06 septiembre 2023

Sobre lecturas y amistades

Martín Cruz Santos

 

A Luis A. Montañez Del Valle (1959-2023), porque nuestra amistad nació en el contexto de intentar la lectura reflexiva de la vida y del mundo.

 

      Cuando cumplí mis 18 años de edad, la pobreza y el entusiasmo juvenil afloraban en mis sueños condicionándose mutuamente. Crecí entre carencias socioeconómicas y culturales, pero, con la esperanza de cambiar las cosas cambiando el mundo. Tamaña tarea para un joven con poco peso corpóreo y demasiadas ambivalencias. En mi núcleo familiar faltaba el dinero, pero abundaban la humildad, amistad y solidaridad. El barrio y la vecindad fueron el terreno fértil donde sembrábamos las semillas de la fraternidad. Una cosmovisión religiosa lo permeaba todo. El catolicismo, a medio camino entre la doctrina oficial y la religiosidad popular, configuró nuestro ethos[1] para abordar la realidad social que apenas atisbábamos a comprender. Confieso que no intuía el extenso camino que comenzaba a recorrer.

      En la década de 1980, influido por las narrativas aprendidas y las interacciones ceñidas al micro mundo de mi pueblo natal, Cayey, Puerto Rico, fui seminarista de la Diócesis de Caguas. Había acontecido recientemente el asesinato de Mons. Óscar Arnulfo Romero Galdámez[2] en San Salvador, El Salvador, Centroamérica. El hecho causó una indignación ética en mi persona al punto que abonó mi decisión de ser sacerdote. Corrían los tiempos de la opción preferencial por los pobres tras las conferencias episcopales de Medellín y Puebla.[3]  En una Iglesia puertorriqueña tradicionalmente conservadora, la Diócesis de Caguas fue fundada en 1964, y su primer obispo, Rafael Grovas Félix, tomó la dirección pastoral. Se trataba de un intelectual progresista, puertorriqueñista y partidario una iglesia liberadora. Fueron sentadas las bases de una iglesia desde abajo, unida al pueblo, irradiada por las conclusiones del Concilio Vaticano II [4] y sus repercusiones en Latinoamérica. Claro está, esa praxis era foco de todo tipo ataques.

      El seminario, entonces llamado Instituto de Formación Vocacional, constituía un experimento de inserción comunitaria, es decir, no vivíamos en un claustro, sino en las comunidades vecinales y estudiábamos en una universidad como cualquier estudiante común y corriente. Muchos proveníamos de la pobreza y tomamos conciencia de nuestra condición y sus causas mediante la formación vivida en el seminario.  Forjamos el quehacer social comprometido basados en la teología de la liberación, que a Puerto Rico llegaba a pesar de los pesares, porque, podemos parafrasear al presidente mexicano Porfirio Díaz Mori[5] cuando decía: "Pobre México, tan lejos de Dios, tan cerca de Estados Unidos". Lo mismo pasa en la colonia. En ese ambiente conocí a mi amigo Luis A. Montañez Del Valle, natural del barrio Espino del municipio de San Lorenzo, Puerto Rico, quien falleció recientemente y a él dedico esta reflexión, ya que ambos fuimos jóvenes pobres con muchas ilusiones de salir adelante, cobramos conciencia social y política y seguimos rumbos personales, sociales y profesionales lejos del objetivo de ser sacerdotes, pero, próximos al compromiso con nuestro pueblo siempre.

  Han pasado muchas décadas desde cuando alimentábamos ideales y compromisos con lecturas filosóficas, análisis crítico de la realidad social y la participación en luchas comunitarias. Más de 40 años después [6] me topo con la lectura de un libro titulado De Dios se habla caminando, cuyo autor es el colombiano, sacerdote católico y misionero javeriano Jairo Alberto Franco Uribe.[7] Utilizo el verbo topar, porque, aunque he compartido con Jairo varias veces en las prácticas de Yoga en Jardín, Antioquia,[8] apenas comenzamos a conocernos. Sé de él que vivió en Kenia, África, dos décadas y que retornó a Colombia para continuar su misión. Mediante la lectura de sus reflexiones voy adentrándome en el corazón y la mente de mi nuevo amigo.

