16 octubre 2023

   Juvenal Marín Jaramillo: sus narrativas literarias y fotográficas

 Martín Cruz Santos

      Las palabras que leemos y escribimos pueden ser liberadoras. Si mediante la escritura se es capaz de transfigurar la estética de las realidades cotidianas, las lecturas subvierten la imaginación inmovilizada. Frente a los símbolos y las imágenes que abarcan resquicios descifrables, hasta cierto punto, es imprescindible armarse con la sensibilidad suficiente como para no claudicar en el intento de interpretarlos. Miradas literarias profundas y captaciones visuales panorámicas de la geografía natural y cultural del suroeste antioqueño entreveran el quehacer narrativo y analítico de Juvenal Marín Jaramillo, a quien dedicamos esta reflexión.  

     Mi aproximación al mundo creativo de Juvenal ha sido a partir de las fotografías que publica frecuentemente en las redes sociales, particularmente en Facebook. Compartimos el gusto por fotografiar paisajes naturales. Ocasionalmente publica reflexiones tan elocuentes como sus fotos. Mas su libro titulado Memorias de un pueblo suicida[1] representa el encuentro con los relatos del autor, que, a decir de Amado Lopera García, quien escribió la presentación de la obra, es un “narrador ameno, pintoresco, que logra la atención del lector con esbozos vivos sobre la vida aparentemente tranquila de su provincia. Pero sus anotaciones no son inocentes, sino cáusticas, críticas”.[2] Suscribo esa justipreciación a la que abono el carácter introspectivo, conspicuo y de honda curiosidad epistemológica que permea la prosa del Autor. Dicho de un escritor que afirma y antepone categóricamente lo analítico subyacente a sus composiciones.

                                                        Cañón de la vereda La Linda. Foto: Juvenal Marín Jaramillo
                                                            (Facebook: https://www.facebook.com/juvenal.marinjaramillo)

     Don Luis, el tendero, y Jairo, el artista plástico, son los personajes que protagonizan los diálogos filosóficos primordiales en el contexto de un pueblo colombiano del suroeste antioqueño donde el suicidio acecha y pulula cotidianamente. La perspicacia del viejo y el curioseo del joven rompen la monotonía habitual del espacio pueblerino habitado en la tierra de los arrieros. Entre cafés y chismes matizados por las muertes recientes, transita la vida de la población. Interrogantes van y vienen buscando hurgar en los vericuetos de los decesos ajenos. Don Luis responde quebrando las habladurías y aupando el sentido de las cosas. Como la respuesta merecida por el cantinero del pueblo, quien a cambio de vender un tinto espera ser reciprocado con un chisme. Él era uno entre muchos sobre quienes asevera Don Luis:

¡Eh, qué guevonada con la gente de este pueblo! Cuando se trata de tomar decisiones que nos convienen a todos se van por las ramas, no piensan ni en las consecuencias de sus decisiones, se dejan manipular con videítos cursis y discursos güevones, se venden por una tripa de cerdo o por una teja mal colocada, amén de fórmulas chimbas para calmar el hambre”.[3]

La profundidad reflexiva proyecta sabiduría añejada. Máxime si el caudal adquirido comporta, como bien acuñara el maestro Sábato, “una esperanza demencial”.[4]


Parque El Libertador, Jardín (Antioquia) Foto: Juvenal Marín Jaramillo

     Cuales imágenes estáticas o en movimiento, las memorias contadas trasladan la imaginación leyente a visualizar la tienda de Don Luis, la habitación del artista Jairo, las alegrías festivas de los acemileros, la violencia intempestiva disfrazada de “limpiezas sociales” y los rostros de los caminos andados por los asesinados Ferchi, Borojó, Ninilla y Jorgito, entre otros. El andar presuroso de los perseguidos por sicarios amalgama con la premura de los suicidas avanzando las hojas del calendario antes del fin. Al respecto expresa Julián Esteban Marín, a mi juicio, la síntesis valorativa del Libro:

“Este libro, lleno de denuncias de actos desalmados y atroces, cumple con su intención de mostrar a la muerte en su lado más cruel, pero también consolador. Porque existen voces, que, ante la inevitable llegada de la muerte a manos de los bárbaros, solo pueden gritar clemencia, y otras, ocurre en el suicidio, que agradecen su llegada”.[5]  

