Sobre
hegemonías imperiales y otros entuertos
Martín
Cruz Santos
“Sin embargo, cada imperio se dice a sí mismo y al mundo que es diferente a todos los demás imperios, que su misión no es saquear y controlar, sino educar y liberar”. Edward Said (1935-2003)
Cuando la originalidad es nominal y el
reacomodamiento de lo viejo plaga determinado contexto histórico es ineludible,
a mi juico, auscultar el envolvente devenir que le subyace. Al presente, un
torbellino ideológico con ribetes fascistas, chauvinistas y fundamentalistas precede
a la marcha mundial del autoritarismo prepotente cuya expresión cimera parece
ser el arribo de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos de
Norteamérica rodeado de conservadores de nuevo cuño y multimillonarios de la
tecnología emergente. Sin pasar por alto la oleada europea de partidos
ultraderechistas disfrazados de populismos mesiánicos que encuentran eco
allende el Atlántico en personajes como el argentino Javier Milei y Nayib
Bukele, salvadoreño. La marca indeleble del colonialismo trasnochado es una
cicatriz abierta del capitalismo y el imperialismo en su resurgir cíclico.
Comparto un ensayo que publiqué años atrás en
dos medios electrónicos.[1] Lleva por título El
colonialismo en el entrecejo del capitalismo y el imperialismo (siglo XIX). Contiene
un trasfondo que considero pertinente, si pretendemos ampliar el conocimiento y
la discusión sobre la etapa de remozamiento avasallador y alucinante del
capitalismo, con vórtice político y financiero estadunidense, a la que
asistimos en esta década del siglo XXI.
El colonialismo
en el entrecejo del capitalismo y el imperialismo (siglo XIX)
Martín Cruz Santos, Ph.D.
Si bien el imperialismo no era un fenómeno reciente, en el siglo XIX surgió
una tendencia mediada por la lógica del desarrollo de la producción mecanizada
y monopolística de la Revolución Industrial. Como sistema de doctrinas a partir
de un Estado cuya economía apuesta al capital y la expansión, la nueva
modalidad imperial extendió sus dominios agresivamente en África, Asia y el
Medio Oriente, así como también afianzó sus colonias antiguas. Las naciones
europeas refundaron imperios para controlar y distribuirse el mundo en el marco
del expansionismo capitalista. Allí donde las riquezas eran producidas por los
recursos del otro, habitaban los colonizados bajo la mirada suspicaz del
colonizador.
Es notable que Francia e Inglaterra amasaron una tajada mayor de la
repartición imperialista. Económicamente, la demanda de productos causaba la
necesidad de ir tras lugares remotos donde la materia prima fuera abundante, la
mano de obra barata y los mercados cautivos. Producían mucho, consumían todo el
algodón, el lino, las semillas y las fuentes de energía disponibles en sus
territorios. Por tanto, Europa, como en los tiempos del imperialismo previo, al
no lograr satisfacer la demanda industrial, se abrió paso en otros continentes.
Con ello también atendían otros problemas, como la carestía, ya que el
crecimiento poblacional encarecía el costo y el precio de los alimentos.
Veámoslo en el contexto de las luchas obreras cuando los sindicatos habían logrado
reivindicaciones salariales significativas y los empresarios vieron disminuidas
sus ganancias. Medios de producción y obreros abundantes allende sus fronteras
empujaron las ansias de los imperios.
Además, producir
masivamente redundaba en excedentes que podían ser vendidos en mercados cautivos;
crearlos conllevaba lograr la dependencia indispensable de los colonizados. De las
neocolonias extraían los bienes naturales y laborales para incrementar la
industria, asimismo, las ganancias producidas por los consumidores
dependientes. La subyugación económica fue rentable por el andamiaje político implantado
en las colonias. Desarrollar la agenda imperialista incluye una dosis importante
de nacionalismo, considerado como un movimiento/proceso ideológico de carácter
sociopolítico edificador de un discurso tendente a la integración y diferenciación
de la identidad del conglomerado social que lo construye.[2] Ernest Gellner puntualiza el
principio político que busca la coherencia entre la integración nacional y la política.[3] Es un fenómeno plural y
polisémico, es decir, contiene múltiples posibilidades de prácticas,
significados e interpretaciones diversas. La concesión de privilegios extranacionales
basada en una percepción de grandeza autoconferida capaz de justificar la
posesión de colonias es parte de dicha complejidad. Y, valga decir, está revestida
de un misticismo misionero con vocación de poderío nacional proclamado mediante
el predominio. De modos diversos, el alegato de razones morales y humanitarias en
sus andanzas por el mundo era parte del discurso político avasallador. Fue a
partir de la segunda mitad del siglo XIX que el nacionalismo mutó en una fuerza
de carácter ideológico capaz de levantar bandera en las luchas emancipadoras de
pueblos sometidos por las naciones hegemónicas de turno, pero también de
amalgamarse con los aspectos estratégicos y geopolíticos del imperialismo.