   El texto, compuesto por reflexiones concisas organizadas en orden cronológico, recoge su trayectoria espiritual de compromiso liberador recorrida a partir de enero de 2017 y hasta abril de 2023. Rinde homenaje a los pobres de la tierra con quienes, parafraseando al apóstol de Cuba, José Martí, ha echado su suerte a andar.[9] Llevando a África y Colombia en el corazón, Jairo Alberto entremezcla vivencias cotidianas traslucidas con su fe cristiana vivenciada desde el lugar de los pobres. Leerlas me remontó a mis lecturas de la teología de la liberación en la década de 1980, pero, asimismo, a las historias libertarias tanto de África como de América Latina. Su voz profética plasmada por escrito denuncia categóricamente no solo las injusticias y crueldades sociales y políticas, sino también las incongruencias de la Iglesia cuando se aparta de la evangélica opción por los pobres. Rememora a otros que le precedieron en la misión inspirada por los rostros diversos de Dios en la gente de a pie, las sufridas y sufridos, las cicatrices testimoniales de duras faenas de trabajo, hambre y solidaridad.

     Identifica el autor la causa de los pobres como el espacio histórico donde se hilvanan la fe y el compromiso ciudadano. Solventa la dicotomía entre la defensa de los “derechos de Dios” y los deberes cristianos:

“Los únicos que pueden decirnos qué es lo que quiere Dios son los crucificados   que gritan desde sus cruces, muchas veces sin siquiera pensar y creer en Dios. En la situación que vivimos, el único rito posible, la única pascua, es la de los que están sufriendo y muriendo”.[10]   

Argumenta explícitamente su concepción sacerdotal, que no deja de ser una crítica abierta a sus hermanos del ministerio y de la Institución en cualquier rincón del planeta. Infiero que lo lleva a cabo sin el desconocimiento de las represiones y sanciones sufridas por otros, como Leonardo Boff, para mencionar un ejemplo conocido, pero que no agota los nombres de tantas personas posiblemente cercanas al proceder de Jairo en Colombia. Publicarlas es un acto de libertad y responsabilidad consecuente, no me cabe duda. Al reflexionar sobre las masacres acontecidas en el viacrucis largo y cruento del conflicto colombiano y las circunstancias adversas para el pueblo continuadas en el posconflicto, asevera:

“He aquí el rito sagrado para todos, sacerdotes, hombres y mujeres que queremos la gloria de Dios: ir al altar de las calles y elevar los cuerpos ninguneados, palpar la pascua en sus cicatrices, pronunciar sobre ellos las palabras de la consagración reconocer a Cristo y adorar en ellos a Dios. Lo nuestro como cristianos no pasará de la superstición y no será, en todo caso, la religión de Jesús, si con el pan y el vino de la misa no juntamos estos cuerpos, el de Machuca y los de todas las víctimas, los que están en escombrera y todos los desaparecidos, los que todavía deambulan por las calles y piden ser satisfechos, los que en su diversidad sexual claman por su dignidad, los violentados de mujeres que exigen reparación, los de los trabajadores que luchan su derecho, los de los negros e indígenas que buscan inclusión, los de la infancia abusada que reclaman inocencia… Si esos cuerpos no son pan y vino de nuestra misa, nuestra religión resulta ser mentira y nuestra fe una farsa”.[11]  

Son palabras vivas, significativas, ardientes, vehementes y plétoras de una conciencia social que evoca a los profetas de la antigüedad tantas veces citados en los estudios bíblicos, pero incomprendidos e invisibilizados ayer y hoy.

     Recuerdo haberle dicho a Jairo que me identifico con el abordaje de los temas expuestos en su libro. Sin embargo, no le dije que, en especial, admiro su acompañamiento a las Madres de la Candelaria, quienes, como las Madres de la Plaza de Mayo en Argentina, luchan, insisten y persisten en la búsqueda de sus hijas e hijos desaparecidos en Colombia. Cuando aparecen los restos mortales y al fin se les puede dar sepultura, es imprescindible exigir la verdad y la justicia contra la impunidad. Con ellas va Jairo Alberto a proclamar la muerte y anunciar la resurrección del Dios de los pobres. No puede ser de otro modo. 

