Nada
humano me es ajeno o ¿por qué la guerra?
Martín Cruz Santos
“Humano soy, nada humano me es ajeno” es
una expresión que atribuimos a Publio Terencio, comediógrafo nacido en la
antigua Cartago, hoy Túnez, cuya fecha de nacimiento es inexacta, pero sabemos
que falleció en la ciudad de Roma en el año 159 a.C. La cita es tomada de su
obra titulada Heautontimorumenos, traducida al español, El que se
castiga a sí mismo o El enemigo de sí mismo. Abundan las
interpretaciones del fragmento citado de una comedia representada por vez
primera en el 163 a.C. La frase evoca en mí un consejo ofrecido por un
sacerdote jesuita hace casi cuarenta años: “no te sorprendas de lo que un
ser humano ha hecho, porque como humano, tú también podrías hacerlo”. Por
vías distintas, ambas, reflexiones apelan a lo humano como especie, su
singularidad en la pluralidad, a la diversidad de cualidades afines, contradictorias,
disímiles, conflictivas; a lo irresoluto de su devenir construido en la
materialidad natural y la simbiosis con los imaginarios culturales creados, en
fin, lo propio del quehacer histórico.
Somos humanos, miembros de un colectivo biológico
y cultural que ha transitado por rutas ideológicas, racionalistas, dogmáticas y
antropocéntricas al punto de encumbrarse como si estuviera por encima de la
naturaleza, de la cual somos parte, no aparte. Sembramos y cosechamos los
frutos de la tierra. Domesticamos, incluso a congéneres. Cazamos, pescamos,
modificamos genéticamente y reproducimos individuos de distintas especies hasta
la extinción por lógicas económicas. Nos alimentamos de los demás animales por
gusto y gasto. Ponemos precio sin dudar incluso a la vida de otros. Afirmamos
el derecho a la vida, hasta cierto punto, porque establecemos límites a la
otredad que nos interpela. Aunque nada
humano nos debe ser ajeno, vivir enajenado no es una excepción.
No
somos ajenos a la paz, tampoco a la guerra. Sigmund Freud y Albert Einstein,
ambos célebres en las ciencias respectivas a las que dedicaron sus vidas, ensayaron
respuestas carteadas a una interrogante fundamental en la década de 1930: ¿Por
qué la guerra?[1]
Hoy día, cuando las guerras son noticias cotidianas difundidas por los medios corporativos
de comunicación, cargadas con todo tipo de matices propagandísticos, es
frustrante escuchar, leer y ver contestaciones someras que rayan en la
justificación de la violencia por cualquier motivo o, simplemente, “porque ha
sido así siempre”. Sucede con el drama palestino en la Franja de Gaza que la
opinión introyectada por una parte no menor de la población occidental justifica
con razones “bíblicas” sin contextualización geográfica e histórica alguna. Asimismo,
sectores afines a tendencias particulares del islam exponen motivaciones acordes
a su visión religiosa del mundo. Sin embargo, subyace a todo un asunto político
ulterior, por ende, relativo al poder, sustraído de la ecuación pública, lo que
impide comprender las causas de la violencia desatada y los intereses que la
fomentan. Las muertes sobran no importa la cantidad, la indiferencia también.