Recordemos que hubo potencias europeas repartiéndose territorialmente
África. Lo hemos dicho, Inglaterra y Francia embolsicaron colonias en demasía.
Buscaban controlar los estrechos y las islas estratégicas o las grandes rutas
terrestres. Inglaterra casi consiguió formar un imperio de norte a sur desde el
Mediterráneo hasta el Cabo de Buena Esperanza. Comenzaron en Egipto, explotaron
Sudán, Uganda, Kenia, Rodesia y Sudáfrica; dominaron Gambia, Sierra Leona, Costa
de Oro y Nigeria. Francia unió sus posesiones del Sahara a Somalia con el Mar
Rojo, pero colisionó con los intereses de Inglaterra y el primero perdió poder
territorial. Aún así, la ocupación francesa de Argelia en 1830 propició el
control de África occidental. Por su parte, uno de los veteranos de la
colonización de América, Portugal, estableció colonias en Angola, Mozambique y Guinea
e islas de interés para facilitar la llegada de buques; su consorte, España,
impuso presencia colonizadora en una parte de Marruecos, del Sahara y de Guinea.
No olvidemos a Italia en la ocupación, por ejemplo, de Libia y Somalia;
Alemania posesionó a Tanganica, Camerún y Sudáfrica occidental; Bélgica explotó
las riquezas del Congo. En fin, todo un continente ocupado por el colonialismo
europeo.
En 1914 el Imperio Británico incluía una cuarta parte de toda la población mundial.[4] Una muestra: India, país de una extensión territorial cerca de veinte veces más que Gran Bretaña, y cuya población era siete veces mayor, fue su colonia más preciada. Allí los ingleses enriquecieron y los colonizados empobrecieron.
Voraz apetito el imperialista no satisfecho con cada territorio conquistado y mercado de expansión establecido. China es un caso Sui generis. La milenaria y populosa sociedad enclavada en un espacio privilegiado sintió el fuetazo de la Compañía Británica de las Indias Orientales (1600-1874), la misma que había tomado la India por asalto, vio en el país de las murallas un negocio fabuloso. Originalmente aparentaba ser una relación comercial próspera que databa de 1795, mas terminó siendo una imposición colonial. Primero, llegaba a Inglaterra la seda, el té, las porcelanas y otras manufacturas que pagaban en plata de contado, transacción inconveniente para el Imperio. Luego el opio proveniente de la India arribó a los puertos del coloso vencido y, paulatinamente, generó ganancias pingües para los empresarios ingleses y perdidas irremediables para los chinos, pues las importaciones cada vez mayores y más frecuentes eran pagadas en plata a precios elevados. Eventualmente China se vio obligada a detener aquel comercio desigual. Entonces acaeció un conflicto que condujo a la primera guerra del opio (1839- 1842),[5] ganada por Inglaterra, y la imposición del Tratado de Nankín (1842) que implicó el pago de indemnizaciones, la entrega de Hong Kong, uno de los puertos más importantes del mundo ansiado por los anglosajones, la cesión de cinco puertos adicionales, la exención de los británicos para someterse a las leyes del gigante asiático, entre otras obligaciones. Tras la demostración de poderío inglesa llegaron los franceses a tomar posesión del área del sur oriental y otras zonas; los rusos hicieron lo propio con Manchuria; Alemania y Japón también participaron de la ola colonizadora, asimismo, Estados Unidos, que si bien entró en Asia con sus posesiones de Guam y Filipinas, y la creciente influencia en Hawaii, exigió a China una política de puertas abiertas con igualdad comercial para todas las naciones imperialistas.
Junto con el afán expansionista y de usurpación de abundancias arribaron
las hordas migratorias europeas. Colonización multifocal con un objetivo
singular: establecer el sistema capitalista prevaleciente en sus países. La
superabundancia de capitales y el excedente de productos actúa por vía del
predominio político. Ejecutar el programa de explotación económica forzaba la
conflictividad prevaleciente en la tríada capitalismo-
colonialismo-imperialismo. Esa europeización influyente e impositiva desde
varios flancos (económico, político, cultural, etc.) marcó el futuro de las
naciones colonizadas y configuró el retrato del colonizado y el colonizador.[6] Opacidad de los sin
rostro, omnipresencia de los amos del mundo. Colonizar es oprimir, vejar, negar
identidades y derechos, invadir geografías y cuerpos, dominar mentes, quebrar espíritus
y hacer mezquino al colonizador, quien no se cansa de mezquinar. En Argelia,
China o India, el estado de violencia colonial constituía el orden legal y
moral.
