. En cada una de ellas la acumulación de las tensiones, aspiraciones, frustraciones, logros e intereses contradictorios acaba por empujar rupturas agolpadas en continuidades y discontinuidades. Algo queda de lo que hubo, pero, recordemos a Heráclito de Éfeso[4]: “Ningún ser humano puede cruzar el mismo río dos veces, porque ni el humano ni el agua serán los mismos.”  “Esto es lo que hay” … por lo presente, porque tarde o temprano Todo cambia.[5] Mientras tanto, continúo expresándome a través de mis Reflexiones desde El Jardín.

 

 



[1] Por ejemplo, en Venezuela, uno de los países de América donde es común el refrán, el grupo musical Los Amigos Invisibles, fundada en 1991, grabó la canción titulada Esto es lo que hay (oprima el enlace para acceder al video oficial) en el año 2004 con un ritmo tropical pegajoso en el Álbum titulado The Venezuelan Zinga Son Vol. 1.  Asimismo, cinco años más tarde la televisora venezolana RCTV produjo y transmitió la telecomedia o comedia de situación con el título homónimo de la canción, que fue el tema principal de la misma.  

[2] La oración fue escrita por el filósofo noruego Jostein Gaarder en su obra titulada El Mundo de Sofía, Noruega, Editorial H. Aschehoug & Co., 1991.

[3] La frase hace referencia a una estrofa de la canción titulada Lo que fue no será (oprima el enlace para acceder al video de la canción), de la autoría del cantautor mexicano José María Napoleón interpretada por el cantante José José y grabada en el álbum Éxitos (1978). 

[4] Heráclito (540-470 a.C.) fue un filósofo griego presocrático nativo de Éfeso en la actual Turquía. El planteamiento central de su filosofía fue la unidad de los opuestos y el continuo cambio de la realidad.

[5] “Cambia lo superficial
Cambia también lo profundo
Cambia el modo de pensar
Cambia todo en este mundo
”.  Quiero recordar esta estrofa de la canción que lleva por título Todo cambia, cuyo autor es Julio Numhauser Navarro, fundador del conjunto musical chileno Quilpayún. Es harto conocida la interpretación de la cantante argentina Mercedes Sosa (1935-2009) quien la grabó en el disco ¿Será posible el sur? (1984). Comparto dos interpretaciones, la de Mercedes Sosa (oprima el enlace para acceder al video de la canción) y otra versión posterior cantada por Julio Numhauser y su hijo Maciel (oprima el enlace para acceder al video de la canción).