Palestina, Ucrania, Siria, Yemen, Sahel, Azerbaiyán,
Tigray, República Democrática del Congo, Haití, Colombia, son nombres de países
que registran conflictos armados, y es solo una muestra. Coexisten las causas múltiples
de los casos y las complejidades acompañantes. No obstante, el poder está presente,
sin duda alguna. Al respecto, en la carta que Einstein la cursara a Freud el 30
de julio de 1932 afirma:
“La
necesidad de poder del sector dominante se resiste en todos los Estados a una
limitación de sus derechos de soberanía. Dicha necesidad de poder se alimenta
con frecuencia de un afán de poder material y económico de otro sector. Me
refiero sobre todo al pequeño, pero decidido grupo de aquellos que, activos en
todos los Estados e indiferentes a las consideraciones y limitaciones sociales,
ven en la guerra, la fabricación del comercio de armas una oportunidad de
obtener ventajas personales, o sea, de ampliar su esfera de poder personal”.[2]
En
su argumentación cuestiona sin ambages: “¿Cómo es posible que la citada
minoría pueda poner a las masas al servicio de sus deseos, si estas, en el caso
de una guerra, solo obtendrán sufrimiento y pérdidas?”[3] Tamaña interpelación para la que
ensaya una respuesta:
“…la
minoría de los dominantes tiene sobre todo la escuela, la prensa, y casi
siempre también las organizaciones religiosas bajo su control. Con estos
medios, domina y dirige los sentimientos de las masas, al tiempo que los
conviertes en sus instrumentos” [4]
De
modo que la enajenación es promovida y construida mediante los aparatos
ideológicos del Estado.[5]
Mirar un conflicto bélico desde la óptica dominante y con acceso económico a
difundir la propaganda mediática disfrazada de imparcialidad noticiosa es optar
por una parcialidad acrítica. Es el resultado de la gestión eficaz del poder
dominador frente a la cual pareciera que no se es ajeno a determinada realidad
social cuando lo cierto es que la distorsión opaca, obstruye, normaliza y favorece
la acción violenta. Nos alejamos del sufrimiento ajeno aproximándonos a la
insensibilidad.
Que a los seres humanos son inherentes los
instintos de agresividad, como es natural, igualmente, en otras categorías
animales, no está en juicio. Pero, confundir lo instintivo con la violencia o
uso de la fuerza para lograr el propósito de dominar a través de la imposición es
sintomático de la programación ideológica. La respuesta de Sigmund Freud a
Albert Einstein en su carta de septiembre de 1932 contiene destellos
iluminadores que abonan a la discusión sobre la complejidad de los enfrentamientos
violentos. Freud aduce el factor de las disputas de opiniones que incrementan
hasta la adopción de estrategias, tácticas e instrumentos belicistas causantes
de destrucciones cada vez mayores:
“Con
la adopción de las armas, la superioridad intelectual comienza ya a desplazar a
la fuerza muscular bruta, pero el objetivo final de la lucha sigue siendo el
mismo: por el daño que se inflija o por la aniquilación de sus fuerzas, una de
las partes contendientes ha de ser obligada a abandonar sus pretensiones o su
oposición. Este objetivo se alcanza de la forma más completa cuando la
violencia elimina definitivamente al enemigo, es decir, cuando lo mata. Tal
resultado ofrece la doble ventaja de que el enemigo no puede volver a oponerse
y de que el destino sufrido sirve de escarmiento y desanima a los que podrían
pretender seguir su ejemplo”.[6]
Freud
explana su planteamiento analítico con claridad y precisión. Ahora bien, el
andamiaje discursivo y tendencioso de los Estados y los protagonistas afines es
un arma utilizada tanto en la guerra como en la paz y no conlleva
necesariamente las mismas características de lo planteado por el psicoanalista.
Usualmente los actos de agresión violenta son sublimados con ribetes de heroicidad
y causas justas. Por tanto, el “nada de lo humano me es ajeno” puede ser
configurado acorde a intereses variados. El pensamiento crítico no debe sustituirse
con las representaciones valorativas del poder producidas por los beligerantes.