Aunque
es sucinto nuestro recorrido temático, nos aproxima a replantear la reflexión
recurrente aún en los denominados tiempos poscoloniales. Aarón Gamaliel Ramos
asevera que al estudiar “la historia de este modo de dominación, queda claro que
su propósito central ha sido organizar los flujos económicos entre la metrópoli,
las colonias y el mundo, y no el de organizar sociedades con economías construidas
para beneficio de los pueblos”[7]; con lo segundo, lo
primero sería inalcanzable. Inferimos que la ruptura de la situación colonial es
inherente al colonialismo, porque éste destruye el imaginario del nacional
transmutándolo en extranjero de suelo propio venido a menos, con la
imposibilidad de ser el “otro” visualizado por el dominador, quien pretende
implantarle su cultura hegemónica, causante de la agudización las
contradicciones sociopolíticas al punto de ebullición, cuyo efecto más álgido
conduce al rompimiento. Tal vez violento, a imagen y semejanza de la vorágine
destructiva, o relativamente “pacífico y negociado”, pero quiebra al fin.
Dice un refrán con sabiduría plétora: “No hay mal que dure cien años ni
cuerpo que lo resista”. Lo cuantitativo del tiempo cronológico es relativo, a
juzgar por las diversas experiencias coloniales anteriores y posteriores al
siglo XIX, y en el dicho popular el número es simbólico, pero de la proposición
restante no me cabe la menor duda, incluso en el caso de Puerto Rico, no
aludido aquí, ¿o sí?
[1] El colonialismo en el
entrecejo de capitalismo e imperialismo (siglo XIX). Cruce, revista de crítica sociocultural
contemporánea, 25 de agosto de 2018, disponible en: https://issuu.com/revistacruce/docs/25_de_agosto-_colonias
[2]
Si tomamos en consideración una acepción amplia, como la que utiliza el Dr. Luis Ángel Ferrao, el nacionalismo está compuesto por “toda afirmación positiva de la nacionalidad, todo ademán originado en el pueblo tendiente a acusar un perfil propio, toda obra literaria o artística que contribuya a dotar a la comunidad de un sentido de identidad, o todo símbolo o gesto –en el campo político o inclusive religioso-‐ que sirva para aglutinar los sentimientos de la colectividad y darle un sentido de pertenencia”. Véase: Luis Ángel Ferrao, “Nacionalismo, hispanismo y élite intelectual en el Puerto Rico de la década de 1930” en Silvia Álvarez Curbelo y María Elena Rodríguez Castro (editoras), Del nacionalismo al populismo: cultura y política en Puerto Rico (Río Piedras: Ediciones Huracán, 1993), 38.
[3] Ernest Gellner, Cultura, identidad y política: el nacionalismo y los nuevos cambios sociales (Barcelona: Gedisa Editorial, 1998), 1.
[4] Bien vale la pena echar un vistazo a ese recorrido histórico y sus consecuencias en el siglo XX con la lectura de: Eric Hobsbawn, Historia del siglo XX (Barcelona: Editorial Crítica, 2006, novena edición); Anthony Pagden, Pueblos en imperios (Barcelona: Editorial Mondadori, 2001) y Nations and Nationalism Since 1780: Programme, Myth, Reality (Cambridge: Cambridge University Press, 1999).
Referencias:
Ferrao, Luis Ángel. “Nacionalismo, hispanismo y élite intelectual en el Puerto Rico de la década de 1930” en Silvia Álvarez Curbelo y María Elena Rodríguez Castro (editoras), Del nacionalismo al populismo: cultura y política en Puerto Rico: Río Piedras: Ediciones Huracán, 1993.
Gellner, Ernest. Cultura, identidad y política: el nacionalismo y los nuevos cambios sociales. Barcelona: Gedisa Editorial, 1998.
Hobsbawn, Eric. Historia del siglo XX. Barcelona: Editorial Crítica, 2006, novena edición.
Hutchinson, John & Anthony D. Smtih (editors). Nationalism. New York: Oxford University Press, 1994.
. Nations and Nationalism Since 1780: Programme, Myth, Reality. Cambridge: Cambridge University Press, 1999.
Memmi, Albert . Retrato del colonizado. Madrid: Cuadernos para el Diálogo,1974
Pagden, Anthony. Pueblos en imperios. Barcelona: Editorial Mondadori, 2001.
Ramos, Aarón Gamaliel. Islas migajas: los países no independientes del Caribe contemporáneo. San Juan: Travesier y Leduc Editores, 2016.
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