Juvenal Marín Jaramillo, el retratista de la cotidianidad, no teme abordar las tramas de la finitud vital arrinconada por el oprobio, el desgaste existencial y la violencia desalmada y sanguinaria. Por el contrario, dibuja tanto los contornos como los contenidos, las causas y la abulia aparente del perfil suicida:

“Hombres y mujeres, viejos y jóvenes, incluso niños imberbes aún, de esos que pululan a granel por las calles en el pueblo, buscaban la solución a sus problemas sentimentales o monetarios, incluso de hambre, apuntándose con el arma que tuviera al alcance. Se colgaban en rusticas horcas como la viga de un cuarto, la rama de un árbol, el tubo de la ducha, la llave de lavamanos -aunque parezca mentira-, o un perchero envejecido del que colgaban nostalgias en una sucia pared. Eran tantos los suicidios, tantas las maniobras empleadas, tantas las horas y los motivos, que al final del cuento estos eventos horrorosos empezaban a pasar inadvertidos como por costumbre”.[6]    

Descripciones todas colmadas de crudeza, indignación y comprensión humana. No puede ser de otro modo, pues suicidarse constituía un rasgo identitario del paisaje lugareño, ya que “todos estos suicidios crearon la macabra leyenda que trascendió fronteras y que luego fue tema de estudio en claustros universitarios, amén de libros y crónicas de algunos gomosos del tema”.[7] 

                                                    ¡Pa' misa!, Jardín (Antioquia). Foto: Juvenal Marín Jaramillo.

     Observar minuciosamente las fotos creadas por Marín Jaramillo requiere una dedicación similar a la lectura de sus textos. La exposición y luminosidad, los contrastes y las sombras de los objetos, sujetos y personajes enfocados cobran la vivacidad discursiva que el autor enfatiza en sus representaciones. Brilla la disfuncionalidad social donde la muerte autoinfligida distorsiona la calidez humana y resalta la opacidad de la existencia. Un abrir y cerrar del objetivo propicia la entrada mayor o menor de la luz, que en el acontecimiento suicida disminuye a destiempo hasta la oscuridad absoluta o el deslumbramiento por el bien morir.[8]  Memorias de un pueblo suicida detalla las piezas para el retrato singular de una realidad colectiva plétora de claroscuros.

   He visto a Juvenal arrimarse al Parque el Libertador,[9] cámara en mano, husmeando las estampas del común y sus variantes culturales. Percibe los juntes de contertulios, las llegadas de forasteros, las idas y los retornos de residentes; asimismo, la puesta del sol allende los farallones del Citará y las despedidas acongojadas de los deudos ante el devenir inexorable del final de la vida. Sospecho que el recorrido por las escenas percibidas y el caminar a través de las veredas del municipio evoca en él, de algún modo, las remembranzas del pueblo suicida, las presencias esperanzadas en un futuro quimérico - añorado, igualmente, por bien intencionados, arriesgados y pusilánimes y el languidecer de las campanas del templo aquel recibidor de vivos y difuntos entre los cuales descollaban suicidas de turno.

               ¡Qué' hubo hombre! ¿Viene o va pa' misa?
                                                     Foto: Juvenal Marín Jaramillo.

    Celebramos la segunda edición 2023 de Memorias de un pueblo suicida. Su aporte a la literatura colombiana es indudable, pero también a la comprensión de las contradicciones históricas del País. Esperamos la proliferación de las letras inspiradas de Juvenal Marín Jaramillo. Para nuestro amigo autor y su obra hay un apartado franco en mis Reflexiones desde El Jardín.     

     

 



[1] Juvenal Marín Jaramillo, Memorias de un pueblo suicida, Jardín, Antioquia: edición del autor, 2023.   

[2] Ibid., presentación (sin número de página).

[3] Ibid., 45.

[4] Ernesto Sábato, La resistencia, Barcelona: Editorial Seix Barral, 2000, p. 4.

[5] Juvenal Marín Jaramillo, Memorias de un pueblo suicida, páginas introductorias y contraportada.

[6] Ibid., 113.

[7] Ibid., 118.

[8] Aludo al capítulo XXI, que es titulado Manuel del bien morir (páginas 197-205).

[9] Nos referimos al Parque El Libertador en el municipio de Jardín, Antioquia. 

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