Entre
tener y deber: juntos, pero no revueltos
Martín
Cruz Santos
“Hay un deber que abarca a todos los demás:
es el deber de los deberes.Consiste en cumplirlos todos,cualquiera que sea su carácter,cualquiera el objeto de su aplicación”.[1]Eugenio María de Hostos (1839-1903),filósofo, educador, sociólogo, político yescritor puertorriqueño.
En tiempos cuando el
autoritarismo disfrazado de mandato democrático impone sus deseos, intereses y
objetivos por doquier en el mundo es recomendable afianzar la voluntad, la
libertad y la responsabilidad para no sucumbir a la docilidad como táctica de sobrevivencia.
Ocurre que obedecer sin cuestionar se ha convertido en una aptitud de civiles uniformados.
Probablemente es una confusión inculcada socialmente en aras de conformar a seres
racionales en ingenuos, sumisos y ávidos de producir, consumir y codiciar. La
moral del tener, verbo con múltiples acepciones, ocupa el lugar del deber.
Confieso que desde mi juventud he vivido
cierta aversión a las imposiciones. La expresión “tienes que ser o hacer” me
resulta ácida, chocante, pretensiosa y desafiante. Prefiero “debes ser o hacer”,
aunque puede venir cargada de un carácter directivo externo que es preciso detectar
inmediatamente. Mi madre solía decir al respecto: “si quieres sugerirle algo
a Martín, no le digas tienes, sino, debes”. Reconocía mi condición
antiautoritaria en ciernes. Un compañero de estudios universitarios iniciales opinaba
de mí que tenía problemas con la autoridad, lo cual considero un juicio desacertado,
ya que, en realidad, me pesa el ejercicio abusivo del poder, no la facultad de ejercerlo
legítimamente por competencia y calidad en el proceso de la búsqueda de
consensos en determinado grupo. Al fin y al cabo, se trata de la potestad
ligada al deber.
Aportemos, sucintamente, un fundamento
filosófico al asunto. La intelectual y teórica política Hannah Arendt
(1906-1975), planteaba que el poder político en una sociedad no es una tenencia
permanente, sino la prerrogativa transitoria para actuar en pro de los acuerdos
que propicien la concertación. Por el contrario, el autoritarismo tiende a la
acumulación y ostentación de la supremacía acompañada con la violencia y la
destrucción, no a la creación de fines comunes que habiliten la cohesión
social. Debilitada la legitimidad, se recurre a la fuerza y el sometimiento para
avalar el exceso de autoridad.[2] He ahí el sustento primordial
de la actitud que manifiesto.
Retornemos
a la cotidianidad del problema. Entre los veinticinco significados que admite el
verbo tener en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (RAE),
es el número 17, al que hago resistencia, a saber: “denota la necesidad o
determinación de hacer aquello que expresa una cláusula”. Lo impugno, si la
exigencia o disposición no me pertenece. La diferencia principal entre la
heteronomía del “tener” y la autonomía del “deber” estriba en el dominio de un
poder ajeno (heterónomo) que impide el desarrollo libre de alguien (autónomo) en
su proceder. En ambos casos existe la obligación, sin embargo, la
obligatoriedad moral es escogida conscientemente, pese a las influencias
consuetudinarias del contexto histórico y cultural específico, e implica el
cumplimiento de los deberes aceptados en la práctica del criterio propio. No
medía la sujeción a otro, pero sí el compromiso ético decidido.
A tenor con esta línea de ideas, aborrezco
la incesante pretensión de incidir en la conducta de los congéneres promulgando
dictámenes, arengas y preceptos repletos de prohibiciones y condenas
ideológicamente convenidas. Exaspera la forma de comunicar e instruir para el
conformismo y el sostenimiento de un orden de privilegios que favorece a unos
pocos. Queda ausente el respeto al derecho ajeno plasmado en libertades humanas
y civiles tales como el pensamiento, las creencias y la expresión. En cambio,
no faltan los cánones y las etiquetas que delinean los perfiles de los elegidos.
El resultado es la transmutación del deber en un mecanismo de intimidación al
cual subyace la intención de mantener al atemorizado en el rol de adepto incondicional,
simplemente, porque “tiene que ser”.
El epígrafe que seleccioné para este
escrito se refiere al deber de los deberes entendido por Hostos como el
imperativo moral y principio rector capaz de integrar al ciudadano en el buen
vivir comunitario. Lejos de señalar el camino a seguir, invita a razonar sobre las
responsabilidades contraídas, porque constituyen el punto de partida y llegada
del quehacer ético. La incumbencia asumida libremente es causa de felicidad,
mientras que el cumplir para merecer un premio o evitar el castigo, ambos
forzados por la coacción, acarrea la aceptación del “tener” inevitable, que
aproxima al autoritarismo y aleja de la autodeterminación inherente al deber
ser. Debo reafirmarlo en mis Reflexiones desde El Jardín.
[1] Eugenio María de Hostos (1906, primera edición 1888), Moral Social, Madrid: Imprenta de Bailly-Bailliere e hijos, pág., 97.
[2] Hannah Arendt (1970), On Violence, New York: Harcourt Brace Jovanovich Publishers.

Muchas gracias profesor Cruz, muy pertinentes sus reflexiones al respecto de la autonomía y por consiguiente de la libertad del ser humano en todas las dimensiones de su vida, especialmente en la política, cuando algunos agentes se valen de artimañas para someter y/o confundir.
ResponderEliminarMuchas gracias por comentar. Adelante siempre.
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