   Definitivamente, caminando se puede hablar de muchos temas. Así fue con mi amigo Luis A. Montañez Del Valle, un gran caminante y conversador. Estoy seguro que hubiera disfrutado la lectura del libro aludido y la reflexión que suscita en mí. Ya no está para que conversemos al respecto. Procuraré conversar y caminar fortalecido con las lecturas y las amistades que propician mis Reflexiones desde El Jardín.  



[1] Ethos es una palabra del idioma griego que significa carácter o modo de ser. Su extensión filosófica a otras áreas de la vida social implica el modo de ser cultural que permea a determinado grupo configurado por sus rasgos propios de actuar, los principios y los valores que le subyacen.   

[2] Óscar Arnulfo Romero Galdámez (1917-1980), salvadoreño, fue arzobispo de la arquidiócesis de San Salvador durante la época del conflicto armado que sacudió a ese país centroamericano entre el Estado y, particularmente, el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN)  que finalizó con la firma de los acuerdos de paz en 1992. La defensa de los pobres y sus denuncias de la opresión y la injusticia lo convirtieron en objetivo de sus detractores. Fue asesinado el 24 de marzo de 1980 mientras celebraba la misa. El Papa Francisco lo canonizó el 14 de octubre de 2018. Se le venera como San Romero de América.

[3] Las Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano celebradas en las ciudades de Medellín, Colombia (1968) y Puebla, México (1979) constituyen dos referentes históricos importantes en el desarrollo de la renovación de la Iglesia Católica en América Latina en la búsqueda de una puesta al día de su quehacer en la realidad social del Continente.  En ambas fue acrisolada la opción preferencial por los pobres que inspiró la participación cristiana en las luchas sociales y el desarrollo de la Teología de la Liberación que la acompaña.

[4] El Concilio Vaticano II fue el vigésimo primer concilio ecuménico de la Iglesia Católica. Convocado por el Papa Juan XXIII en el año 1959, su primera sesión tuvo lugar en Roma en octubre de 1962. Las relaciones entre la Iglesia y el mundo actual con la actualización eclesial como norte condujeron la médula de los trabajos conciliares que culminaron en 1965 bajo la dirección del Papa Pablo VI, sucesor del fenecido iniciador. Para conocer los 16 documentos conclusivos del Concilio, recomendamos visitar el repositorio siguiente:   https://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/index_sp.htm

[5] Porfirio Díaz Mori presidió los Estados Unidos Mexicanos de 1876 a 1911.  

[6] 40 años después es el título de una de las Conversaciones con Martín Cruz Santos y la participación de dos amigos y ex compañeros del Seminario transmitida en vivo el 31 de mayo de 2022. Luis A. Montañez Del Valle estaba invitado, pero, ese día estaba en una sesión de su terapia para combatir el cáncer y no pudo estar con nosotros en la noche.  El enlace para acceder a la grabación es: https://www.youtube.com/live/GRYT2eC64Q8?si=bsmpUHtqpnz9Vcy5

[7] Jairo Alberto Franco Uribe, 2023, De Dios se habla caminando, Medellín: Innovación Gráfica Bryam.

[8] En relación con el Yoga, escribí una reflexión a la que pueden acceder en el vínculo siguiente:

https://conversacionesconmartincruzsantos.blogspot.com/2023/07/el-yoga-y-yo-martin-cruz-santos-gracias.html

[9] José Julián Martí y Pérez (1853-1895), cubano, patriota, poeta, filósofo y escritor es considerado el apóstol de Cuba por su participación en favor de lucha por la independencia de su patria frente al poder colonial español. La expresión es parafraseada de su obra Versos sencillos escrita en 1891. Para leer el texto completo del poema acceda a: https://ciudadseva.com/texto/versos-sencillos-01/

[10] Jairo Alberto Franco Uribe, Ibid., 52.

[11] Ibid., 80. 

 

1 comentario:

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