El análisis sociológico de Eligio Resta, precedente
en el libro de las cartas de Einstein y Freud, propone algunas premisas y
prácticas comunes que debemos considerar a la hora de auscultar las justificaciones
tras una guerra:
“Si
las cosas las poseemos nosotros son un valor, si las poseen los otros son un
desvalor. La guerra es el arquetipo del modelo de la envidia, porque quien
recurre a la guerra dice siempre que lo hace por un motivo justo, mientras que
imputa injusticia a los otros que también recurren a ella. Si las armas las
posee uno son garantía de seguridad, si las posee otro lo son de agresividad e
injusticia; si uno se apunta a la carrera armamentista dirá que lo hace para
asegurar la paz; si es otro el que lo hace, será porque es un beligerante que combate
en contra de la paz. Y lo mismo vale para el desarme: uno se empieza a desarmar
solamente cuando y si, el otro se ha desarmado, porque se piensa que, mientras
que nuestro desarme es verdadero y autentico, el de los otros es falso y
estratégico”.[7]
Tal
es el grado de dificultad de las acciones humanas en el espacio y el tiempo. Encontramos
en las realidades percibidas tonalidades de grises en escalas amplias, pues no
todo es blanco y negro. Pero, la sangre derramada es roja, el sufrimiento
angustioso opaca la brillantez de la vida, y las consecuencias depredadoras y mortíferas
de las guerras superan los discursos de los colores partidistas.
Si nada de lo humano me es ajeno hoy día, es
preciso captar cómo eclipsa la cacareada racionalidad humana ante la alienación
condicionada por las creencias y narrativas míticas en guerras santas, justas,
democráticas y liberadoras. Como bien dijera Freud: “Mientras existan
imperios y naciones que estén dispuestos a la destrucción sin miramientos de
otros, estos otros deberán estar preparados para la guerra”.[8]
El temor a una conflagración mayor continua activo, mientras tanto, escenas
humanamente conmovedoras y desgarradoras, como las vividas en la Franja de Gaza
después del ataque de Hamas a Israel y el tiempo prolongado (56 años) de
ocupación territorial[9] asfixiante[10], excluyente y cruenta del
último en Palestina, apoyado por Estados Unidos y un grupo de países
occidentales, hieren la sensibilidad, despiertan la indignación ética y no
deben sernos ajenas, si todavía reclamamos la condición inalienable de la dignidad
humana. Dicho en el contexto inmediato de mis Reflexiones desde El Jardín.
[1]
Recomendamos la lectura de las cartas que ambos científicos compartieron. Hay
una publicación que cuenta con un análisis introductorio del sociólogo español
Eligio Resta: Albert Einstein y Sigmund Freud, ¿Por qué la guerra?, Barcelona:
Editorial Minúscula, 2001.
[2]
Ibid., 66.
[3]
Ibid., 67.
[4]
Ibid.
[5] El
término
aparatos ideológicos del Estado fue acuñado por el filósofo francés Louis Althusser
(1918-1990) y propicia indagar en la ideología como mecanismo del poder
político institucional. Véase: Louis Althusser, Ideología y aparatos
Ideológicos del Estado (diversas ediciones).
[6]
Albert Einstein y Sigmund Freud, ¿Por qué la guerra?, 74.
[7]
Ibid., 50-51.
[8]
Ibid., 51.
[9]
Recordemos que el Estado de Israel ocupa Cisjordania, que incluye Jerusalén
Oriental, y la Franja de Gaza desde junio de 1967 tras la Guerra de los Seis
Días (5 al 10 de junio) entre Israel y una coalición árabe. Para una síntesis
de ese proceso histórico consultar: https://www.bbc.com/mundo/articles/cd1dk2079rgo
[10]
El secretario general de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), Antonio
Guterres, en su discurso pronunciado en una sesión del Consejo de Seguridad de
ese organismo internacional el martes 24 de octubre de 2023 calificó
como asfixiante la ocupación israelí de Gaza, además, de condenar los ataques
de Hamas sobre la población de Israel. Fuente: Redacción de BBC News Mundo, El
jefe de la ONU dice que los ataques de Hamás "no ocurrieron de la
nada" e Israel pide su dimisión inmediata, 24 de octubre de 2023,
disponible en línea: https://www.bbc.com/mundo/articles/cnevr3gvrxxo

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